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Jesús predice la destrucción del templo

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Jesús les contestó que llegaría el día en que ninguna de esas piedras seguiría en su sitio -y tenía razón. En el año 70 d.C., los romanos, provocados fatalmente por la intransigencia rebelde de los judíos, renunciaron a todo proyecto de pacificación y se lanzaron a la destrucción, y Jerusalén y el templo fueron arrasados de tal manera que la profecía de Jesús se cumplió literalmente.

Aquí habla el profeta Jesús. Jesús sabía que el camino del poder político solo conduce a la destrucción. La persona y la nación que no toman el camino de Dios, están abocadas al desastre -también en las cosas materiales. La persona y la nación que rechazan el sueño de Dios descubren que sus propios sueños también se desmoronan.

El inexorable terror del asedio

-Cuando veáis la abominación desoladora de la que habló el profeta Daniel colocada en el Lugar Santo (el que lo lea, que lo entienda), los que estén en Judea, que huyan a los montes; el que esté en la terraza, que no baje a casa para recoger nada; y el que esté en el campo, que no se vuelva atrás para recoger la capa. ¡Pobres de las que estén embarazadas o criando esos días! Pedidle a Dios que no tengáis que huir en el invierno ni en sábado. Porque en ese tiempo habrá una gran aflicción, como no la ha habido nunca desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si no fuera porque esos días serán breves, ningún ser humano sobreviviría.

Pero esos días se acortarán por causa de los elegidos.

El asedio de Jerusalén fue uno de los más terribles de la Historia. Jerusalén era sin duda una ciudad difícil de tomar, ya que estaba situada en una montaña, y defendida por fanáticos religiosos.

Así es que Tito decidió conquistarla por el hambre.

No se sabe exactamente lo que es la abominación desoladora. La frase procede de Daniel 12:11. Allí se dice que la abominación que causa desolación está establecida en el templo. La referencia de Daniel es muy clara. Hacia el año 170 a.C., el rey de Siria Antíoco Epífanes se decidió a erradicar, el judaísmo y a introducir en Judea la religión y la manera de vivir griega. Capturó Jerusalén, y profanó el templo erigiendo en él un altar a Zeus Olímpico, y ofreciendo sobre él carne de cerdo, y convirtiendo las habitaciones de los sacerdotes y las cámaras del templo en burdeles públicos. Fue un intento deliberado de erradicar la religión judía.

La profecía de Jesús era que aquello sucedería otra vez, y que de nuevo el Lugar Santo sería profanado, como lo fue de hecho. Jesús vio que venía sobre Jerusalén, una repetición de las cosas terribles que le habían sucedido 200 años antes; solo que esta vez no surgiría ningún Judas Macabeo; esta vez no habría recuperación ni purificación; no habría más que una destrucción definitiva.

Jesús predijo acerca del asedio que, si no hubiera sido porque duró un tiempo limitado, ningún ser humano lo habría sobrevivido. Es curioso ver que Jesús dio consejos prácticos que no se siguieron, lo cual multiplicó el desastre. El consejo de Jesús fue que, cuando llegara ese día, la gente se fuera a las montañas. No lo hicieron; se apiñaron en la ciudad y dentro de los muros de Jerusalén los habitantes de todo el país, y esa misma necedad multiplicó por cien el macabro horror del hambre del asedio.

Si acudimos a la historia de Josefo, vemos la razón que tuvo Jesús acerca del terrible futuro. Josefo escribe acerca de los días terribles del asedio y el hambre: «Entonces se extendió el hambre por doquier, y devoró a la gente por casas y familias enteras. Las habitaciones superiores estaban llenas de mujeres y de niños que se morían de hambre; y las callejas de la ciudad estaban llenas de cadáveres de ancianos; también los niños y los jóvenes vagaban por los mercados como sombras, hinchados por el hambre, y se caían muertos donde los pillaba su miseria. En cuanto a enterrarlos, los que estaban enfermos no podían hacerlo, y los que estaban algo mejor de ánimo tenían miedo de hacerlo por la gran multitud de cadáveres y por la incertidumbre que tenían de lo pronto que morirían ellos mismos, porque muchos morían mientras estaban enterrando a otros, y muchos acababan en el ataúd, antes de que les llegara la hora fatal. Tampoco se hacía ningún duelo por aquellas calamidades, ni se oían endechas; pero el hambre trastocaba todas las pasiones naturales; porque los que estaban a punto de morir miraban a los que iban a su descanso antes que ellos con los ojos secos y las bocas abiertas. Un profundo silencio, y una especie de noche mortal, se cernían sobre la ciudad… Y cada uno moría con la mirada fija en el templo» (Josefo, Guerras de dos judíos, S. 12. 3). Josefo cuenta la historia macabra -de una mujer que en aquellos días mató y asó y se comió a su propio bebé (6. 3. 4). Nos cuenta que hasta los romanos, cuando ya habían tomado la ciudad e iban buscando botín, se quedaban tan impresionados por el horror de lo que veían que no podían por menos de retener sus manos: « Cuando los romanos llegaban a las casas para saquearlas, encontraban en ellas familias enteras de cadáveres, y lo mismo en las habitaciones superiores…

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