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Jesús muere en la cruz

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Y uno de los ladrones que estaban crucificados, blasfemaba contra Jesús, diciendo: Si eres el Cristo, o Mesías, sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros. Mas el otro le reprendía, diciendo: ¿Cómo, ni aún tú temes a Dios, estando como estamos en el mismo suplicio? Nosotros a la verdad estamos en él justamente, pues pagamos la pena merecida por nuestros delitos; pero este ningún mal ha hecho. Decía después a Jesús: Señor, acuérdate de mí, cuando hayas llegado a tu reino. Y Jesús le dijo: En verdad le digo, que hoy estarás conmigo en el paraí­so. Estaban al mismo tiempo junto a la cruz de Jesús su madre, y la her­mana, o parienta de su madre, María, mujer de Cleofas, y María Mag­dalena. Habiendo mirado, pues, Jesús a su madre y al discípulo que Él amaba, el cual estaba allí, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel punto se encargó de ella el discípulo, y la tuvo consigo en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que todas las cosas estaban a punto de ser cumplidas, para que se cumpliese la Escritura, dijo: Tengo sed. Estaba puesto allí un vaso lleno de vinagre. Los soldados, pues, empa­pando en vinagre una esponja, y envolviéndola a una caña de hisopo, se la aplicaron a la boca. Jesús luego que chupó el vinagre, dijo: Todo esta cumplido. Mas desde el mediodía hasta las tres de la tarde quedó toda la tierra cubierta de tinieblas. Y cerca de las tres de la tarde exclamó Jesús con una gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lamma sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Lo que oyendo algunos de los presentes, decían: A Elías llama este. Y luego, corriendo uno de ellos, tomo una esponja, la empapó en vinagre, y puesta en la punta de una caña, se la daba a chupar. Los otros decían: Dejad, veamos si viene Elías a librarle y a descolgarlo de la cruz. En­tonces Jesús, clamando de nuevo con una voz grande y sonora, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, expiró. Y al momento el sol se oscureció; y el velo del templo se rasgó por medio, en dos partes, de arriba abajo, y la tierra tembló, y se partieron las piedras; y los sepulcros se abrieron, y los cuerpos de muchos san­tos que habían muerto resucitaron, y saliendo de los sepulcros después de la resurrección de Jesús, vinieron a la ciudad santa, y se aparecieron a muchos. Entretanto el centurión, que estaba allí presente, y los que con el esta­ban guardando a Jesús, viendo que había expirado con gran clamor, y visto el terremoto y las cosas que sucedían, se llenaron de gran temor, y glorificaron a Dios diciendo: Verdaderamente era este un hombre justo. Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. Y todo aquel gentío que se hallaba presente a este espectáculo, considerando lo que había pasado, se volvía dándose golpes de pecho. Estaban también allí, a lo lejos, muchas mujeres, que habían seguido a Jesús desde Galilea para cuidarlo, entre las cuales, estaba María Mag­dalena, y María madre de Santiago el menor y de José, y Salomé mu­jer de Zebedeo. Mateo 27: 45-56; Marcos 15: 33-41; Lucas 23: 44-49; Juan 19: 28-37

Conforme hemos estado leyendo la historia de la Crucifixión, todo parece haber estado pasando muy deprisa; pero en realidad las horas iban resbalando. Marcos es el más preciso en relación con el tiempo. Nos dice que Jesús fue crucificado a la hora tercera, es decir, las 9 de la mañana (Marcos 15:25), y que murió a la hora novena, es decir, las 3 de la tarde (Marcos 15:34). Es decir: Jesús estuvo clavado en la Cruz seis horas. Para Él, la agonía fue misericordiosamente breve, porque se daba el caso de que algunos criminales estuvieran colgando de sus cruces varios días hasta que les llegaba la muerte.

En el versículo 46 tenemos lo que tiene que haber sido la frase más alucinante de toda la historia evangélica: El grito de Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué Me has desamparado?» Este es un dicho ante el que debemos postrarnos en reverencia, aunque también debemos tratar de comprenderlo. Ha habido muchos intentos de penetrar en su misterio; solo podemos considerar tres de ellos.

(i) Es extraña la manera en que el Salmo 22 fluye por toda la narración de la Crucifixión; y esta palabra es de hecho el primer versículo de ese salmo. Más tarde dice: «Todos los que Me buscan se burlan de. Mí; tuercen la boca y menean la cabeza, diciendo: «Él apeló al Señor, líbrele El; sálvele, si es verdad que Se deleita en Él»» (Salmo 22:7s). Y todavía más adelante leemos: «Se repartieron entre ellos Mis vestidos, y se jugaron mi ropa a los dados» (Salmo 22:18). El Salmo 22 está entretejido en la misma historia de la Crucifixión. Se ha sugerido que Jesús estaba de hecho repitiendo ese salmo para Sí; y aunque empieza con un grito de abatimiento, acaba remontándose en triunfo: «De Ti viene Mi alabanza en la congregación… porque el dominio pertenece al Señor, y El gobierna sobre las naciones» (Salmo 22:25-31). Así que se sugiere que Jesús estaba repitiendo el Salmo 22 en la Cruz como una descripción de Su situación y como canción de alabanza, sabiendo muy bien que empezaba en las profundidades y acababa en las alturas. Es una sugerencia atractiva; pero un crucificado no recita poesía ni para sus adentros; aunque sea la poesía de un salmo; y además, toda la atmósfera es de tragedia despiadada.

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