Jesús habla de la pureza interior y condena las tradiciones humanas

En esta sazón, se acercaron a Jesús los fariseos y algunos de los escribas venidos de Jerusalén. Y habiendo observado que algunos de sus discípulos comían con manos inmundas, esto es, sin habérselas lavado, se lo vituperaron. Porque los fariseos, como todos los judíos, nunca comen sin lavarse a menudo las manos, siguiendo la tradición de sus mayores; y si han estado en la plaza, no se ponen a comer sin lavarse primero; y observan otras muchas ceremonias que han recibido por tradición, como las purificaciones o lavatorios de los vasos, de las jarras, de los utensilios de metal, y de los ]echos y ]e dijeron: ¿Por qué motivo tus discípulos traspasan la tradición de ]os antiguos, no lavándose las manos cuando comen? Y e] les respondió: –Y por que vosotros mismos traspasáis el mandamiento de Dios por seguir vuestra tradición? Porque vosotros, dejando el mandamiento de Dios, observáis con escrupulosidad la tradición de los hombres en lavatorios de jarros y de vasos, y en otras muchas cosas semejantes que hacéis. Bellamente destruís el precepto de Dios por observar vuestra tradición. Pues Dios tiene dicho por medio de Moisés: Honra al padre y a la madre asistiéndolos en un todo; y también: Quien maldijere a padre o a madre, sea condenado a muerte sin remedio; mas vosotros, al contrario, decís: Cualquiera que dijere al padre o a la madre: la ofrenda –esto es el don– que yo por mi parte ofreciere a Dios, redundara en bien tuyo, ya no tiene obligación de honrar o asistir, a su padre o a su madre; aboliendo así la palabra de Dios por una tradición inventada por vosotros mismos; y de esta manera hacéis muchas otras cosas. Hipócritas, con razón profetizó de vosotros Isaías, diciendo: Este pueblo me honra con los labios; pero su corazón lejos está de mí. En vano me honran enseñando doctrinas y mandamientos de hombres. Mancha al hombre lo que sale de él y habiendo llamado así al pueblo, les dijo: Escuchadme todos, y atended bien a esto: Nada de fuera que entra por la boca es lo que mancha al hombre. Puede hacerlo inmundo; sino lo que sale, o procede de la boca; eso es lo que le mancha. Si hay quien tenga oídos para oír esto, óigalo y entiéndalo. Entonces, después que se hubo retirado de la gente, arrimándose más sus discípulos, le dijeron: ¿No sabes que los fariseos se han escandalizado de esto que acaban de oír? Mas Jesús respondió: Toda planta que mi Padre celestial no ha plantado, arrancada será de raíz. Dejadlos; ellos son unos ciegos que guían a otros ciegos; y si un ciego se mete a guiar a otro ciego, ambos caen en el hoyo. Aquí Pedro, tomando la palabra le dijo: Explícanos esa parábola. A lo que Jesús respondió: ¿Cómo? –¿También vosotros estáis aún con tan poco conocimiento? Pues ¿no conocéis que todo cuanto entra de fuera en la boca del hombre no es capaz de contaminarle puesto que nada de esto entra en su corazón, sino que va a parar en el vientre, de donde sale y se echa en lugares secretos? Mas lo que sale de la boca, del corazón sale, y eso es lo que mancha al hombre. Porque del corazón es de donde salen los malos pensamientos, los homicidios, adulterios, fornicaciones, los hurtos, las avaricias, las malicias, los fraudes, las deshonestidades, la envidia y mala intención, la blasfemia o maledicencia, la soberbia, la estupidez o la sinrazón. Todos estos vicios proceden del interior, y esos son los que manchan al hombre, y de los que ha de purificarse; mas el comer sin lavarse las manos, eso no le mancha. Mateo 15: 1-20; Marcos 7: 1-23

No es demasiado decir que, por muy difícil y oscuro qué nos parezca este pasaje, es uno de los más importantes de la narración evangélica, y de- constante actualidad para el pueblo de Dios. Representa la colisión frontal entre Jesús y los representantes de la ortodoxia judía. Las frases iniciales ya dejan bien claro que los escribas y fariseos habían venido desde Jerusalén a Galilea para interrogar a Jesús. En esta ocasión no hay por qué suponer que las preguntas fueran malintencionadas.

Los escribas y fariseos no estaban tratando dé enredar a Jesús astutamente; estaban genuinamente alucinados; y en breve van a sentirse genuinamente ofendidos y escandalizados, porque la importancia fundamental de este pasaje es que no se trata tanto de un enfrentamiento entre Jesús y los fariseos a título personal, sino de mucho más: es la colisión entre dos puntos de vista de la religión y de las demandas de Dios.

Y no había posibilidad de llegar a un compromiso, ni siquiera a una tregua entre esos dos tipos de religión. Era inevitable que uno destruyera «al nitro. Aquí pues, insertada en este pasaje, tenemos una de las supremas contenciones religiosas de la Historia. Para entenderla tenemos de tratar de entender el trasfondo de la religión de los escribas y fariseos.

En este pasaje nos, sale al encuentro toda la concepción de lo limpio o puro y lo inmundo o impuro. Debemos tener bien claro que esta idea no tiene nada que ver con la limpieza física o, salvo remotamente, con la higiene. Es un asunto exclusivamente ceremonial. El que alguien estuviera limpio quería decir que estaba en un estado que le permitía participar del culto y acercarse a Dios; y estar inmundo era estar en un estado en que le estaban vedados el culto y el acceso a Dios.

Esta impureza se contraía por el contacto con ciertas personas o cosas. Por ejemplo: una mujer estaba impura si tenía una hemorragia, aunque fuera la normal de la menstruación; permanecía impura durante un tiempo establecido después de dar a luz; todos los cuerpos muertos eran inmundos, y tocarlos suponía contraer la inmundicia. Todos los gentiles eran inmundos.

La impureza era transferible. Era, por decirlo así, infecciosa. Por ejemplo: si un ratón tocaba una vasija, esta quedaba inmunda, y a menos que se lavara y purificara ritualmente, todo lo que se pusiera en ella quedaba inmundo. En consecuencia, todos los que tocaran esa vasija o comieran o bebieran algo que había contenido contraían la inmundicia; y a su vez, todo el que tocara a la persona que había quedado inmunda así, también quedaba inmundo.

Esta no es una, idea exclusivamente judía. También se encuentra en otras religiones. Para un indio de alta casta, todos los que no pertenecen a ella son inmundos; si una de esas personas se convierte al Cristianismo, es aún más seriamente inmunda. Pre-manand nos cuenta lo que le sucedió a él: se hizo cristiano, y su familia le expulsó. A veces volvía a ver a su madre, que estaba tras el dolor por lo que consideraba la apostasía de su hijo, pero que le seguía queriendo entrañablemente: Pre-manand cuenta: «Tan pronto como se enteró mi padre de que yo estaba visitando a mi hermano por el día mientras él estaba en, la oficina, ordenó al portero; campesino Res Ram Rup que no me permitiera ir a la casa.» Ram Rup fue persuadido de que éste relajara la vigilancia: «y mi madre acabó por ganarse al portero Ram Rup, y pude entrar a su presencia. El prejuicio era tan considerable que hasta los domésticos hindúes de la casa no querían fregar los platos en los que me había puesto comida mi madre. Algunas veces mi tía purificaba el lugar y el asiento en que yo había estado rociándolo con agua del Ganges, o con agua mezclada con estiércol de vaca.»

Premanand era inmundo, y todo lo que tocaba se volvía inmundo. Debemos advertir que no se trataba de nada moral. El contacto con ciertas cosas producía la impureza ritual que excluía de la sociedad humana y de la presencia de Dios. Era como si alguna infección especial formara como un aura en torno a ciertas personas o cosas. Podremos entender esto un poco mejor si recordamos que esta idea no ha muerto totalmente tampoco en la civilización occidental, aunque en ella afecta principalmente al revés. Hay todavía algunos que creen que encontrarse un trébol de cuatro hojas, o una herradura, o un gato negro (que para los ingleses es señal de buena suerte, al contrario que para los españoles) traen buena fortuna.

Así que aquí tenemos una idea que considera la religión como algo que consiste en evitar el contacto con ciertas personas y cosas que se tienen por inmundas; y entonces, si se ha producido ese contacto, en tomar las medidas rituales necesarias para librarse de la impureza contraída. Pero debemos investigar esta cuestión todavía más a fondo.

Los alimentos que se ingieren

Las leyes de la pureza y de la impureza tenían un área de aplicación todavía más amplia. Establecían lo que se podía comer y lo que no. Por lo general todas las frutas y las verduras eran limpias. Pero en cuanto a los animales, las leyes eran muy estrictas. Estas leyes se encuentran en Levítico 11. Podemos resumirlas brevemente. Los únicos animales que se podían comer eran los que tienen la pezuña hendida y que rumian. Por eso es por lo que los judíos no pueden comer carne de cerdo, conejo o liebre. Tampoco se puede comer la carne de un animal que haya muerto por causas naturales (Deuteronomio 14:21). En todos los casos hay que desangrar totalmente el cuerpo del animal; los judíos ortodoxos todavía no comprar carne nada más que en las carnicerías koser, donde se vende carne debidamente sacrificada. La grasa ordinaria que haya sobre la carne se puede comer, pero la que hay en los riñones y el abdomen, lo que llamamos sebo, no se puede comer. En cuanto a los animales marinos, solo se pueden comer los que tienen escamas y aletas. Esto excluye todos los mariscos, como las gambas o los cangrejos, que son inmundos. Todos los insectos son inmundos, con la sola excepción de las langostas. En el caso de los animales terrestres y los peces hay una prueba estándar, como hemos visto, para determinar los que se pueden comer y los que no; pero en el caso de las aves no hay una regla general, así es que se da la lista de las inmundas, que están prohibidas (Levítico 11:13-21).

Hay ciertas razones identificables para todo esto.

(i) La prohibición de tocar cadáveres, o de comer la carne de un animal que hubiera muerto por causas naturales puede que tuviera que ver con la creencia en los espíritus malos o inmundos. Sería fácil figurarse que un demonio había hecho su residencia en tal cuerpo para así conseguir introducirse en el cuerpo del que lo comiera.

(ii) Algunos animales eran sagrados en otras religiones; por ejemplo: el gato y el cocodrilo eran sagrados en Egipto, y sería muy natural para los judíos considerar inmundo cualquier animal que otra nación adoraba. En tal caso el animal sería una especie de ídolo, y por tanto peligrosamente inmundo.

(iii) Como indica el doctor Randle Short en su utilísimo libro La Biblia y la medicina moderna, algunas de las reglas eran de hecho sabias desde la óptica de la salud y de la higiene. El Dr. Short escribe: «Cierto que comemos cerdo, conejo y liebre; pero esos animales son propensos a infecciones parasitarias, y son inocuos solo si están bien cocinados. El cerdo come cosas inmundas, y puede albergar dos gusanos, la triquina y la tenia o solitaria, que pueden contagiarse al ser humano. El peligro es mínimo en los países civilizados, pero tiene que haber sido muy grave en la antigua Palestina, por lo que era mejor evitar esas carnes.» La prohibición de comer carne en la que quedara algo de sangre procede del hecho de que la sangre era la vida para el pensamiento judío.

Esta es una idea muy natural, porque, cuando un animal se desangra, se le va también la vida. Y la vida pertenece a Dios, y solo a Él. La misma idea explica la prohibición de comer sebo: porque es la parte más rica de un cuerpo muerto, y debe ofrecerse a Dios en sacrificio. En algunos casos, escasos, el sentido común subyacía bajo las prohibiciones y las leyes alimentarias.

(iv) Queda un gran número de casos en los que las cosas y los animales eran inmundos sencillamente porque lo eran, sin más razón aparente. Los tabúes son inexplicables casi siempre; son muchas veces supersticiones por las que ciertos seres vivos se relacionaron con la buena o con la mala fortuna, con la limpieza o con la inmundicia.

Estas cosas no tendrían gran importancia en sí mismas si no fuera porque, desgraciadamente, habían llegado a ser cuestiones de vida o muerte para los escribas y fariseos. Para ellos servir a Dios, ser religiosos, era observar estas buenas leyes. Veremos el resultado si expresamos este asunto de la siguiente manera: Para la mentalidad de los fariseos, la prohibición de comer carne de conejo o de cerdo era un mandamiento de Dios tan importante como no cometer adulterio; por tanto, era un pecado tan serio comer cerdo o conejo como seducir a, una mujer y practicar una relación sexual ilegal. La religión se había mezclado con toda clase de reglas y normas externas; y, como es mucho más fácil observar éstas y acechar a los que no las cumplen, estas reglas y normas habían llegado a ser la verdadera religión de los judíos ortodoxos.

Maneras de purificar

Ahora entramos en el impacto concreto de todo esto en el pasaje que estamos estudiando. Estaba claro que era imposible evitar toda clase de impureza ceremonial. Una persona podría evitar cosas impuras; pero, ¿cómo podría saber cuando rozaba en la calle a otro que estaba impuro? Además, esto se complicaba por el hecho de que había gentiles en Palestina, y hasta el polvo que pisara el pie de un gentil era impuro.

Para combatir la impureza se desarrolló un complicado sistema de abluciones cada vez más elaboradas. Al principio se tenía el lavamiento de manos al levantarse por la mañana. Luego se desarrolló un sistema elaborado de abluciones que tenían que hacer los sacerdotes en el templo antes de comer la parte del sacrificio que les correspondía por oficio. Más tarde, estas complicadas abluciones se las exigían los más estrictos judíos ortodoxos a sí mismos, y también a todos los que pretendieran ser verdaderamente religiosos.

Edersheim, en La vida y los tiempos de Jesús el Mesías, describe las más elaboradas de esas abluciones. Las jarras de agua se tenían preparadas para su uso antes de las comidas. La cantidad mínima de agua que se debía usar era la cuarta parte de un log, que se definía como la cantidad de agua necesaria para llenar una cáscara de huevo y media. El agua se derramaba primero sobre las dos manos manteniendo las puntas de los dedos hacia arriba,. y tenía que correr hasta la muñeca, desde donde ya se vertía, porque para entonces ya era impura por haber tocado las manos impuras, y si volvía a pasar otra vez por los dedos los contaminaría. El proceso se repetía con las manos en la posición contraria, con las puntas de los dedos hacia abajo; y luego, ya por último, se limpiaba cada mano restregándola con el puño cerrado de la otra. Un judío verdaderamente estricto hacía todo esto, no sólo antes de cada comida, sino también entre cada dos platos.

La pregunta que Le hicieron a Jesús los dirigentes de los judíos ortodoxos era: « ¿Por qué Tus discípulos no cumplen las abluciones que establece nuestra tradición?»

Hablaban de las tradiciones de los ancianos. Para los judíos, la Ley tenía dos secciones. Estaba la Ley escrita, que estaba en la Sagrada Escritura; y estaba la ley oral, que incluía las deducciones, tales como los lavamientos de manos, que los escribas y los expertos habían desarrollado a través de muchas generaciones; y todas estas elaboraciones eran la tradición de los ancianos, y se consideraban tan obligatorias, si no más, como la Ley escrita. De nuevo debemos detenernos a recordar el punto principal: para los judíos ortodoxos todas estas ceremonias rituales eran la religión; era eso, ellos creían, lo que Dios demandaba. Hacer estas cosas era agradar a Dios y ser buenas personas. Para decirlo de otra manera: Todo este asunto de las abluciones rituales se consideraba tan importante y tan vinculante como los Diez Mandamientos. Identificaban la religión con un montón de reglas externas. Era tan importante lavarse las manos de una cierta manera como obedecer el mandamiento: « No codiciarás.»

Quebrantar la ley de Dios para cumplir las leyes humanas

Jesús no contestó directamente la pregunta de los fariseos. Lo que hizo fue tomar un ejemplo del funcionamiento de la ley oral y ceremonial para mostrar que su observancia, lejos de ser obediencia a la Ley de Dios, podía convertirse en la contradicción de esa Ley.

Jesús dice que la Ley de Dios establece que una persona tiene que honrar a su padre y a su madre; y de ahí pasa a decir que si uno dice: «Es un don,» queda libre de la obligación de honrar a su padre y a su madre. Si miramos el pasaje paralelo de Marcos vemos que la frase característica era: « Es korbán.» ¿Qué quiere decir para nosotros este oscuro pasaje? De hecho puede tener dos sentidos, porque korbán tiene dos sentidos.

(i) Korbán puede querer decir lo que se Le ha consagrado a Dios. Ahora bien: supongamos que uno tiene un padre o una madre en pobreza y en necesidad, y supongamos que acuden a él con una petición de ayuda. Había una manera «legal» de evitar dársela. Podía dedicar todo su dinero y sus posesiones a Dios y al templo; sus propiedades serían entonces korbán, dedicadas a Dios; entonces le podía decir a su padre o a su madre: « Lo siento, no te puedo dar nada; todas mis posesiones están consagradas a Dios.» Podía usar una práctica ritual para evadir la obligación fundamental de ayudar y honrar a su padre y a su madre. Podía usar una ley de los escribas para borrar uno de los Diez Mandamientos.

(ii) Pero korbán tenía otro sentido, que es posible que sea el que tenga aquí. Korbán se usaba como fórmula de juramento o compromiso formal. Uno podía decirle a su padre o a su madre: «¡Korbán si algo de lo que yo tengo lo usara alguna vez para ayudarte!» Supongamos que más tarde a esa persona le remuerde la conciencia; supongamos que ha negado la ayuda en un momento de mal genio o de irritación; supongamos que cambia de actitud y se da cuenta de que, después de todo, tiene obligación de ayudar a sus padres. En tal caso, cualquier persona razonable diría que el hombre se había arrepentido genuinamente, y que su cambio de actitud era una buena cosa; y que, puesto que en última instancia estaba dispuesto a hacer lo que debía y obedecer la Ley de Dios, habría que animársele a que lo hiciera. Un escriba estricto diría: « ¡No! Nuestra ley dice que no se debe incumplir ningún juramento.» Citaría Números 30:2: «Cuando alguien haga un voto al Señor, o haga un juramento ligando su alma con alguna obligación, no quebrantará su palabra; hará conforme a todo lo que salió de su boca.» El escriba razonaría jurídicamente: «Has hecho un juramento, y no puedes incumplirlo de ninguna manera.» Es decir: el escriba comprometería al hombre a cumplir un juramento impropio, dado en un momento de pasión, y que obligaba, a quebrantar la Ley suprema de la humanidad y de Dios.

Eso es lo que Jesús quería decir: «Estáis usando vuestras propias interpretaciones y vuestras tradiciones para impulsar a las personas a deshonrar a su padre y a su madre aun cuando ellas mismas se habían arrepentido y habían decidido cumplir la ley de Dios.»

Lo extraño y trágico era que los escribas y fariseos de aquel tiempo iban en contra de lo que habían enseñado los grandes rabinos del pasado. Rabí Eliezer había dicho: «La puerta está abierta para un hombre por causa de su padre y de su madre;» con lo cual quería decir que si un hombre había hecho un juramento que faltaba al honor debido a su padre y a su madre, y se había arrepentido tenía la puerta abierta para cambiar de sentido y seguir un curso diferente aun cuando hubiera hecho un juramento. Como a menudo, Jesús no estaba presentándoles una verdad desconocida, sino recordándoles lo que Dios ya les había dicho, que habían sabido y olvidado porque preferían sus propias ingeniosidades a las grandes sencilleces de la Ley de Dios.

Aquí tenemos el choque y la colisión; aquí está el enfrentamiento entre dos clases de religión y dos clases de adoración. Para los escribas y fariseos la religión era la observancia de ciertas reglas y normas y ritos externos tales como la manera correcta de lavarse las manos antes de comer; era la estricta observancia de un enfoque legalístico de toda la vida. Para Jesús la religión era algo que tiene su asiento en el corazón; algo que se manifestaba en la compasión y en la amabilidad, que están por encima y más allá del legalismo.

Una de las mejores definiciones de la adoración que se hayan propuesto nunca fue la de William Temple: «Adorar a Dios, darle culto; es avivar la conciencia con la santidad de Dios, alimentar la mente con la verdad de Dios, purificar la imaginación con la belleza de Dios, abrir el corazón al amor de Dios, consagrar la voluntad al propósito de Dios.» Debemos tener cuidado, no sea que nos escandalice la aparente ceguera de los escribas y fariseos y su insistencia en las ceremonias exteriores, y al mismo tiempo seamos culpables de la misma falta a nuestra manera. La religión no se puede basar nunca en las ceremonias y en el ritual, sino siempre en la relación personal entre la persona y Dios.

El bien y el mal verdaderos

Jesús indicó a la gente que se Le acercara, se puso a decirles: -Escuchad bien para enteraros: No es lo que entra por la boca lo que contamina a una persona, sino lo que sale por la boca: eso es lo que contamina a una persona. Entonces Sus discípulos se Le acercaron y Le dijeron:

-¿Sabes que cuando los fariseos oyeron lo que decías se dieron por ofendidos? Jesús les contestó: -Todas las plantas que no plantó Mi Padre celestial serán arrancadas. ¡Dejadlos! Son ciegos guías de ciegos. Si un ciego se pone a guiar a otro, los dos acabarán por caerse en alguna zanja. Pedro Le preguntó a Jesús: Dinos lo que quiere decir esa historia negra. Y Jesús les contestó: -¿Es que vosotros tampoco os enteráis todavía? ¿No sabéis que todo lo que entra por la boca pasa al estómago y acaba en el retrete? Pero lo que sale por la boca es lo que procede del corazón, y eso es lo que contamina a la persona. Porque es del corazón de donde salen los malos pensamientos, las obras asesinas, el adulterio, el robo, el falso testimonio, la calumnia. Esas son las cosas que contaminan la persona. El comer con las manos sin lavar no contamina a nadie.

Bien se podría decir que para un judío esto era lo más escandaloso que Jesús dijo nunca. Porque en estas palabras Jesús no sólo condena la religión ritualista y ceremoniosa de los escribas y fariseos, sino que llega a borrar pasajes enteros del libro de Levítico. Aquí no se limita a contradecir la tradición de los ancianos, sino hasta la misma Escritura. Este dicho de Jesús cancela todas las leyes alimentarias del Antiguo Testamento. Posiblemente tales leyes podrían seguir existiendo como cuestiones de salud e higiene y sentido común y medicina general; pero no podrían seguir existiendo más como cuestiones de religión: De una vez para siempre, Jesús establece que lo que importa no son las observaciones rituales de una persona; sino el estado de su corazón: No es extraño que los escribas y fariseos se escandalizaran. Jesús les quitó de debajo de los pies el terreno en que se basaba su religión. La afirmación de Jesús era más que alarmante: era revolucionaria. Si Jesús tenía razón,. toda la religión de ellos estaba equivocada. Identificaban la religión y el hacer la voluntad de Dios con la observancia de leyes y normas acerca de la pureza y la impureza; con lo que se podía comer y lo que no, y con cómo se lavaban las manos antes de las comidas; y Jesús identificaba la religión con el estado del corazón, y decía abiertamente que aquellas reglas de los fariseos y los escribas no tenían nada que ver con la religión. Jesús dijo que los fariseos eran ciegos guías, que no tenían ni la menor idea del camino hacia Dios, y que, si la gente los seguía, lo único que se podía esperar era que se salieran de la carretera y se cayeran en la cuneta. Y Jesús tenía toda la razón.

(i) Si la religión consiste en reglas externas y su cumplimiento, es dos cosas. Es demasiado fácil. Es muchísimo más fácil abstenerse de ciertos alimentos y lavarse las manos de una cierta manera que amar lo inamable y lo desamable, y que ayudar a los necesitados a costa del tiempo y del dinero y de la comodidad y del gusto de uno mismo.

Todavía no hemos aprendido del todo esta lección. El asistir regularmente a la iglesia, echar generosamente en la colecta, ser miembro de un círculo de estudio bíblico son todo cosas externas. Son medios que conducen a la religión, pero no son la religión. Nunca nos podremos recordar a nosotros mismos suficientemente que la religión consiste en una relación personal y en una actitud hacia Dios y nuestros semejantes.

Además, si la religión consistiera en el cumplimiento de normas eternas, sería engañosa. Muchos tienen una vida intachable en cuanto a lo exterior, pero tienen amargura y los peores pensamientos en su interior. La enseñanza de Jesús es que todas las observancias externas del mundo no pueden expiar la amargura y el orgullo y la codicia que dominan el corazón.

(ii) La enseñanza de Jesús es que lo que más importa de una persona es el corazón.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque serán los que vean a Dios» (Mateo 5:88). Lo que importa en relación con Dios es no es tanto cómo actuamos como por qué actuamos; no tanto lo que hacemos sino lo que querríamos hacer en lo íntimo de nuestro corazón. » El hombre -decía Tomás de Aquino- mira la acción, pero Dios mira la intención.»

La enseñanza de Jesús –que nos condena a cada uno de nosotros- es que ninguno se puede considerar bueno porque cumpla las reglas y normas externas, sino sólo cuando su corazón sea limpio. Ese mismo hecho le pone fin al orgullo; y la razón por la que cala uno de nosotros lo único que puede decir es » Dios, ten misericordia de este pecador que soy yo.»

La diferencia que había entre Jesús y los fariseos y los maestros de la Ley, y la discusión que tuvo con ellos y que se relata en este capítulo tienen una importancia tremenda, porque nos muestran la esencia misma y la raíz de la divergencia entre Jesús y los judíos ortodoxos de Su tiempo.

La pregunta que se hizo fue: ¿Por qué Jesús y Sus discípulos no cumplían la tradición de los antepasados? ¿Cuál era esta tradición, y cuál su espíritu motor?

Originalmente, la Ley quería decir dos cosas para los judíos. Quería decir, como lo primero y lo más importante, los Diez Mandamientos; y en segundo lugar, los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, que los judíos llaman la Torá y nosotros el Pentateuco. Ahora bien, es verdad que el Pentateuco contiene un cierto número de reglas y normas puntuales; pero, en relación con las cuestiones morales, lo que propone es una serie de grandes principios morales que cada uno debe interpretar y aplicar por sí mismo. Por algún tiempo, los judíos tuvieron bastante con esto; pero en los siglos V y IV antes de Cristo surgió una clase de expertos legales que conocemos como los escribas, que no se conformaban con grandes principios morales; padecían de lo que podríamos llamar «la manía de las definiciones.» Querían ampliar, desmenuzar y concretar estos grandes principios en miles y miles de reglas y normas que gobernaran todas las posibles acciones y situaciones de la vida.

Estas reglas y normas no se escribieron hasta bastante después del tiempo de Jesús. Son lo que se llama la ley oral, o, como se la llama aquí, la tradición de los antepasados.

La palabra antepasados no quiere decir en este contexto los jefes de la sinagoga, sino los antiguos, los grandes expertos legales del pasado como Hilllel y Shammay. Mucho más tarde, en el siglo III d.C., se hizo y se escribió un resumen de todas estas reglas y normas, que es lo que se llama la Misná.

Hay dos aspectos de estas reglas y normas que aparecen en la confrontación de este pasaje. Uno es acerca del lavatorio de manos. Los escribas y los fariseos acusaron a los discípulos de Jesús de comer con las manos sucias. La palabra que se usa en el original es koinós. Normalmente koinós quiere decir común; de ahí pasa a describir algo que es ordinario en el sentido de que no es sagrado, algo que es profano como opuesto a las cosas santas; y finalmente describe algo, como sucede aquí, que es ceremonialmente impuro e inhábil para el servicio y culto de Dios.

Había reglas establecidas rígidamente para el lavamiento de las manos. Nótese que no era una cuestión de higiene, sino de la limpieza ceremonial de la que se trataba. Antes de cada comida, y entre los distintos platos, había que lavarse las manos, y de cierta manera. Las manos, al empezar, no tenían que tener nada de tierra, polvo o sustancias con las que se hubiera estado trabajando. El agua para las abluciones tenía que guardarse en cántaros especiales de piedra para que estuviera limpia en el sentido ceremonial y fuera seguro que no se usaba para otro fin, y que no se había caído nada dentro de ella ni tenía ninguna mezcla. Primero, tenían que ponerse las manos con la punta de los dedos hacia arriba; se echaba el agua sobre la punta de los dedos para que corriera por lo menos hasta la muñeca; la cantidad mínima de agua debía ser un cuarto de log, que equivalía al contenido de la cáscara de un huevo y medio. Con las manos todavía mojadas, se limpiaba cada una con el puño de la otra. A eso se refiere la mención del puño en nuestro texto; se restregaba el puño de cada mano en la palma y el revés de la otra. Esto quiere decir que en esa etapa las manos estaban todavía mojadas, pero esa agua estaba contaminada, porque había tocado las manos contaminadas. Así es que después se tenían que poner las manos con la punta de los dedos hacia abajo, y verter el agua de manera que bajara desde la muñeca hasta la punta de los dedos. Después de todo ese proceso, las manos quedaban puras.

El dejar de hacer todo esto era, a los ojos de los judíos, no una falta de higiene, sino estar en estado de impureza a los ojos de Dios. El que comía con las manos impuras estaba sujeto a los ataques de un demonio que se llamaba Sibta. El descuidar el lavatorio de manos era exponerse a la pobreza y a la destrucción. Lo que se comía con las manos impuras era tan inmundo como el excremento. Un rabino que omitió una vez la ceremonia del lavatorio fue enterrado excomulgado. Otro rabino, preso de los romanos, usaba el agua que le daban para lavarse ritualmente antes que para beber, y casi se murió de deshidratación, porque estaba decidido a cumplir las reglas de la pureza antes que a satisfacer la sed.

Para un judío ortodoxo a la manera de los fariseos y los escribas, eso era la religión. Eran esas reglas rituales y ceremoniales las que consideraban que eran la esencia del servicio a Dios. La religión ética se enterraba bajo una masa de tabúes.

Los últimos versículos del pasaje amplían este concepto de pureza e impureza. Una cosa podía ser totalmente limpia en el sentido ordinario, y sin embargo ser ceremonialmente inmunda. Tenemos algo acerca de esta concepción de la impureza en Levítico 11-15 y en Números 19. Ahora diríamos más bien que había cosas que eran tabú más bien que inmundas. Algunos animales eran inmundos (Levítico 11). Una mujer quedaba impura después del parto; un leproso era inmundo; cualquiera que tocara un cadáver, quedaba impuro. Y cualquiera que hubiera contraído la impureza ritual se la pasaba a todo lo que tocara. Un gentil era impuro; la comida tocada por un gentil era inmunda; cualquier recipiente que tocara un gentil, quedaba impuro. Así que, cuando un judío estricto volvía del mercado, se bañaba de cuerpo entero en agua pura para librarse de las contaminaciones que hubiera podido adquirir.

Está claro que las vasijas podían contaminarse fácilmente; podía tocarlas una persona en estado de impureza, o cualquier cosa inmunda. Esto es lo que quiere decir nuestro pasaje con los lavatorios de tazas y jarras y vasijas de bronce. En la Misná hay no menos de doce tratados sobre esta clase de impureza. Si tomamos algunos ejemplos concretos veremos hasta dónde llegaba la cosa. Una vasija hueca hecha de arcilla podía contraer la impureza dentro, pero no fuera; es decir: no importaba quién o qué la tocara por fuera, pero sí por dentro. Si se volvía inmunda, había que romperla; y no se debía dejar ningún trozo suficientemente grande para contener bastante aceite para ungir el dedo pequeño del pie. Un plato llano sin reborde no podía estar inmundo nunca; pero si tenía reborde, sí.

Si los recipientes de cuero, hueso o cristal eran planos no podían contraer impureza; pero si eran huecos podían contraerla por fuera y por dentro. Si estaban inmundos, había que romperlos haciéndoles un agujero suficientemente grande para que pasara una granada mediana. Para quitar la impureza, las vasijas de arcilla se tenían que romper; otros cacharros se podían sumergir, cocer o purificar con fuego -en el caso de los cacharros de metal- y luego rasparlos. Una mesa de tres patas podía contaminarse.

Si perdía una o dos patas, ya no. Si perdía tres patas, sí, porque entonces era un tablero, y un tablero podía estar inmundo. Las cosas de metal podían estar inmundas, excepto una puerta, un cerrojo, una cerradura, una bisagra, un picaporte y un canalón. La madera que estuviera en utensilios de metal podía contaminarse; pero el metal que estaba en utensilios de madera, no. Así que una llave de madera con los dientes de metal podía estar impura; pero una llave de metal con los dientes de madera, no.

Nos hemos tomado algún tiempo con estas leyes de los escribas o la tradición de los antepasados porque con esto era con lo que Jesús se enfrentaba. Para los escribas y los fariseos estas reglas y normas eran la esencia de la religión. El cumplirlas era agradar a Dios; el quebrantarlas era pecado. Esa era la idea que tenían de la bondad y del servicio a Dios. En el sentido religioso, Jesús y esas personas hablaban lenguas diferentes. Fue precisamente porque Él no concedía ninguna importancia a todas esas reglas por lo que Le consideraban un mal hombre. Hay aquí una escisión fundamental entre la persona que ve la religión como ritual, ceremonial, reglas y normas, y la persona que considera la religión como amar a Dios y a sus semejantes.

El pasaje siguiente desarrollará este punto; pero está claro que la idea que tenía Jesús de la religión y la que tenían los escribas y los fariseos no tenían nada en común.

Las Leyes de Dios y Las reglas de los hombres

Así es que los fariseos y los maestros de la Ley Le preguntaron a Jesús: -¿Por qué tus discípulos no se comportan de acuerdo con la tradición de los antepasados, sino que comen con las manos inmundas?

Jesús les contestó: Hizo bien Isaías en profetizar acerca de vosotros, hipócritas, como está escrito: «Este pueblo Me honra de labios para fuera, pero su corazón no puede estar más lejos de Mí. Esto que los hombres llaman reverencia es un cosa huera, porque la doctrina que enseñan no son más que reglas y normas humanas. » Con tanto mantener la tradición de los hombres abandonáis el mandamiento de Dios.

Los escribas y los fariseos se fijaron en que los discípulos de Jesús no cumplían la casuística de la tradición y el código de la ley oral en relación con el lavatorio de manos antes de y durante las comidas, y Le preguntaron a Jesús por qué. Jesús empezó por citarles un pasaje de Isaías 29:13, en el que Isaías acusaba a sus contemporáneos de honrar a Dios con sus labios mientras que sus corazones estaban realmente muy lejos de Él. En principio Jesús acusaba a los escribas y fariseos de dos cosas.

(i) Los acusaba de hipocresía. La palabra hypocrités tiene una historia interesante y reveladora. Empezó por querer decir sencillamente el que contesta; luego pasó a significar el que contesta en un diálogo o conversación preparada de antemano, es decir, un actor de teatro. Y por último llegó a querer decir, no simplemente el que actúa en el teatro, sino aquel cuya vida entera es una pura farsa sin ninguna sinceridad personal.

Cualquiera para quien la religión es una cuestión legal; cualquiera para quien la religión quiere decir cumplir determinadas leyes y normas externas; cualquiera para quien la religión depende exclusivamente del cumplimiento de ciertos ritos y de mantener cierto número de tabúes, a fin de cuentas está abocado a ser, en este sentido, un hipócrita. La razón es la siguiente: cree que es una buena persona si cumple con las prácticas correctas independientemente de cómo sean su corazón y sus pensamientos.

Aplicando esto a los judíos legalistas de tiempos de Jesús, podían odiar a sus semejantes con todo su corazón, podían estar llenos de envidia y de celos y de amargura y de rencor y de orgullo ocultos; eso no tenía importancia siempre que realizaran los lavatorios correctos y observaran las leyes precisas acerca de la limpieza y la impureza. El legalismo tiene en cuenta las acciones externas de una persona, pero no sus sentimientos interiores. Se puede estar sirviendo meticulosamente a Dios en cosas externas, y sin embargo desobedeciéndole en las internas. Eso es la Hipocresía.

Un musulmán devoto debe rezar cierto número de veces al día. Para hacerlo correctamente lleva su esterilla de oración; donde se encuentre en el momento preciso, desenrolla la esterilla, se pone de rodillas, hace sus rezos y sigue su camino. Hay una historia de un musulmán que iba persiguiendo a un hombre con un puñal en alto para matarle. Precisamente entonces se oyó la llamada a la oración. El hombre se detuvo inmediatamente, desenrolló su esterilla, se arrodilló, hizo sus rezos tan deprisa como pudo, se levantó y continuó su persecución asesina. La oración era simplemente un ritual, una observancia externa, el interludio en una carrera de crimen. No hay mayor peligro para la religión que el confundirla con la observancia externa. No hay error más corriente en religión que el de identificar la bondad con ciertos actos que se consideran religiosos. El ir a la iglesia, el leer la Biblia, ofrendar regularmente en las colectas, hasta la oración regular no hacen que nadie sea una buena persona. La cuestión fundamental es cómo está el corazón de la persona en relación con Dios y con sus semejantes. Y si tiene enemistad, amargura, resentimiento, orgullo, todas las observancias religiosas externas del mundo no le convierten nada más que en un farsante, en un hipócrita.

(ii) La segunda acusación que Jesús hizo implícitamente contra aquellos legalistas era que sustituían las leyes de Dios por normas inventadas por los hombres. Para su dirección en la vida no dependían de escuchar a Dios, sino de escuchar las discusiones y debates, la casuística, las ingeniosas interpretaciones de los expertos legales. La casuística nunca puede ser la base de la verdadera religión, que no puede ser nunca el producto de la mente humana. Tiene siempre que venir, no de los ingeniosos descubrimientos de las personas, sino de escuchar y seguir sencilla y humildemente la voz de Dios.

Una regla inicua

Jesús les dijo a los escribas y fariseos: – ¡Hacéis maravillas anulando el mandamiento de Dios para cumplir con vuestra tradición! Porque lo que dijo Moisés fue: » Honra a tu padre y a tu madre. » Y también: «El que hable mal de su padre o de su madre, que lo pague con la vida. » Pero lo que decís vosotros es que, si uno le dice a su padre o a su madre: «Lo que te podría haber dado para ayudarte es Korbán» -que quiere decir consagrado a Dios-, ya no le dejáis hacer nada por su padre o por su madre, y de esa manera anuláis la Palabra de Dios con la tradición que seguís. Y hacéis otras muchas cosas por el estilo.

El sentido exacto de este pasaje es difícil de descubrir. Gira en tomo a la palabra korbán, que parece haber pasado por varias etapas en la evolución de su significado.

(i) En un principio quería decir don, regalo, y se usaba para describir algo que se dedicaba especialmente a Dios. Una cosa que era korbán estaba como si ya se hubiera colocado sobre el altar; es decir, totalmente aparte de todos los usos ordinarios, y era propiedad de Dios. Si una persona quería dedicar parte de su dinero o propiedades a Dios declaraba que aquello era korbán, y desde aquel momento ya no se podía usar para nada ordinario o secular.

Parece que, aun en esta etapa, esta palabra se podía usar con mucha astucia. Por ejemplo: Un acreedor que tuviera un deudor moroso podía decirle: » Lo que me debes es korbán» -es decir: tu deuda está dedicada a Dios. A partir de aquel momento, el deudor dejaba de estar en deuda con un semejante y pasaba a estarlo con Dios, lo cual era mucho más serio. Puede ser que el acreedor pudiera cumplir su parte del asunto pagando una cantidad simbólica al templo y guardándose el resto para sí. En cualquier caso, el introducir la idea de korbán en esta clase de transacciones era una especie de chantaje religioso que convertía una deuda que se tenía con un hombre en una deuda que se tenía con Dios.

No parece que la idea de korbán fuera todavía capaz de un uso abusivo. Si se trataba de eso, el pasaje habla de una persona que declaraba que su propiedad era korbán, consagrada a Dios, y por tanto, cuando su padre o su madre estaban en necesidad perentoria y acudían a su hijo para pedirle ayuda, este podía decirles: «Siento mucho no poder darte ninguna ayuda, porque todo lo que pudiera poner a vuestra disposición está dedicado a Dios.» El voto se hacía como una excusa para no ayudar a los padres necesitados. El voto en el que insistía el religioso legalista implicaba quebrantar uno de los diez mandamientos de Dios, que son la Ley de Dios. Además, ya se comprende que esta podía ser una mentira de la peor especie, ya que se faltaba a la Ley de Dios pretendiendo una piedad dudosa que ni siquiera se cumplía.

(ii) Llegó un tiempo en que korbán se convirtió en un juramento mucho más amplio. Cuando una persona declaraba que algo era korbán es que lo ponía totalmente fuera del alcance de la persona con la que estuviera hablando. Uno podía decir: » ¡Korbán es todo lo tuyo que me pudiera ser de provecho! » -, y al hacerlo así juramentaba a la otra persona para que no pudiera ni tocar ni gustar ni usar nada que poseyera. O podía decir » Korbán sea cualquier cosa que yo tenga de la que tú te podrías aprovechar,» y al decirlo, se juramentaba a no ayudar ni beneficiar al otro con nada suyo. Si es eso lo que se quiere decir aquí, el pasaje quiere decir que, en algún momento, tal vez bajo los efectos de la ira o de la rebeldía, una persona podría decirles a sus padres: «Korbán es todo lo que podría dar para ayudaros.» Y desde ese momento, aunque se arrepintiera de su juramento precipitado, los legalistas escribas declaraban que aquello era inquebrantable, y que ya nunca podría dar a sus padres ninguna ayuda.

En cualquiera de estos casos -y no nos es posible saber de cuál se trata aquí-, de una cosa sí podemos estar seguros: Que había casos es que el estricto cumplimiento de la ley de los escribas hacía imposible el que una persona cumpliera la ley de los Diez Mandamientos.

Jesús estaba atacando un sistema que ponía las reglas y normas por encima de la llamada de la necesidad humana. El mandamiento de Dios era que la llamada del amor humano tenía prioridad. El mandamiento de los escribas era que la llamada de las reglas y normas legales debía ocupar el primer lugar. Jesús estaba totalmente seguro de que cualquier reglamento que le impidiera a una persona ayudar al necesitado no era ni más ni menos que una contradicción de la Ley de Dios.

Debemos tener cuidado de no dejar nunca que las reglas bloqueen las llamadas del amor. Nada que nos impida ayudar a un semejante en necesidad puede ser nunca una regla que Dios apruebe.

La verdadera contaminación

Jesús llamó otra vez a Sí a la multitud y les dijo: -Prestadme atención todos vosotros, y enteraos bien. No hay nada que entre en una persona desde fuera que la pueda contaminar; son las cosas que salen del interior de la persona las que la hacen inmunda.

Cuando llegó a la casa, ya sin la gente, Sus discípulos Le preguntaron acerca de ese dicho tan difícil, y Jesús les dijo: Entonces, ¿es que vosotros también sois incapaces de captar las cosas? ¿No comprendéis que todo lo que entra en el cuerpo desde fuera no lo puede contaminar, porque no penetra en el corazón, sino en el estómago, y de ahí lo evacua el cuerpo por el proceso natural? -(El sentido de este dicho es que todos los alimentos son limpios). Pero Él siguió diciendo- : Lo que sale del interior de la persona, eso es lo que hace inmunda a una persona. Es del interior, del corazón, de donde salen las malas intenciones, los deseos sexuales incontrolados, los hurtos, los asesinatos, los adulterios, las ansias codiciosas, las malas acciones, la astucia, la maldad desmadrada, la envidia, la calumnia, el orgullo, la locura; todas estas cosas malas vienen del interior, y son las que hacen inmunda a una persona.

Aunque no nos lo parezca, este pasaje, cuando se dijo por primera vez, debió de ser casi el más revolucionario del Nuevo Testamento. Jesús había estado discutiendo con los expertos legales acerca de diversos aspectos de la ley tradicional. Había mostrado la irrelevancia de los lavatorios elaborados. Había mostrado que la adherencia rígida a la ley tradicional podía conducir realmente a la desobediencia a la Ley de Dios. Pero aquí dice algo aún más alucinante. Declara que nada que entre en el cuerpo desde el exterior puede contaminarla, porque el cuerpo tiene un proceso natural y normal para deshacerse de ello.

Ningún judío creyó eso nunca, ni hasta nuestros días. Levítico 11 tiene una larga lista de animales que son inmundos, y por tanto no se pueden comer. Hasta qué punto esto se tomaba en serio se puede ver en muchos de los incidentes de los tiempos de los Macabeos. En aquel tiempo, en rey sirio Antíoco Epífanes estaba decidido a erradicar la fe judía. Una de las cosas que les exigía a los judíos era que comieran cerdo; pero ellos estaban dispuestos a morir a centenares antes que hacer eso. «Sin embargo, muchos de Israel estaban plenamente decididos y firmes en sí mismos a no comer ninguna cosa inmunda. Por tanto, elegían antes morir que contaminarse con comidas, para no quebrantar el pacto santo; así es que morían» (1 Macabeos 1: 62s). Macabeos 7 cuenta la historia de una viuda y sus siete hijos. Se les exigió que comieran carne de cerdo. Ellos se negaron. Al primero, le arrancaron la lengua, le cortaron los extremos de sus miembros, y luego le asaron vivo en una gran caldera; al segundo, le arrancaron el pelo y el cuero cabelludo; así los torturaron a todos uno tras otro hasta la muerte mientras su anciana madre los miraba y los animaba a ser fieles. Murieron antes que comer una carne que era para ellos inmunda.

En ese contexto Jesús hizo esta afirmación revolucionaria de que nada que entre en el cuerpo de una persona puede hacerla inmunda. Estaba borrando con un solo gesto las leyes por las que los judíos habían sufrido y dado la vida. No nos sorprende que los discípulos estuvieran alucinados.

En realidad, Jesús estaba diciendo que las cosas no pueden ser limpias o inmundas en un sentido religioso. Solamente lo pueden ser las personas; y lo que contamina a una persona son sus propias acciones, que son el producto de su propio corazón.

Esto era una nueva doctrina, y de lo más sorprendente. Los judíos tenían, y todavía tienen, todo un sistema de cosas que son limpias o inmundas. Con un pronunciamiento definitivo, Jesús declaró toda la cuestión irrelevante, y que la inmundicia no tenía nada que ver con lo que una persona comiera, sino con todo lo que le saliera del corazón.

Veamos las cosas que Jesús lista que proceden del corazón humano y hacen inmundas a las personas. Empieza por las malas intenciones (dialoguismoi). Cualquier pecado externo procede de una decisión interior; por tanto, Jesús empieza por los malos pensamientos de los que se deriva toda mala acción. Luego vienen los deseos sexuales incontrolados (porneíai); a continuación incluye en la lista acciones adulteras (moijeíai); pero la primera palabra es la más general, y quiere decir cualquier clase de tráfico en el vicio sexual. Siguen los robos (klopai). En griego hay dos palabras para ladrón -kléptés y léstés. Léstés es un bandolero; Barrabás era un léstés (Juan 18:40), y un bandolero puede ser muy valiente, aunque esté fuera de la ley. Kléptés es un ladrón; Judas era un kléptés, que sisaba de la caja (Juan 12:6). Un kléptés es un ratero vulgar, engañoso, cobarde, sin ni siquiera la cualidad positiva del bandolero audaz de las viejas historias. Los asesinatos (fono¡) y los adulterios vienen a continuación, y su significado está claro.

Luego vienen las ansias (pleonexíai). Pleonexía viene de dos palabras griegas que quieren decir tener más. Se ha definido como un deseo maldito de poseer. También como «el espíritu que se apropia de lo que no tiene ningún derecho a poseer,» «la funesta hambre de lo que pertenece a otros.» Es el espíritu que arrebata cosas, no para atesorarlas como un avaro, sino para gastarlas en lujos y excesos desmedidos. Cowley lo definía como « un apetito voraz de ganancias, no por sí mismas, sino por el placer de malgastarlas inmediatamente por vías de lujo y orgullo.» No es meramente el deseo de dinero o de cosas; incluye también el de poder, la insaciable codicia de la naturaleza humana caída. Platón decía: « El deseo de una persona es como una criba o un recipiente con un agujero, que no se puede llenar nunca por mucho que se intente.» Pleonexía es la codicia de poseer que tiene en el corazón el que busca la felicidad en las cosas en vez de en Dios.

Siguen las malas acciones. En griego hay dos palabras para malo: kakós, que describe una cosa que es mala en sí, y ponérós, que describe a una persona o cosa que es activamente mala. Ponéríai es la palabra que se usa aquí. El hombre que es ponérós es aquel en cuyo corazón hay un deseo de dañar. Está, como decía Bengel, » entrenado en toda clase de crimen, y totalmente equipado para infligir mal a cualquier otra persona.» Jeremy Taylor definía esta ponéría como «aptitud para jugar malas pasadas, para deleitarse en desgracias y tragedias; complacencia en causar problemas y en complicar la vida. Irritación, perversidad y retorcimiento en nuestras relaciones.» Ponéría no solamente corrompe al que la practica, sino también a los demás. Ponérós -el Maligno- es el título de Satanás. El peor de los hombres, el que hace la obra de Satanás, es el que, siendo malo en sí mismo, hace a otros tan malos como él.

A continuación viene dolos, que traducimos como la astucia. Viene de una palabra que quiere decir el cebo; se usa con astucia y engaño; por ejemplo, en una ratonera. Cuando los griegos estaban sitiando Troya, no pudiendo ganar una entrada, les enviaron a los troyanos el regalo de un gran caballo de madera como señal de buena voluntad. Los troyanos abrieron sus puertas y lo metieron dentro; pero el caballo estaba lleno de griegos, que salieron por la noche y sembraron la muerte y la destrucción en Troya. Eso es exactamente dolos. Es una traición inteligente, astuta y engañosa.

 Lo siguiente en la lista es la maldad desmadrada (asélgueia). Los griegos definían asélgueia como « la actitud del alma que rechaza toda disciplina,» como « el espíritu que no acepta restricciones, que lo arriesga todo para conseguir su capricho e insolencia desmadrada.» La gran característica de la persona que es culpable de asélgueia es que ha perdido todo sentido de vergüenza y decencia. Uno que es malo puede que oculte su pecado; pero el que tiene asélgueia peca sin remordimientos y no vacila en escandalizar a sus semejantes. Jezabel fue el ejemplo clásico de asélgueia cuando construyó un altar pagano en la santa ciudad de Jerusalén.

La envidia se traduciría literalmente por el mal ojo, el ojo que mira el éxito y la felicidad de otro como si quisiera echarle una maldición si pudiera. La palabra siguiente es blasfemia. Cuando se usa en relación con las personas quiere decir calumnia; cuando se usa en relación con Dios es la blasfemia. Quiere decir insultar a las personas o a Dios.

Sigue en la lista el orgullo (hyperéfanía). La palabra griega quiere decir literalmente «ponerse uno por encima de los demás.» Describe la actitud de la persona «que siente desprecio hacia todo lo que no sea ella misma.» Lo interesante de esta palabra como la usaban los griegos es que describe una actitud que puede que nunca se manifieste públicamente. Puede que en lo más íntimo de su corazón uno se esté siempre comparando con los demás. Podría ser que se presentara hipócritamente humilde, y sin embargo fuera orgulloso de corazón. Algunas veces, por supuesto, el orgullo es autoevidente. Los griegos tenían una leyenda sobre este orgullo. Decían que los gigantes, los hijos de Tártaro y de Gué, trataron en su orgullo de asaltar el Cielo, pero Hércules los echó otra vez abajo. Eso es hyperéfanía. Es ponerse contra Dios; es «invadir las prerrogativas de Dios.» Eso es lo que se ha llamado « el Everest de todos los vicios,» y por lo que «Dios resiste a los soberbios» (Santiago 4:6).

Por último viene la locura (afrosyné). No quiere decir la necedad debida a la falta de sensatez o de cabeza, sino la locura moral. Describe, no al que es un estúpido insensato, sino al que se hace el tonto para salirse con la suya.

Es una lista verdaderamente terrible de las cosas que salen del corazón humano la que nos presenta Jesús. Cuando la examinamos, sentimos un escalofrío. Sin embargo, es un desafío, no a evitar tales cosas por vergüenza, sino a examinar honradamente nuestros corazones.

Ayúdanos a continuar Sembrando La Palabra de Dios

WebDedicado ha sido autorizado a recaudar las donaciones para continuar con La gran Comisión.


Deja el primer comentario