Jesus predice su muerte por primera vez

Pastor Lionel

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Y desde luego comenzó a manifestar a sus discípulos que convenía que fuese Él a Jerusalén, y que allí padeciese muchos tormentos de parte de los ancianos, y de los escribas, y de los príncipes de los sacer­dotes, y que fuese muerto, y que resucitase al tercer día. Y hablaba de esto muy claramente. Tomándole aparte Pedro, trataba de disuadírselo, diciendo: ¡Ah, Señor!, de ningún modo; no, no ha de verificarse eso en ti. Pero Jesús, vuelto a él, y mirando a sus discípulos, reprendió ásperamente a Pedro, diciendo: Quítate de delante de mi, Satanás, que me escandalizas; porque no tienes conocimiento ni gusto de las cosas de Dios, sino de las de los hombres. Después, convocando al pueblo con sus discípulos, les dijo a todos: Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a si mis­mo, y cargue con su cruz cada día, y sígame. Pues quien quisiere salvar su vida obrando contra mí, la perderá; mas quien perdiere su vida por amor a mí y del mensaje de salvación, la encontrará y la pondrá a salvo eterna­mente. Porque, ¿de qué le sirve al hombre el ganar todo el mun­do, si pierde su alma? ¿O con qué cambio podrá el hom­bre rescatarla una vez perdida? Ello es que el Hijo del hombre ha de venir revestido de la gloria de su Padre, acompañado de sus ángeles, a juzgar a los hombres; y entonces dará el pago a cada cual conforme a sus obras. Ello es que quien se avergonzare de mí de mi doctrina en medio de esta nación adúltera y pecadora, igualmente se avergonzará de él el Hijo del hombre cuando venga en la gloria de su Padre, acompañado de los santos án­geles. En verdad os digo que hay aquí algunos que no han de morir antes que vean al Hijo del hombre aparecer en el esplendor de su reino. Mateo 16: 21-28: Marcos 8:31-9:1; Lucas 9.21-27

Aunque los discípulos habían captado el hecho de que Jesús era el Mesías de Dios, todavía no habían comprendido todas las implicaciones de aquel gran hecho. Ellos estaban pensando todavía en términos de un Mesías conquistador, un rey guerrero, que barrería a los romanos de Palestina y conduciría a Israel al poder. Por eso fue por lo que Jesús les mandó que guardaran silencio. Si se hubieran dirigido a la gente y hubieran predicado sus propias ideas, todo lo que habrían logrado habría sido suscitar una trágica rebelión; no podrían haber producido más que otro levantamiento violento condenado al desastre. Antes de predicar que Jesús era el Mesías, tenían que aprender lo que aquello quería decir. De hecho, la reacción de Pedro muestra lo lejos que estaban todavía los discípulos de darse cuenta precisamente de lo que Jesús quiso decir cuando se presentó como el Mesías y el Hijo de Dios.

Así es que Jesús empezó a buscar la manera de abrirles los ojos al hecho de que para Él no había más camino que el de la Cruz. Les dijo que tenía que ir, a Jerusalén a sufrir bajo el poder de «los ancianos y principales sacerdotes y escribas.» Estos tres grupos eran de hecho los que componían el sanedrín. Los ancianos eran hombres respetados por el pueblo; los principales sacerdotes eran principalmente saduceos; y los escribas eran fariseos. En efecto, Jesús estaba diciendo que había de sufrir bajo el poder de los dirigentes religiosos del país.

Tan pronto como Jesús dijo aquello, Pedro reaccionó con violencia. Pedro había crecido con la idea de un mesías de poder y gloria y conquista. Para él, la idea de un Mesías doliente, el conectar la obra del mesías con una cruz, era increíble. Así es que «echó mano» de Jesús. Casi seguro el significado es que él puso sus brazos protectores alrededor de Jesús, como para impedirle que siguiera ese curso de acción suicida. «Eso -Le dijo Pedro- no debe y no puede sucederte.» Y entonces vino la gran reprensión que nos deja sin aliento: « ¡Quítate de delante de Mí, Satanás!»

Hay ciertas cosas que debemos captar para poder entender esta escena dramática y trágica. Debemos tratar de captar el tono de la voz de Jesús. Podemos estar seguros de que no hubo un tono de ira en Su voz ni un destello de indignación en Sus ojos. Lo dijo con el corazón herido, con un dolor punzante y con una especie de horror insoportable. ¿Por qué reaccionó Jesús así?

En aquel momento volvieron a Él con una fuerza cruel las tentaciones con las que se había enfrentado en el desierto al empezar Su ministerio. Allí había sentido la tentación de seguir el camino del poder: «Dales pan, dales cosas materiales -Le dijo el tentador-, y Te seguirán.» «Dales sensaciones -Le dijo el tentador-, dales maravillas, y Te seguirán.» «Llega a un acuerdo con el mundo -Le dijo el tentador-, rebaja tu nivel, y Te seguirán.» Eran precisamente las mismas tentaciones las que Pedro Le presentaba a Jesús otra vez.

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