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Jesus predice su muerte por primera vez

Pastor Lionel

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El gran desafío

A continuación, Jesús les dijo a Sus discípulos: El que quiera ser mi seguidor, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y Me siga.

Porque el que quiera mantener su vida a salvo, la perderá; pero el que pierda su vida por Mi causa, la encontrará. Porque, ¿de qué le servirá a una persona llegar a ser el amo del mundo si le cuesta su alma? ¿Qué puede dar una persona a cambio de su vida?

Este es uno de los temas dominantes y frecuentes en la enseñanza de Jesús. Estas son cosas de Jesús dijo una y otra vez (Mateo 10:37-39; Marcos 8:34-37; Lucas 9:23-27; 14:2527; 17:33; Juan 12:25). Una y otra vez Jesús les hacía enfrentarse con el desafío de la vida cristiana. Hay tres cosas que una persona debe estar dispuesta a hacer si quiere de veras vivir la vida cristiana.

(i) Debe negarse a sí misma. Corrientemente usamos la palabra autonegación en un sentido limitado. Nos referimos a renunciar a algo. Por ejemplo, una semana de autonegación puede ser una semana en que nos privamos de ciertos placeres o lujos a fin de conseguir alguna buena causa.

Pero eso es solo una mínima parte de lo que Jesús quería decir por autonegación. El negarse a sí mismo quiere decir en todos los momentos de la vida decirle no al yo y sí a Dios. Negarse a sí mismo quiere decir una vez y por todas y para siempre destronar el yo y entronizar a Dios. Negarse a sí mismo quiere decir borrar el yo como principio dominante de la vida, y hacer que Dios sea el principio rector, o más aún, la pasión dominante de la vida. Una vida de constante negación al yo es una vida de constante afirmación de Dios.

(ii) Debe cargar con su cruz. Es decir: debe asumir la carga del sacrificio. La vida cristiana es la vida del servicio sacrificial. Puede que el cristiano tenga que abandonar la ambición personal para servir a Cristo; puede ser que descubra que el lugar donde puede rendir a Jesucristo el mayor servicio sea donde la recompensa sea más pequeña y el prestigio ni siquiera exista. Probablemente tendrá que sacrificar tiempo y ocio y placer para servir a Dios por medio del servicio a sus semejantes.

Para decirlo sencilla y llanamente: la comodidad junto a la chimenea, el placer de una visita a un lugar de entretenimiento, puede que hayan de sacrificarse por los deberes de una responsabilidad en la iglesia, la dedicación a un grupo de jóvenes, la visita al hogar de algún alma triste o solitaria. Bien puede que se tengan que sacrificar algunas cosas que uno se podría permitir poseer, a fin de dar más a los demás. La vida cristiana es la vida sacrificial.

Lucas, con un destello de intuición diáfana, añade una palabra a este mandamiento de Jesús: «Que cargue con su cruz diariamente.» Lo realmente importante no son los grandes momentos de sacrificio, sino la vida que se vive en constante conciencia de las demandas de Dios y las necesidades de los demás. La vida cristiana es una vida que se preocupa por los demás más que por uno mismo.

(iii) Debe seguir a Jesucristo. Es decir: debe rendirle a Jesucristo una obediencia total. Cuando yo era joven, solíamos jugar a una cosa que llamábamos «seguir al líder.» Todo lo que hacía el líder, aunque fuera difícil o, en el caso del juego, hasta ridículo, se tenía que imitar. La vida cristiana es un constante seguir a nuestro Líder, una obediencia constante en pensamiento, palabra y obra, a Jesucristo. El cristiano sigue las huellas de Cristo, dondequiera que Él guíe.

Perder y encontrar la vida

Hay todo un mundo de diferencia entre existir y vivir. Existir es simplemente tener pulmones que respiran y un corazón que late; vivir es estar vivo en un mundo en el que todo vale la pena, en el que hay paz en el alma, gozo en el corazón, e interés en cada cosa y momento. Jesús nos da aquí la receta para la vida como distinta de la existencia.

El que va a lo seguro, ama la vida. Mateo estaba escribiendo allá por los años ‹80 d.C. Por tanto, estaba escribiendo en algunos de los días más amargos de la persecución. Estaba diciendo: «Puede que llegue el momento en que puedas salvar la vida abandonando la fe; pero, en ese caso, lejos de salvar la vida, lo que haces es perderla.» El que es fiel puede que muera, pero morirá para vivir; el que abandone la fe para tener seguridad, puede que viva, pero vivirá para morir.

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