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Jesus predice su muerte por primera vez

Pastor Lionel

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La carrera de un discípulo

Jesús llamó a la multitud, juntamente con Sus discípulos, y les dijo: -Si hay alguien que quiera ser Mi seguidor, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que Me siga.

Esta parte del evangelio de Marcos está tan próxima al corazón y centro de la fe cristiana que tenemos que tomarla casi frase por frase. Si cada día pudiera uno salir a la vida con una de estas frases en el corazón y dominando su vida, sería más que suficiente para seguir adelante.
Dos cosas sobresalen aquí a primera vista.

(i) Está la casi alucinante honradez de Jesús. Nadie podrá decir que se le indujo a seguir a Jesús con falsas promesas. Jesús no trató nunca de sobornar a nadie ofreciéndole un camino fácil. No ofrecía la paz, sino la gloria. Decirle a uno que debe estar dispuesto a cargar con una cruz es decirle que debe estar dispuesto a que le consideren un criminal, y a morir.

La honradez siempre ha sido una característica de los grandes líderes. En los días de la Guerra Mundial II, cuando Sir Winston Churchill asumió el gobierno de su país, todo lo que ofrecía era «sangre, trabajos, lágrimas y sudor.» Garibaldi, el gran patriota italiano, invitaba a seguirle en estos términos: «No ofrezco soldada, ni cuartel, ni provisiones; ofrezco hambre, sed, marchas forzadas, batallas y muerte. El que ame a su país de todo corazón y no sólo de labios para fuera, que me siga.»

«Soldados, todos nuestros esfuerzos contra fuerzas superiores han resultado ineficaces. No tengo nada que ofreceros, sino hambre, y sed, dureza y muerte; pero llamo a todos los que amen a su patria a unirse conmigo.»

Jesús nunca trató de seducir a nadie a unírsele ofreciendo un camino fácil; trató de desafiar, de despertar la caballerosidad durmiente en sus corazones con el ofrecimiento de un camino que ningún otro podría igualar en altura y dureza. Él no había venido a hacer la vida más fácil, sino a hacer a los hombres grandes.

(ii) Tenemos el hecho de que Jesús nunca apeló a los hombres para que arrostraran o hicieran nada que El no estuviera dispuesto a hacer o arrostrar. Esa es sin duda una de las características del líder al que otros siguen. Cuando Alejandro Magno emprendió la persecución de Darío, realizó una de las marchas maravillosas de la Historia. En once días hizo recorrer a sus hombres tres mil trescientos estadios, unos seiscientos kilómetros. Estaban casi a punto de rendirse, principalmente a causa de la sed, porque no tenían agua. Plutarco cuenta la historia: «Cuando estaban en esta angostura, sucedió que unos macedonios que habían cargado agua en pellejos sobre sus mulas de un río que habían descubierto vinieron a eso del mediodía al lugar donde estaba Alejandro, y viéndole casi ahogándose de sed llenaron un yelmo de agua y se lo ofrecieron. Él les preguntó para quién llevaban el agua; y le contestaron que para sus hijos, añadiendo que si podían salvarle a él la vida no les importaba el que todos ellos perecieran. Entonces él tomó el yelmo en sus manos y, mirando a su alrededor, cuando vio a todos los que estaban cerca de él estirar el cuello mirando ansiosamente el agua, se la devolvió a los que se la ofrecían dándoles las gracias, sin probar ni una gota. «Porque -dijo-, si yo fuera el único que bebiera, los demás se descorazonarían.» Los soldados, tan pronto como se dieron cuenta de su temperancia y magnanimidad en esta ocasión, todos a una gritaron que los condujera adelante sin recelos, y empezaron a espolear sus caballos. Porque teniendo tal rey, decían que desafiaban el cansancio y la sed, y se consideraban poco menos que inmortales.» Era fácil seguir a un líder que nunca exigía a sus hombres más de lo que él mismo soportaba.

Hubo un famoso general romano, Quinto Fabio Cunctator. Estaba discutiendo con su personal cómo tomar una posición difícil. Uno de sus oficiales sugirió una cierta manera: «No costará más que la vida de unos pocos.» Fabio le miró, y le dijo: «¿Estás dispuesto a ser uno de esos pocos?»

Jesús no era la clase de líder que se sienta remoto y juega con las vidas humanas como si fueran peones insignificantes. Lo que Él demandaba que arrostraran, El estaba también dispuesto a arrostrarlo. Jesús tiene derecho a llamarnos a asumir una cruz, porque Él la llevó antes por nosotros.

(iii) Jesús dijo del que quisiera ser discípulo suyo: «Que se niegue a sí mismo.» Comprenderemos mejor el sentido de esta exigencia si la tomamos sencilla y literalmente. «Que se diga que no a sí mismo.» Si uno quiere seguir a Jesucristo, debe siempre decirse a sí mismo que no, y a Jesús que sí. Debe decirle que no a su propio amor natural a la facilidad y la comodidad. Debe decirle que no a todo curso de acción basado en el propio interés y en la propia voluntad. Debe decirle que no a los instintos y a los deseos que le incitan a tocar y gustar y utilizar las cosas prohibidas. Debe decirle que sí sin dudar a la voz y al mandamiento de Jesucristo. Debe ser capaz de decir con Pablo que ya no es él quien vive, sino Cristo Quien vive en él. Ya no vive para seguir su propia voluntad, sino para seguir la de Cristo, en Cuyo servicio está la perfecta libertad.

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