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Jesús predice la destrucción del templo

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Cuando leemos las palabras gráficas de Jesús acerca de Su Segunda Venida debemos recordar que no nos dan ni un mapa de la eternidad ni un horario del futuro; sino que está usando sencillamente el lenguaje y las figuras que muchos judíos conocían y usaban desde hacía siglos.

Pero es sumamente interesante notar que las cosas que Jesús profetizó estaban ya sucediendo de hecho. Profetizó guerras, y los temidos partos estaban ya de hecho atacando las fronteras romanas. Profetizó terremotos, y en menos de cuarenta años el mundo romano quedó horrorizado por el terremoto que devastó Laodicea y por la erupción del Vesubio que sepultó a Pompeya en lava. Profetizó hambres, y hubo una hambruna en Roma en los días de Claudio. Hubo de hecho tal tiempo de terror en el futuro inmediato que, cuando Tácito empezó sus historias, dijo que todo lo que estaba sucediendo parecía demostrar que los dioses estaban buscando, no salvar, sino vengarse del Imperio Romano.

En este pasaje lo único que debemos retener es el hecho de que Jesús predijo que vendría otra vez. Los detalles no son tan importantes.

Desde el versículo 5 este capítulo es muy difícil. Su dificultad consiste en que se reflejan en él cuatro ideas diferentes:

(i) Está la idea del Día del Señor. Los judíos creían que el tiempo tiene dos edades: está la edad presente, que es completa e irremediablemente mala y que acabará en destrucción, y la era por venir, que sería la edad de oro de Dios y de la supremacía de los judíos. Pero entre ambas estaba el Día del Señor, que sería un tiempo terrible de cataclismos cósmicos y destrucción, los dolores de parto de la nueva era.

Sería un día de terror. «He aquí el Día del Señor viene, terrible y de indignación y ardor de ira, para convertir la Tierra en soledad, y raer de ella a sus pecadores» (Isaías 13:9; comparar con Joel 2:1, 2; Amós 5:18-20; Sofonías 1:14-18). Vendría repentinamente: «El Día del Señor vendrá así como ladrón en la noche» (1 Tesalonicenses 5:2; comparar con 2 Pedro 3:10).

Sería un día en el que el universo sufriría sacudidas: «Las estrellas de los cielos y sus luceros no darán su luz; y el sol se oscurecerá al nacer, y la luna no dará su resplandor… Haré estremecer los cielos, y la Tierra se moverá de su lugar, en la indignación del Señor de los Ejércitos, y en el día del ardor de su ira» (Isaías 13:10-13; Joel 2:30, 31; 2 Pedro 3:10).

El Día del Señor era una de las ideas básicas del pensamiento religioso en tiempos de Jesús; todo el mundo conocía estas terribles premoniciones. En este capítulo las vemos reflejadas en los versículos 9, 11, 25 y 26.

(ii) Está la profecía de la destrucción de Jerusalén, que se cumplió el año 70 d.C., después de un asedio en el que los habitantes llegaron al canibalismo y la ciudad fue tomada literalmente piedra a piedra. Josefo dice que un número increíble de 1.100.000 personas perecieron en el asedio, y 97.000 fueron llevadas cautivas. La nación judía fue borrada del mapa; el templo fue incendiado y desolado. En este pasaje se hace referencia a ese acontecimiento todavía futuro en los versículos 5,
6, 20-24.

(iii) Está la Segunda Venida de Cristo. Jesús estaba seguro de que iba a volver otra vez, y la Iglesia Primitiva esperaba su vuelta. Nos ayudará a comprender los pasajes del Nuevo Testamento que hablan de la Segunda Venida si tenemos en cuenta que muchos de los detalles que estaban en relación con el Día del Señor se le aplicaron, como los versículos 27 y 28 de este capítulo. Antes de la Segunda Venida se esperaba que muchos pretendieran ser el Mesías, y que tuvieran lugar muchos cataclismos. A eso se refieren los versículos 7-9.

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