Jesús perdona y sana a un paralítico

La manera que tuvo Jesús de tratar a este hombre puede parecernos sorprendente. Empezó por decirle que sus pecados estaban perdonados. Había una doble razón para eso. En Israel era creencia universal que toda enfermedad era el resultado del pecado, y que ninguna enfermedad se podía curar nunca si no se perdonaba el pecado. Creían que si una persona esta sufriendo, sería porque había pecado. Ese era de hecho el razonamiento de los amigos de Job. «Piensa, a ver si recuerdas un solo caso de un inocente que haya sido destruido.» (Job 4:7).Rabí Ami dijo: « No hay muerte sin pecado, ni dolor sin trasgresión.» Rabí Alejandro dijo: «El enfermo no se levanta de su enfermedad hasta que se le perdonen los pecados.» Rabí Jiya ben Abba dijo: «Ninguna persona enferma se cura de su enfermedad hasta que se le perdonan todos sus pecados.» Esta relación inquebrantable entre el sufrimiento y el pecado era parte de la fe judía ortodoxa en tiempos de Jesús. Por esa razón, no cabe la menor duda que este hombre no podría nunca haber recuperado la salud hasta tener la seguridad de que sus pecados se le habían perdonado. Es sumamente probable que hubiera sido un pecador, y que estuviera convencido de que su enfermedad era el resultado de su pecado, y que además esa fuera la verdad; y sin la certeza del perdón, no podría haber recibido nunca la sanidad.

De hecho, la medicina moderna estaría totalmente de acuerdo en que la mente puede influir, y de hecho influye, en las condiciones físicas del cuerpo, y que una persona no puede nunca tener un cuerpo sano si su mente no está en un estado sano.

Paul Tournier, en El Diario de un Médico, cita un ejemplo precisamente de eso: «Había, por ejemplo, una chica a la que uno de mis amigos llevaba varios meses tratando de anemia, sin mucho éxito. En última instancia, mi colega decidió enviársela al inspector médico del distrito en que ella trabajaba, para obtener su permiso para enviarla a un sanatorio en las montañas. Al cabo de una semana la paciente trajo la respuesta del inspector. Éste demostró ser una buena persona y concedió el permiso, pero añadió: “Por el análisis de sangre, sin embargo, no llego a nada que se le parezca a las cifras que usted cita.” Mi amigo, bastante perplejo, tomó enseguida una muestra de sangre y la llevó a toda prisa a su laboratorio. Era verdad que las cifras habían cambiado repentinamente. “Si yo no hubiera sido una de esas personas que siguen meticulosamente la rutina del laboratorio -prosigue la historia de mi amigoy si yo no hubiera comprobado el análisis de cada uno de mis pacientes antes de su visita, podría haber creído que había cometido un error.” Se volvió a la paciente y le preguntó: “¿Le ha sucedido algo fuera de lo ordinario desde su última visita?” “Sí, me ha sucedido algo -replicó ella-. De pronto he sido capaz de perdonar a alguien al que le tenía un rencor sucio; ¡y de pronto me he dado cuenta de que podía por fin decirle sí a la vida!”» Su actitud mental había cambiado, y con ella cambió también el mismo estado de su sangre. Se le había curado la mente, y su cuerpo llevaba camino de alcanzar una curación total.

Este hombre de la historia evangélica sabía que era pecador; porque era pecador, estaba seguro de que Dios era su enemigo; porque creía que Dios era su enemigo, estaba paralítico. Una vez que Jesús le trajo el perdón de Dios supo que Dios ya no era su enemigo, sino su amigo, y por tanto se curó.

Pero fue la manera como se efectuó la cura lo que escandalizó a los escribas. Jesús se había atrevido a perdonar pecado; eso era prerrogativa exclusiva de Dios; por tanto, Jesús había insultado a Dios. Jesús no se puso a discutir. Trató la cuestión con ellos en su propio terreno. «¿Cuál de las dos cosas es más fácil decir -les preguntó-: “Tus pecados te son perdonados,” o decir: “Levántate y sal andando?» Ahora bien; recordemos qué estos escribas no creían que nadie pudiera levantarse y echar a andar a menos que se le perdonarán sus pecados. Si Jesús podía hacer que este hombre se levantará y anduviera, entonces eso era la prueba incontestable de que los pecados del hombre estaban perdonados, y de que el derecho de Jesús a perdonar pecados era legítimo. Así que Jesús demostró que era capaz de traer el perdón al alma de una persona y la salud a su cuerpo. Y sigue siendo eternamente verdad que no podemos estar como es debido físicamente hasta que lo estemos espiritualmente, que la salud del cuerpo y la paz con Dios van de la mano.

Paul Tournier escribe: «¿Es que no informan los misioneros de que la enfermedad es una deshonra a los ojos del salvaje? Hasta los que se convierten al Cristianismo no osan ir a la comunión cuando están enfermos, porque se consideran rechazados por Dios.» Para los judíos, un enfermo era alguien con quien Dios estaba enfadado. Es verdad que gran número de, enfermedades se deben al pecado; y más verdad todavía que vez tras vez se deben, no al pecado del que padecía enfermedad, sino de otros. Nosotros no establecemos la relación de causa a efecto que hacían los judíos; pero cualquier judío habría estado de acuerdo en qué el perdón de los pecados era condición previa y sine qua non para la curación.

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