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Jesús predice la destrucción del templo

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(ii) El segundo peligro es el del desaliento. Hay algunos a los que se les enfriará el amor a causa de la creciente impiedad del mundo. El verdadero cristiano es aquel que mantiene su fe cuando esta se encuentra en las mayores dificultades; y que, en las circunstancias más descorazonadoras, se niega a creer que el brazo de Dios se haya acortado o que Su poder haya disminuido.

Empezamos por las profecías de Jesús acerca del destino fatal de Jerusalén. El Templo que construyó Herodes era una de las maravillas del mundo. Se empezó a construir el 20-19 a.C., y en tiempos de Jesús no estaba todavía terminado del todo. Estaba en el monte Moria. En vez de allanar la cima del monte se formó una especie de amplia plataforma levantando muros de mampostería masiva para cerrar el área total. Sobre esos muros se colocó una plataforma sostenida por pilares que distribuían el peso de la superestructura. Josefo nos dice que algunas de estas piedras tenían 40 pies de longitud por 12 de altura y 18 de anchura. Serían algunas de aquellas piedras las que movieron a los discípulos galileos a tal alucinación.

La entrada del Sureste era la más impresionante del Templo. Entre la ciudad y la colina del Templo estaba el valle Tiropeón, que salvaba un puente maravilloso. Cada arco tenía 41,5 pies y se usaron en su construcción piedras que medían 24 pies de longitud. El valle Tiropeón tenía no menos de 225 pies de profundidad. La anchura de la depresión que salvaba el puente era de 354 pies, y el puente mismo tenía 50 pies de ancho. El puente conducía directamente al Pórtico Real, que consistía en una doble fila de columnas corintias, todas de 37,5 pies de altura, y cada una constaba de un bloque macizo de mármol.

Josefo escribe acerca del mismo edificio del Templo, el Lugar Santo: «Ahora bien, la fachada exterior del Templo no carecía de nada que pudiera sorprender la mirada o el pensamiento de los que la contemplaran. Estaba cubierta totalmente de planchas de oro de gran peso; y al amanecer reflejaban un esplendor como de fuego, y obligaban a los que se atrevían a mirarlo a retirar la mirada, como si se tratara de los mismos rayos del Sol. Pero este Templo aparecía a los extraños, cuando estaban todavía a cierta distancia, como una montaña nevada; porque, por lo que se refiere a las partes que no estaban cubiertas de oro, eran totalmente blancas…

De sus piedras, algunas de 45 codos de longitud, 5 de altura y 6 de anchura.» (Un codo equivalía a 45 cm., y un pie a 30).

Fue todo este esplendor lo que impresionó a los discípulos. El Templo parecía el colmo del arte y del logro humano, y parecía tan extenso y sólido que habría de durar para siempre. Pero Jesús hizo la sorprendente afirmación de que llegaría un día cuando no quedara de él piedra sobre piedra. Al cabo de menos de cincuenta años Su profecía se cumplió trágicamente.

La agonía de la Ciudad Santa

-Cuando veáis que la abominación de desolación se encuentra donde no debiera (que el que lea entienda), entonces, los que estén en Judea, que huyan a las montañas, que el que esté en la terraza no baje ni entre a recoger nada de su casa,. y que el que esté trabajando en el campo no vuelva a recoger su túnica. ¡Ay de las que estén embarazadas o amamantando a sus bebés aquellos días! Pedidle a Dios que no suceda en tiempo de tormenta. Esos días serán de tal tribulación como no ha habido desde el principio del mundo que Dios creó hasta ahora, ni tampoco desde ahora. Si no fuera porque el Señor hubiera acortado los días, ningún ser viviente podría sobrevivir; pero, por causa de los escogidos que El ha elegido, Él acortó los días.

Jesús profetiza algo del horror extremado del asedio y la caída final de Jerusalén. Advierte que, cuando se descubran las primeras señales, deberán huir sin entretenerse ni siquiera para recoger su ropa o tratar de poner a salvo sus bienes. De hecho la gente hizo exactamente lo contrario: se apelotonaron en Jerusalén, y la muerte llegó de maneras que son casi demasiado terribles de imaginar. La frase la abominación de desolación tiene su origen en Daniel 9:27; 11:31; 12:11. Esta expresión hebrea quiere decir literalmente la profanación que horroriza. El origen de la frase estaba en relación con Antíoco. Ya hemos visto que trató de erradicar la religión judía e introducir la manera de vivir de los griegos. Profanó el Templo ofreciendo carne de cerdo en el gran altar e instalando burdeles públicos en los santos atrios. Justamente delante del mismo lugar santo puso una gran imagen del Zeus olímpico, y mandó a los judíos que la adoraran. En relación con aquello, el autor del 1 Libro de los Macabeos dice (1:54): « Ahora bien, el día 15 del mes de Kislev del año 145 instalaron la abominación de desolación sobre el altar y edificaron altares a los ídolos en todas las ciudades de Judá por todas partes.» La frase da abominación de desolación, la profanación que horroriza, describía originalmente la imagen pagana y todo lo que la acompañaba con lo que Antíoco profanó el Templo. Jesús profetizó que la misma clase de cosa iba a suceder otra vez. Estuvo muy cerca de ser así el año 40 d.C., cuando Calígula era el emperador romano. Era epiléptico y loco; pero se empeñó en que se le tratara como un dios. Se enteró de que el culto del Templo de Jerusalén no tenía ninguna imagen, y se propuso instalar su propia estatua en el lugar santo. Sus consejeros le suplicaron que no lo hiciera, porque sabían que, si lo hacía, se produciría una sangrienta guerra civil. Calígula estaba empecinado; pero afortunadamente murió el año 41 d.C. antes de poder llevar a cabo su plan de profanación.

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