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Jesús lanza a los demonios a un hato de cerdos

Si de veras queremos saber los detalles de, esta historia tenemos que acudir a Marcos. El relato de Marcos (Marcos 5:1-19) es mucho más largo, y lo que nos da Mateo no es más que un resumen. Esta es una historia de milagro que ha causado mucha discusión, y la discusión se ha centrado en torno a la destrucción del hato de cerdos. Muchos la han encontrado extraña, y han considerado cruel el que Jesús destruyera así una manada de animales. Pero es casi seguro que Jesús no destruyó deliberadamente los cerdos.

Debemos tratar de visualizar lo que sucedió. Los endemoniados estaban chillando y gritando (Marcos 5: 7; Lucas 8:28). Debemos tener presente que estaban totalmente convencidos de que estaban invadidos de demonios. Ahora bien, era una creencia normal y ortodoxa que todos compartían que cuando viniera el Mesías y hubiera un juicio final, los demonios serían destruidos.

Eso es lo que los hombres querían decir cuando le preguntaron a Jesús por qué había venido a atormentarlos antes del tiempo de terminar. Estaban tan convencidos de que estaban poseídos por demonios que nada los podía haber librado de su convicción que no fuera una demostración visible de que los demonios habían salido de ellos.

Había que hacer algo que fuera para ellos una prueba indubitable. Lo más seguro es que sus gritos y chillidos alarmaran el hato de los cerdos, que, en su terror, huyeron en desbandada y se cayeron al lago. El agua era fatal para los demonios. Ante eso, Jesús aprovechó la ocasión que se le presentaba.

«¡Fijaos! -les dijo-›Fijaos en esos cerdos: se han hundido en el fondo del lago, y se han llevado vuestros demonios para siempre.» Jesús sabía que no había otra manera de convencer a esos dos hombres de que estaban definitivamente curados. Si fue así, Jesús no destruyó aposta la manada de cerdos; simplemente usó su estampida para ayudar a aquellos dos pobres pacientes a creer en su curación.

Pero aunque Jesús hubiera causado deliberadamente la destrucción de aquel hato de cerdos, no debería nunca habérsele culpado por ello. Hay tal cosa como pasarse de chinche. T. R. Glover hablaba de las personas que creen que son muy religiosas cuando lo que son es muy fastidiosas.

No podemos comparar el valor de un hato de cerdos con el de dos almas humanas inmortales. No es comente negarse a comer un bocadillo de jamón o chuletas de cerdo para la comida por motivos de conciencia. Nuestra simpatía hacia los cerdos no nos lleva tan lejos como para impedirnos comérnoslos; ¿y vamos a quejarnos de que Jesús devolviera la salud a dos mentes humanas a costa de un hato de cerdos? Esto no quiere decir, ni mucho menos que animemos, o ni siquiera disculpemos la crueldad con los animales. Es sencillamente que debemos conservar en la vida un sentido de la proporción.

La tragedia suprema de esta historia radica en su conclusión. Los que habían estado pastoreando a los cerdos volvieron corriendo al pueblo y dijeron lo que había sucedido; y el resultado fue que los del pueblo le pidieron a Jesús que saliera inmediatamente de su territorio.

Aquí encontramos el peor egoísmo humano. A esa gente no le importaba que dos personas hubieran recuperado la razón; lo único que les importaba era que se habían quedado sin sus cerdos. Eso es lo que sucede muchas veces cuando se dice: « Me importa un pito lo que les pase a los demás, siempre que no sufran mis ganancias y mi comodidad y mi tranquilidad.» Nos podemos alucinar ante la insensibilidad de aquella gente de Gadara, pero debemos tener cuidado de no objetar a que se ayude a otros para no perder nuestros privilegios.

Crece la oposición

Ya hemos visto repetidamente que en el evangelio de Mateo no aparece nada colocado al azar. Todo está planificado y diseñado cuidadosamente.

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