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Jesús predice la destrucción del templo

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Ahora llegamos a las advertencias de la persecución por venir. Jesús nunca dejó a Sus seguidores en duda de que habían escogido un camino duro. Nadie podrá decir que no sabía de antemano las condiciones del servicio de Cristo.

El que los entregaran a los concilios y los azotaran en las sinagogas se refería a la persecución judía. En Jerusalén estaba el gran Sanedrín, el tribunal supremo de los judíos, pero había un sanedrín local en todos los pueblos y aldeas. Ante tales sanedrines locales se juzgaba a los herejes confesos, y en las sinagogas se los azotaba públicamente. Los gobernadores y reyes se refiere a los juicios ante los tribunales romanos, como el que tuvo que arrostrar Pablo ante Félix y Festo y Agripa.

Fue un hecho que los cristianos recibieron fuerzas y ánimo en sus juicios. Cuando leemos acerca de los juicios de los mártires, muchos de los cuales eran personas sencillas e iletradas, la impresión que recibimos a menudo es que eran los jueces y no los cristianos los que estaban en juicio. Su fe cristiana permitía a las personas más sencillas temer a Dios hasta tal punto que no le tenían miedo a ningún hombre.

Fue cierto que hasta los mismos familiares delataban a los cristianos. En los comienzos del Imperio Romano, una de las maldiciones eran los informadores (delator, delatores). Había quienes, tratando de ganarse el favor de las autoridades, no vacilaban en traicionar aun a sus propios íntimos y familiares. Ese tiene que haber sido el golpe más doloroso.

En la Alemania de Hitler, arrestaron a un hombre por defender la libertad. Sufrió la cárcel y la tortura con fortaleza estoica sin quejarse. Por último, con el espíritu todavía íntegro, le soltaron. Poco tiempo después se suicidó. Muchos se preguntaron por qué. Los que le conocían bien sabían la razón: había descubierto que su propio hijo había sido el que le había delatado. Aquella traición le quebrantó de una manera que no había podido lograr la crueldad de sus enemigos.

Esta hostilidad familiar y doméstica fue uno de los detalles regulares en el catálogo de terror de los últimos días terribles: «Los amigos se atacarán unos a otros repentinamente» (4 Esdras 5:9). «Y se aborrecerán unos a otros y se desafiarán unos a otros a luchar» (2 Baruc 70:3). « Y se pelearán unos contra otros, los jóvenes con los ancianos y los ancianos con los jóvenes, los pobres con los ricos, los humildes con los nobles, el mendigo con el príncipe» (Jubileos 23:19). «Los niños les perderán el respeto a los ancianos, y los ancianos se ensoberbecerán ante los niños» (Misná, Sotá 9:15). «Porque el hijo trata al padre con desprecio, la hija se ensoberbece contra su madre, la nuera contra su suegra. Los enemigos de un hombre son los de su propia familia» (Miqueas 7.-6).

La vida en la Tierra se convierte en un infierno cuando las lealtades personales se destruyen, y cuando no queda amor en que confiar.

Es verdad que se odió a los cristianos. Tácito hablaba del Cristianismo como una maldita superstición; Suetonio lo llamaba una nueva y malvada superstición. La razón principal para el odio era la manera en que el Cristianismo interfería en los vínculos familiares. Era un hecho que se tenía que amar a Cristo más que a padre o madre, o hijo o hija. Y la cuestión se complicaba por las calumnias que se levantaban contra los cristianos. No cabe duda que los judíos hicieron mucho para provocar esas calumnias. La más grave era la acusación de que los cristianos eran caníbales, inspirada en las palabras de la Comunión, que hablan de comer la carne de Cristo y beber Su sangre.

En esta, como en todas las otras cosas, sería el que resistiera hasta el fin el que alcanzara la Salvación. La vida no es un sprint corto y agudo; es una carrera de maratón; no una única batalla, sino una campaña prolongada. El doctor G. J. Jeffrey cuenta que un hombre famoso se negó a que se escribiera su biografía antes de su muerte, diciendo: « He visto a demasiadas personas caer en la última vuelta de la carrera.» La vida nunca está a salvo hasta que llega a su final. Juan Bunyan, en su sueño de El peregrino, vio que desde las mismas puertas del Cielo había un camino que llevaba al infierno. Es la persona que resiste hasta el final la que se salva.

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