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Jesús narra la parábola de la moneda perdida

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Jesús les contó también otra parábola: -Si una mujer tiene diez dracmas, y pierde una, ¿verdad que enciende la luz y se pone a barrer la casa y a buscar por todas partes hasta que la encuentra? Y en cuanto la encuentra, junta a todas sus amigas y vecinas, y les dice: «¡Fijaos qué estupendo es lo que me ha pasado! ¡He encontrado la dracma que se me había perdido!» Pues os aseguro que eso es lo que pasa en el Cielo: los ángeles de Dios se ponen jubilosos cuando se arrepiente un pecador. Lucas 15:8-10 

Que se perdiera una moneda en la casa de unos campesinos de Palestina no seria difícil, pero sí encontrarla. Las casas eran oscuras, sin más ventana que una circular de un par de palmos de diámetro. El suelo era de tierra cubierta de paja o cañas; así es que era como buscar una aguja en un pajar. La mujer se puso a barrer con la esperanza de ver brillar la moneda u oírla tintinar.

Hay dos razones por las que la mujer tendría tanto interés en encontrar la moneda:

(i) Puede que fuera sencillamente por necesidad. Era el jornal de un día en Palestina. Los obreros vivían al día. Tal vez el perder aquella moneda desequilibraba la economía familiar, o ponía en peligro la comida del día.

(ii) Puede que fuera por una razón más romántica. El adorno de una mujer casada era una diadema formada por diez moneditas de plata enlazadas con una cadenita de plata. Era el equivalente del anillo de boda, cuyo valor era aún superior al precio.

Se consideraba algo tan personal que no se podía expropiar por deudas. Tal vez se trataba de una de esas monedas, y la mujer la buscaba como buscaría una casada ahora su anillo de boda.

Es fácil imaginar la alegría de la mujer cuando vio relucir la moneda y la pudo apretar cariñosamente entre sus dedos otra vez. Así es Dios, dijo Jesús. El júbilo de Dios y de todos los ángeles cuando vuelve al hogar un pecador es como el de un hogar que recupera el sustento del día, o como el de una mujer que había perdido algo muy personal y valioso, y lo encuentra otra vez.

Ningún fariseo habría soñado que Dios fuera así. Un gran pensador judío ha admitido que esto que Jesús enseñó acerca de Dios es algo completamente nuevo: que Dios busca a los hombres y se alegra cuando vuelven a estar con Él. Los judíos podrían haber llegado a creer que, si uno se humillaba hasta lo último y se postraba ante Dios suplicando misericordia, tal vez se le concediera; pero nunca se les habría ocurrido pensar que Dios buscara amorosa e insistentemente a los pecadores.

Nosotros creemos en este amor de Dios, porque lo vemos encarnado en Jesucristo, el Hijo de Dios, que vino a buscar y a salvar lo que se había perdido (Lucas 19:10).

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