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Jesús narra la parábola del mercader de perlas

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«Sucede también con el reino de los cielos como con un comerciante que andaba buscando perlas finas; cuando encontró una de mucho valor, fue y vendió todo lo que tenía, y compró esa perla. Mateo 13:45-46

En el mundo antiguo las perlas eran algo especialmente valioso. Muchas personas anhelaban poseer una perla preciosa, no tanto por su valor en dinero como por su belleza. Hallaban un gran placer simplemente tocándola y contemplándola. Encontraban un placer estético en poseer y mirar una perla. Las principales fuentes de perlas-eran entonces las orillas del Mar Rojo y de las lejanas Islas Británicas; pero un comerciante se peinaría los mercados del mundo para encontrar una perla que tuviera una belleza extraordinaria.

Hay algunas verdades de lo más sugestivas ocultas en esta parábola.

(i) Es sugestivo descubrir que el Reino del Cielo se compara con una perla. En el mundo antiguo, como hemos visto, una perla era la posesión más maravillosa; eso quiere decir que el Reino del Cielo es lo más maravilloso del mundo. Recordemos lo que es el Reino: estar en el Reino es aceptar y hacer la voluntad de Dios. Es decir: hacer la voluntad de Dios no es algo hosco, gris y agónico, sino la cosa más maravillosa. Más allá de la disciplina, el sacrificio, la autonegación, la cruz… se encuentra la suprema hermosura que excede -a todas las hermosuras y que no se encuentra en ningún otro lugar. No hay más que una manera de traer paz al corazón, gozo a la mente, belleza a la vida, y es aceptar y hacer la voluntad de Dios.

(ii) Es sugestivo descubrir que hay otras perlas, pero sólo una de valor incalculable. Es decir: hay muchas cosas preciosas en este mundo, y muchas en las que se puede encontrar belleza. Se puede encontrar en el conocimiento y en los horizontes de la mente humana, en el arte y en la música y en la literatura y en todos los logros del espíritu humano; se puede encontrar en el servicio de nuestros semejantes, aun cuando ese servicio surja de motivos puramente humanitarios y no puramente cristianos; se puede encontrar en las relaciones humanas. Todas estas cosas son preciosas, pero tienen un valor inferior. La suprema belleza se halla en la aceptación de la voluntad de Dios. Esto no es minimizar las otras cosas; son también perlas; pero la perla suprema es la obediencia voluntaria que nos hace amigos de Dios.

(iii) Encontramos en esta parábola la misma enseñanza que en la anterior, pero con una diferencia. El hombre que estaba labrando el campo no estaba buscando ningún tesoro; se lo encontró casualmente. Pero este hombre estaba buscando buenas perlas: ese era su negocio. Pero no es tan importante el que el descubrimiento sea cosa de un momento de suerte o el resultado de la búsqueda de toda una vida; la reacción es la misma: hay que sacrificarlo todo para obtener en posesión lo que tiene un valor incalculable. Una vez más nos encontramos con la misma verdad: que, ya sea que uno descubre la voluntad de Dios para su vida en el destello instantáneo de un relámpago iluminador, o después de una búsqueda prolongada y concienzuda, vale la pena aceptarla sin dudar a cualquier costo.

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