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Jesus predice su muerte por primera vez

Pastor Lionel

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Hay aquí dos dichos bastante distintos.

(i) El primero contiene una advertencia, el anuncio de un juicio inevitable. La vida se dirige a alguna parte, y habrá de enfrentarse a un juicio. En cualquier esfera de la vida se llega inevitablemente al momento de rendir cuentas. No hay más remedio que reconocer el hecho de que el Cristianismo enseña que después de la vida en el mundo viene el juicio; y si tomamos este pasaje en relación con el que le precede vemos inmediatamente cuál es el criterio del juicio. El que acapara la vida para sí mismo egoístamente, el que no se interesa más que en su propia seguridad y salvación y comodidad, a los ojos del Cielo ha fracasado aunque parezca haber conseguido muchos éxitos y riquezas y prosperidad. El que se da a sí mismo a los demás y vive la vida como una generosa aventura es el que recibe la aprobación del Cielo y la recompensa de Dios.

(ii) El segundo es una promesa. Según nos transmite la frase Mateo, parece como si Jesús hablara como si esperara que Su Segunda Venida tuviera lugar durante la vida de algunos de los que Le estaban escuchando. Si fue eso lo que quiso decir, y de la manera que nosotros lo entendemos, entonces Se equivocó. Pero vemos el sentido real de lo que dijo Jesús cuando leemos cómo nos lo transmite Marcos, que nos dice: «También les dijo: –De cierto os digo que algunos de los que están aquí no gustarán la muerte hasta que hayan visto el Reino de Dios venir con poden»

Jesús está hablando del poderoso obrar de Su Reino; y lo que Él dijo resultó divinamente cierto. Había algunos allí presentes que habían de ver la venida del Espíritu el día de Pentecostés. Había allí algunos que habían de ver a judíos y gentiles entrar en tromba en el Reino; habían de ver la marea del Evangelio inundar las tierras de Asia Menor y pasar a Europa hasta llegar a Roma.

Durante la vida de muchos de los que oyeron hablar a Jesús, el Reino vino con poder. De nuevo tenemos que tomar esto en estrecha relación con lo que hay antes. Jesús advirtió a Sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, y sufrir allí muchas cosas, y morir. Esa era la vergüenza; pero la vergüenza no sería el fin. Después de la Cruz vino la Resurrección. La Cruz no habría de ser el final; solo el principio del desatamiento de ese poder que había de inundar a todo el mundo. Esta es la promesa que Jesús les hizo a Sus discípulos: que nada que el mundo pueda hacer podrá impedir el avance del Reino de Dios.

Tenemos que leer este pasaje en el trasfondo de lo que acabamos de ver que se creía corrientemente acerca del Mesías. Cuando Jesús conectó el mesiazgo con el sufrimiento y la muerte, estaba haciendo afirmaciones que les resultaban tanto increíbles como incomprensibles a Sus discípulos. A lo largo de toda su vida habían pensado en el Mesías en términos de conquista irresistible, y ahora se les presentaba una idea que los desarticulaba. Por eso fue por lo que Pedro protestó tan violentamente. Para él, todo eso era absurdo.

¿Por qué reprendió Jesús tan duramente a Pedro? Porque estaba expresando las mismas tentaciones que asediaban a Jesús. Él no quería morir. Sabía que tenía poderes que podía emplear para la conquista. En este momento estaba peleando de nuevo la batalla de las tentaciones en el desierto. Era el diablo el que Le estaba tentando otra vez a que Se postrara y le adorara para seguir su camino en lugar de seguir el camino de Dios.

Es extraño, y a veces terrible, que el tentador nos hable en la voz de un amigo bien intencionado. Puede que hayamos decidido seguir un curso de acción que es correcto, pero que conlleva inevitablemente problemas, pérdidas, impopularidad, sacrificio; y algún amigo bien intencionado intenta detenernos con las mejores razones del mundo. Yo conocí a un hombre que había decidido adoptar un método de acción que le conduciría casi inevitablemente a problemas.

Un amigo se dirigió a él, y trató de disuadirle. «Acuérdate -le dijo- que tienes mujer y familia. No puedes hacer eso.» Es muy posible que alguien nos quiera tanto que quiera evitarnos problemas, y hacernos ir seguros por la vida.

En Gareth and Lynette, Tennyson nos cuenta la historia del hijo menor de Lot y Bellicent. Había captado la visión, y quería ser uno de los caballeros de la Mesa Redonda. Bellicent, su madre, no quería dejarle partir. « ¿No te da lástima dejarme sola?» le preguntó. El padre de Gareth, Lot, anciano ya, le dijo ella, «está tumbado como un tronco que ya casi se ha consumido al fuego.» Sus hermanos ya estaban en la corte de Artús. « ¡Quédate, mi mejor hijo! -le dice ella- Todavía eres más un muchacho que un hombre.» Si se quedaba, ella le prepararía la caza para mantenerle feliz, y le encontraría alguna princesa que fuera su novia. Él había captado la visión; y su madre se puso a ensartarle razones, una tras otra, a cuál más excelente, por las que debía quedarse en casa. Alguien que le amaba le hablaba con la voz del tentador sin darse cuenta; pero Gareth le contestó: Oh Madre, ¿cómo podrás mantenerme atado a ti como un perrillo? ¡Qué vergüenza! Yo soy un hombre hecho y derecho, y debo cumplir la misión de un hombre. ¿Perseguir a los ciervos? ¡Seguir a Cristo el Rey, vivir puro, hablar verdad, enderezar tuertos, seguir al Rey… De otra manera, ¿para qué nací?

Así que Gareth fue cuando y adonde la visión le llamó. El tentador no tiene armas más eficaces que cuando usa la voz de los que nos aman y amamos, que creen que no buscan sino nuestro bien. Eso fue lo que Le sucedió a Jesús aquel día; por eso Su respuesta fue tan dura. Ni siquiera la voz suplicante del amor debe silenciar en nosotros la imperiosa voz de Dios.

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