Jesús predica en Galilea

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Cuando Jesús oyó que habían metido a Juan en la cárcel, pasados esos dos días, salió de Samaria y se dirigió a Galilea para anunciar las buenas noticias de parte de Dios; lleno del poder del Espíritu Santo, y se hablaba de él por toda la tierra de alrededor. Porque, como él mismo dijo, a un profeta no lo honran en su propia tierra. Cuando llegó a Galilea, los de aquella región lo recibieron bien, porque también habían ido a la fiesta de la Pascua a Jerusalén y habían visto todo lo que él hizo entonces. Enseñaba en la sinagoga de cada lugar, y todos le alababan. Pero no se quedó en Nazaret, sino que se fue a vivir a Cafarnaúm, a orillas del lago, en la región de las tribus de Zabulón y Neftalí. Esto sucedió para que se cumpliera lo que había escrito el profeta Isaías: «Tierra de Zabulón y de Neftalí, al otro lado del Jordán, a la orilla del mar: Galilea, donde viven los paganos. El pueblo que andaba en la oscuridad vio una gran luz; una luz ha brillado para los que vivían en sombras de muerte.» Desde entonces Jesús comenzó a proclamar: «Ya se cumplió el plazo señalado, y el reino de Dios está cerca. Vuélvanse a Dios, y acepten con fe sus buenas noticias, porque el reino de los cielos está cerca.” Mateo 4:12-17; Marcos 1:14-15; Lucas 4:14-15; Juan 4:43-45

No pasó mucho tiempo antes que le sobreviniera el desastre a Juan. Le detuvieron y le metieron en la cárcel en las mazmorras del castillo de Maqueronte por orden del rey Herodes. Su crimen había sido el denunciar públicamente que Herodes había seducido a la mujer de su hermano, y luego se había casado con ella después de divorciarse de la mujer anterior. No está uno nunca a salvo si denuncia a un déspota oriental, y el valor de Juan le trajo en consecuencia primero la cárcel y luego la muerte. Más tarde volveremos a los detalles de esa historia que Mateo nos dice en Mateo 14:3-12: Es que Herodes había hecho arrestar y encarcelar a Juan. Lo hizo por causa de Herodías, esposa de su hermano Filipo, pues Juan había dicho a Herodes: “No debes tenerla como tu mujer.” Herodes, que quería matar a Juan, tenía miedo de la gente, porque todos creían que Juan era un profeta. Pero en el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías salió a bailar delante de los invitados, y le gustó tanto a Herodes que le prometió bajo juramento darle cualquier cosa que pidiera. Ella entonces, aconsejada por su madre, dijo a Herodes: Dame en un plato la cabeza de Juan el Bautista. Esto entristeció al rey Herodes; pero como había hecho un juramento en presencia de sus invitados, mandó que se la dieran. Ordenó, pues, cortarle la cabeza a Juan en la cárcel; luego la llevaron en un plato y se la dieron a la muchacha, y ella se la entregó a su madre. Llegaron los seguidores de Juan, se llevaron el cuerpo y lo enterraron; después fueron y avisaron a Jesús.

Jesús supo que Le había llegado el momento de ponerse en campaña. Fijémonos en qué fue lo primero que hizo. Se marchó de Nazaret y puso su residencia en el pueblo de Cafernaún. Había una especie de finalidad simbólica en esa mudanza. En aquel momento Jesús se marchó de su casa para no volver a vivir en ella nunca más. Es como si se cerrara la puerta que dejaba atrás antes de abrir la que tenía delante. Era un corte limpio entre lo antiguo y lo nuevo. Se había terminado un capítulo y empezaba otro. A veces llegan a la vida esos momentos de decisión. Siempre es mejor recibirlos con un corte hasta quirúrgico que vacilar indecisamente entre dos cursos de acción.

Fijémonos adónde fue Jesús. Se fue a Galilea. Cuando Jesús se fue a Galilea para empezar Su misión y Su ministerio, Él sabía lo que estaba haciendo. Galilea era el distrito más septentrional de Palestina. Se extendía desde el río Litani, el antiguo Leontes, al Norte hasta la llanura de Esdrelón al Sur. Por el Oeste no llegaba hasta la costa del Mediterráneo, porque la banda costera estaba en posesión de los fenicios. Limitaba por el Nordeste con Siria, y su frontera oriental eran las aguas del Mar de Galilea. Galilea no era muy extensa; sólo ochenta kilómetros de Norte a Sur por cuarenta de Este a Oeste.

Pero, aunque fuera pequeña, Galilea estaba densamente poblada; era con mucho la región más fértil de Palestina; su fertilidad era fenomenal y proverbial. La lista de árboles que crecían en ella demuestra su sorprendente fertilidad: vid, olivo, higuera, roble, nogal, terebinto, palmera, cedro, ciprés, morera, abeto, pino, sicomoro, laurel, mirto, almendro, granado, cidro y adelfa. Había un dicho de que era más fácil criar una legión de olivos en Galilea que un chico en Judea. Josefo, que fue en un tiempo gobernador de la provincia, dice: «Es rica por todas partes de suelo y pastos, produciendo todas las variedades de árboles e invitando por su productividad hasta a los que tienen menos interés en la agricultura; está toda labrada; no se deja ninguna parte en barbecho, y es productiva en su totalidad.» En consecuencia, Galilea tenía una enorme población comparada con su tamaño. Josefo nos dice que había doscientos cuatro pueblos en ella, ninguno con menos de quince mil habitantes. Parece increíble que pudiera haber una población de unos 3.000.000 en Galilea. Jesús empezó Su misión en la parte de Palestina donde había más personas que pudieran oírle; empezó Su obra en un área que hervía de gente a la que se podía proclamar el Evangelio.

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