Jesús narra la parábola de la semilla de mostaza

La Iglesia es la familia de Dios; y en esa Iglesia que empezó en Palestina tan pequeña como un granito de mostaza, hay sitio para todas las naciones del mundo. No hay barreras en la Iglesia de Dios. Los hombres las levantan, pero Dios en Cristo las elimina.

El sabio maestro y el alumno aprovechado

Era con muchas parábolas así como Jesús seguía comunicándoles la Palabra, acomodando Su enseñanza a la capacidad que ellos tenían. Tenía la costumbre de no hablarles sin una parábola; y cuando estaban en privado, les descubría a Sus discípulos lo que quería decir todo.

Aquí tenemos una definición breve pero perfecta tanto del sabio maestro como del alumno sabio. Jesús acomodaba Su enseñanza a la capacidad de Su audiencia. Esa es la primera necesidad de la enseñanza sabia.

Hay dos peligros que un maestro sabio debe evitar a toda costa.

(a) Debe evitar todo exhibicionismo. El deber de un maestro no es llamar la atención, sino dirigir la atención a su tema. El deseo que exhibirse puede hacer que uño intente alucinar a expensas de la verdad. Puede hacerle pensar más en las maneras sorprendentes de decir una cosa que en la cosa misma. O puede hacerle desear desplegar su propia erudición hasta tal punto que se hace tan oscuro y elaborado y rebuscado que las personas normales no le pueden entender en absoluto. No hay ninguna virtud en hablar por encima de las cabezas de la audiencia. Como ha dicho alguien: «El tirar por encima del blanco sólo demuestra que se es mal tirador.» Un buen maestro debe estar enamorado de su asignatura, y de sus alumnos, pero no de sí mismo.

(b) Debe evitar un sentimiento de superioridad. La verdadera enseñanza no consiste en decirle cosas a la gente, sino en aprender juntamente. La idea de Platón era que la enseñanza quería decir sencillamente extraer de la mente y la memoria de los alumnos lo que ya sabían. El maestro que se pone en un pedestal y habla de arriba abajo no tendrá nunca éxito. La verdadera enseñanza consiste en compartir y en descubrir la verdad juntos. Es una exploración en equipo de los paisajes de la mente. Bien lo dijo Antonio Machado:

¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela. Hay ciertas cualidades que siempre debe tratar de adquirir el que desea enseñar.

(a) El maestro debe tener comprensión. Una de las grandes dificultades del experto es comprender por qué el no-experto encuentra una cosa tan difícil de entender o de hacer. Al maestro le es necesario pensar con la mente del alumno, y ver con los ojos del alumno antes de poder realmente explicar o impartir ninguna clase de conocimiento.

(b) El maestro debe tener paciencia. El rabino judío Hillel establecía: «Un hombre irascible no puede ser maestro,» e insistía en que la primera cualidad esencial de un maestro es la tranquilidad.

Los judíos establecían que si un maestro se daba cuenta de que sus alumnos no comprendían una cosa tenía que empezar otra vez desde el principio sin rencor ni irritación, y explicarlo todo de nuevo. Eso era precisamente lo que hacía Jesús siempre.

(c) El maestro debe tener amabilidad. Las reglas de la enseñanza judía prohibían los castigos excesivos, especialmente los que humillaran al estudiante. El deber del maestro era siempre animar, y nunca desanimar. Anna Buchan cuenta que su anciana abuela tenía una frase favorita: «Nunca desanimes a un joven.» Al maestro le es fácil usar el látigo de la lengua con un discípulo de mente saltarina. A menudo es una tentación a apuntarse un tanto haciendo de ese alumno la meta de sarcasmos y agudezas que le convierten en el hazmerreír de la clase. El maestro que es amable nunca lo haría.

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