Jesús perdona y sana a un paralítico

La objeción de los escribas y fariseos se volvió contra ellos y los dejó sin argumentos. Lo maravilloso aquí es que lo que salvó a ese hombre fue la fe de sus amigos. Cuando Jesús se dio cuenta de la fe que tenían -la fe emprendedora de los amigos, que no se detenía ante nada que les impidiera traer a su amigo a Jesús para que le pusiera bueno-, aquella fe obtuvo la salud del paralítico. Esto sigue sucediendo.

(i) Hay quienes se salvan por la fe de sus padres. Carlyle solía decir que, a través de los años, volvía a él la voz de su madre: «Confía en Dios, y haz el bien.» Cuando Agustín de Hipona estaba viviendo una vida incontrolada e inmoral, su piadosa madre fue a buscar la ayuda de un obispo cristiano. «Es imposible -le dijo éste- que el hijo de tales oraciones y lágrimas se pierda.» Muchos de nosotros damos testimonio con gratitud y gozo de que le debemos todo lo que somos y seremos a la fe de nuestros padres.

(ii) Hay quienes se salvan diariamente por la fe de los que los aman. Cuando H. G. Wells hacía poco que se había casado y el éxito le exponía a nuevas tentaciones, decía: «Menos mal que detrás de las puertas del número 12 de Mornington Road dormía una mujer tan dulce y tan limpia que me resultaba inconcebible el presentarme miserable o borracho o vil.»
Muchos de nosotros habríamos caído en la desvergüenza si no fuera porque no habríamos podido enfrentarnos con- el dolor o la tristeza en los ojos de alguien que nos amaba. Gracias a Dios es parte de la trama de la vida y del amor que haya influencias preciosas que salvan las almas de los hombres.

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