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Jesús predice la destrucción del templo

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(iv) Está la idea de la persecución por venir. Jesús previó y predijo las cosas terribles que habrían de sufrir los suyos por su relación con Él en los días por venir. Se refieren a esto los versículos 12-17.

Este pasaje nos resultará más fácil de entender y provechoso si tenemos presente que no trata exclusivamente de un tema, sino de cuatro íntimamente relacionados.

Fue la referencia a las bellezas del templo lo que movió a Jesús a profetizar. Los pilares de los pórticos y de las columnatas eran de mármol blanco, de 12 metros de alto, hechos de un solo bloque de piedra. El adorno más famoso era la representación de una parra, toda de oro, con racimos de la altura de una persona. La mejor descripción del templo en los días de Jesús nos la ha dejado Josefo en su libro Las Guerras de los Judíos, libro V, sección 5: « La fachada del templo no carecía de nada que pudiera sorprender a los ojos o a la imaginación, porque estaba recubierta por todas partes de planchas de oro de gran peso, y a los primeros rayos del Sol reflejaba un esplendor ardiente, y obligaba a apartar la mirada a los que intentaban fijar en ella los ojos, exactamente igual que si hubieran querido mirar al Sol. Pero el templo les parecía a los extraños que lo miraban a distancia como una montaña cubierta de nieve; porque las partes que no estaban chapadas de oro eran extremadamente blancas.» A los judíos les parecía imposible que la gloria del templo fuera reducida a polvo.

En este pasaje aprendemos algunas cosas fundamentales acerca de Jesús y de la vida cristiana:

(i) Jesús sabía leer las señales de la Historia. Todos estaban ciegos al desastre que se les avecinaba, pero Él vio el alud que se le venía encima a Israel. Las cosas sólo se ven claras cuando se ven con la óptica de Dios.

(ii) Jesús era absolutamente sincero. «Eso -dijo a sus discípulos es lo que podéis esperar si decidís seguirme.» Una vez, en medio de una gran lucha por causa de la justicia, un líder heroico le escribió a un amigo: «Las cabezas ruedan por la arena; ven a añadir la tuya.» Jesús creía lo bastante en los hombres como para ofrecerles, no un camino fácil, sino un camino heroico.

(iii) Jesús les prometió a sus discípulos que nunca estarían solos cuando se enfrentaran con sus tribulaciones. Es evidente en la historia que han escrito los cristianos con sus vidas que, cuando estaban sufriendo torturas y esperando la muerte, sentían la presencia del Señor de una manera especialísima. La cárcel se convierte en un palacio, el patíbulo en un trono, la tormenta en una brisa grata, cuando Cristo está con nosotros.

(iv) Jesús les habló de una seguridad que sobrepasa a todas las amenazas de la Tierra. «Ni un pelo de vuestra cabeza va a sufrir daño.»

Castillo fuerte es nuestro Dios, – defensa y buen escudo; con su poder nos librará – en este trance agudo. Con furia y con afán – acósanos Satán; por armas deja ver – astucia y gran poder. Cual él no hay en la Tierra.

Nuestro valor es nada aquí, – con él todo es perdido; mas por nosotros pugnará – de Dios el Escogido. ¿Sabéis quién es? ¡Jesús, – el que venció en la Cruz, Señor de Sabaot! – ¡Y, pues Él solo es Dios, Él triunfa en la batalla!

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