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Jesús le restaura la vista a un ciego

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Habiendo llegado a Betsaida, le presentaron un ciego, suplicándole que lo tocase. Y él, cogiéndole por la mano, le sacó fuera de la aldea, y echándole saliva en los ojos, puestas sobre él las manos, le preguntó si veía algo; el ciego, abriendo los ojos, dijo: Veo andar a unos hombres, que me parecen árboles. Le puso por segunda vez las manos sobre los ojos, y empezó a ver mejor; y, finalmente, recobró la vista, de suerte que veía claramente todos los objetos. Con lo que le remitió a su casa, diciendo: Vete a tu casa, y si entras al pueblo, a nadie lo digas. Marcos 8: 22-26

La ceguera era, y es todavía, una de las grandes desgracias en Oriente. La causa en parte la oftalmia, y en parte el deslumbramiento despiadado que produce el sol. Lo agravaba seriamente el hecho de que no se sabía lo suficiente de higiene y de limpieza. Era corriente ver personas con los ojos legañosos y llenos de moscas. Naturalmente, esto hacía que se extendiera la
infección fácilmente, y la ceguera era una verdadera plaga.

Solamente Marcos nos cuenta esta historia; y sin embargo hay en ella ciertas cosas tremendamente interesantes. De nuevo descubrimos lo maravillosamente considerado que era Jesús. Se llevó al ciego de entre la multitud y fuera del pueblo para poder estar a solas con él. ¿Por qué? Piénsalo. Este hombre era ciego, y probablemente había nacido ciego. Si hubiera recibido la vista de pronto, en medio de toda la gente, habrían invadido sus ojos inmediatamente después de abrírsele toda clase de figuras y de colores chillones que le habrían producido un estado de total aturdimiento. Jesús sabía que sería mucho mejor si se le podía llevar a un lugar en el que la sorpresa y la emoción de ver se le presentaran menos repentinamente.

Cualquier gran médico y cualquier gran maestro tiene una característica sobresaliente.

(i)Un gran médico es capaz de introducirse en lo íntimo de la mente y el corazón de su paciente; comprende sus temores y sus esperanzas; literalmente simpatiza -sufre con- él. Un gran maestro penetra en la mentalidad de su alumno. Ve sus problemas, sus dificultades, sus tropezaderos. Por eso Jesús era tan supremamente grande. Podía entrar en la mente y en el corazón de las personas a las que trataba de ayudar. Tenía el don de la consideración porque podía pensar con los pensamientos de ellos y sentir con sus sentimientos. Que Dios nos conceda esa cualidad de Cristo.

(ii) Jesús usaba métodos que el paciente pudiera entender. El mundo antiguo creía en el poder sanador de la saliva. Esa creencia no es tan extraña si tenemos presente que nuestro primer instinto es meternos en la boca o chupar un corte o una quemadura para aliviar el dolor. Por supuesto, el ciego sabría eso, y Jesús usó un método para curarle que él podría entender.

Jesús era sabio. No empezaba con palabras y métodos que no estuvieran al alcance de la mentalidad de la gente sencilla. Les hablaba y actuaba con ellos de manera que sus mentes sencillas pudieran captar y comprender lo que les hacía. Ha habido veces cuando se ha considerado una virtud y una señal de grandeza la ininteligibilidad. Jesús tenía una grandeza superior: la de hacerse comprender por una mente sencilla.

(iii) En una cosa es único este milagro: es el único que se puede decir que se produjo gradualmente. Por lo general, los milagros de Jesús se producían repentina y totalmente. En este milagro, se le dio la vista a un ciego por etapas.

Aquí hay una verdad simbólica. No hay nadie que perciba toda la verdad de Dios de una vez. Uno de los peligros de cierto tipo de evangelismo es que hace suponer que cuando una persona acepta a Cristo ya es cristiana madura. Uno de los peligros de entrar en la membresía de una iglesia es que se puede pensar que cuando una persona se compromete como miembro de iglesia ha llegado al final de su carrera. Lejos de ser ese el caso, la decisión por Cristo y la incorporación como miembro de iglesia son el principio de la carrera cristiana. Son el descubrimiento de las riquezas de Cristo, que son inagotables; y si uno viviera cien años, o mil, o un millón de años, todavía tendría que seguir creciendo en la gracia, y aprendiendo más y más acerca de la maravilla y la belleza infinita de Jesucristo.

Es gloriosamente cierto que una conversión repentina es una posibilidad de la gracia; pero es igualmente cierto que nos tenemos que convertir de nuevo todos los días. Con toda la gracia y la gloria de Dios por delante, uno puede seguir aprendiendo toda la vida, y necesitará la eternidad para conocer como Dios le conoce a él.

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