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Jesus predice su muerte por primera vez

Pastor Lionel

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Encontrar la vida perdiéndola

El que busque salvar su vida, la perderá; y el que la pierda por Mi causa y por la causa del Evangelio, la salvará.

Hay algunas cosas que se pierden si se guardan, y se salvan si se usan. Eso pasa con cualquier talento que se posea. Si se usa, se desarrolla y se convierte en algo más grande. Si se deja de usar, acaba por perderse. Así sucede supremamente con la vida.

La Historia está llena de ejemplos de personas que, al desprenderse de la vida, ganaron la vida eterna. Ya avanzado el siglo IV, había en el Oriente un monje que se llamaba Telémaco. Había decidido dejar el mundo y vivir en la soledad dedicado a la oración y la meditación y el ayuno a fin de salvar su alma. En su vida solitaria no buscaba nada más que estar en comunión con Dios; pero, por lo que fuera, se daba cuenta de que algo estaba equivocado. Cierto día, al levantarse de la posición arrodillada, le amaneció repentinamente la verdad de que su vida estaba basada, no en un amor desinteresado a Dios, sino en un amor egoísta. Se le impuso la convicción de que, si quería servir a Dios, tenía que servir a los hombres, que el desierto no era el hábitat natural de un cristiano, que las ciudades estaban llenas de pecado, y por tanto llenas de necesidad. Decidió decirle adiós al desierto y ponerse en camino hacia la ciudad más grande del mundo, Roma, al otro lado del mundo. Fue mendigando por tierras y por mares. Por aquel entonces, Roma ya era oficialmente cristiana.

Llegó en los días en que se le había concedido al general romano Eshílico que desfilara en triunfo por Roma por haber obtenido una victovia importantísima contra los godos. Aquello ya no era como en los días antiguos. Ahora era a las iglesias cristianas a las que acudían las multitudes, y no a los templos paganos. Había procesiones y celebraciones, y Estílico iba desfilando por las calles en triunfo al lado del joven emperador Honorio.

Pero una cosa sobrevivía en la Roma cristiana. Todavía existían el circo y los juegos de gladiadores. Ya no se arrojaban los cristianos a los leones; pero todavía tenían que luchar a muerte los prisioneros de guerra para divertir en las fiestas al populacho romano. Todavía rugían los espectadores, emborrachados de sangre por las luchas de los gladiadores.

Telémaco consiguió llegar al circo. Había allí 80,000 espectadores. Estaban terminando las carreras de cuadrigas; y el público esperaba impaciente que salieran los gladiadores a luchar. Por fin salieron a la arena proclamando su saludo: «¡Hola, César! ¡Los que vamos a morir te saludamos!» La lucha empezó, y Telémaco estaba apabullado. Hombres por quienes Cristo había muerto estaban matándose para divertir a un populacho supuestamente cristiano. Telémaco saltó la barrera. Se puso entre los gladiadores, que se detuvieron un instante. «¡Que sigan los juegos!», rugía la multitud. Empujaron al intruso a un lado. Todavía llevaba la vestimenta de los ermitaños. Pero Telémaco volvió a colocarse entre los luchadores. La multitud empezó a tirarle piedras. Gritaron a los gladiadores que le mataran y se le quitaran de en medio.

El jefe de los juegos dio una orden; la espada de un gladiador se levantó y cayó sobre él como un rayo, y Telémaco cayó y quedó muerto.

Repentinamente la multitud quedó en silencio. Estaban todos sobrecogidos ante el hecho de que un hombre santo hubiera recibido la muerte de aquella manera. Repentinamente la masa se dio cuenta de lo que era en realidad aquella matanza. Los juegos se terminaron abruptamente aquel día, y ya nunca volvieron a celebrarse. Telémaco, con su muerte, acabó con ellos. Como el famoso historiador Gibbon dijo de él: « Su muerte fue más útil a la humanidad que su vida.» Al perder su vida había hecho más de lo que hubiera podido hacer nunca cultivándola en devociones privadas en el desierto.

Dios nos ha dado la vida para gastarla, y no para conservarla. Si vivimos con mucho cuidado, pensando siempre en primer lugar en nuestro propio provecho, facilidad, comodidad y seguridad; si nuestro único propósito en la vida es prolongarla lo más posible, manteniéndola libre de problemas lo más posible; si no realizamos ningún esfuerzo nada más que en provecho propio, estamos perdiendo la vida todo el tiempo. Pero si empleamos la vida en beneficio de los demás, si nos olvidamos de la salud y del tiempo y de la riqueza y de la comodidad en nuestro deseo de hacer algo por Jesús y por las demás personas por las que Cristo murió, estamos ganando la vida todo el tiempo.

¿Qué habría sucedido al mundo si los médicos y los hombres de ciencia y los inventores no hubieran estado dispuestos a hacer experimentos arriesgados muchas veces para su propia vida? ¿Qué habría sucedido si todo el mundo no hubiera querido nada más que quedarse cómodamente en casa, y no hubiera habido exploradores ni pioneros? ¿Qué pasaría si todas las madres se negaran a correr el riesgo de traer un hijo al mundo? ¿Qué pasaría si todos los hombres emplearan todo lo que tienen en sí mismos y para sí mismos?

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