Jesús habla de la pureza interior y condena las tradiciones humanas

Las Leyes de Dios y Las reglas de los hombres

Así es que los fariseos y los maestros de la Ley Le preguntaron a Jesús: -¿Por qué tus discípulos no se comportan de acuerdo con la tradición de los antepasados, sino que comen con las manos inmundas?

Jesús les contestó: Hizo bien Isaías en profetizar acerca de vosotros, hipócritas, como está escrito: «Este pueblo Me honra de labios para fuera, pero su corazón no puede estar más lejos de Mí. Esto que los hombres llaman reverencia es un cosa huera, porque la doctrina que enseñan no son más que reglas y normas humanas. » Con tanto mantener la tradición de los hombres abandonáis el mandamiento de Dios.

Los escribas y los fariseos se fijaron en que los discípulos de Jesús no cumplían la casuística de la tradición y el código de la ley oral en relación con el lavatorio de manos antes de y durante las comidas, y Le preguntaron a Jesús por qué. Jesús empezó por citarles un pasaje de Isaías 29:13, en el que Isaías acusaba a sus contemporáneos de honrar a Dios con sus labios mientras que sus corazones estaban realmente muy lejos de Él. En principio Jesús acusaba a los escribas y fariseos de dos cosas.

(i) Los acusaba de hipocresía. La palabra hypocrités tiene una historia interesante y reveladora. Empezó por querer decir sencillamente el que contesta; luego pasó a significar el que contesta en un diálogo o conversación preparada de antemano, es decir, un actor de teatro. Y por último llegó a querer decir, no simplemente el que actúa en el teatro, sino aquel cuya vida entera es una pura farsa sin ninguna sinceridad personal.

Cualquiera para quien la religión es una cuestión legal; cualquiera para quien la religión quiere decir cumplir determinadas leyes y normas externas; cualquiera para quien la religión depende exclusivamente del cumplimiento de ciertos ritos y de mantener cierto número de tabúes, a fin de cuentas está abocado a ser, en este sentido, un hipócrita. La razón es la siguiente: cree que es una buena persona si cumple con las prácticas correctas independientemente de cómo sean su corazón y sus pensamientos.

Aplicando esto a los judíos legalistas de tiempos de Jesús, podían odiar a sus semejantes con todo su corazón, podían estar llenos de envidia y de celos y de amargura y de rencor y de orgullo ocultos; eso no tenía importancia siempre que realizaran los lavatorios correctos y observaran las leyes precisas acerca de la limpieza y la impureza. El legalismo tiene en cuenta las acciones externas de una persona, pero no sus sentimientos interiores. Se puede estar sirviendo meticulosamente a Dios en cosas externas, y sin embargo desobedeciéndole en las internas. Eso es la Hipocresía.

Un musulmán devoto debe rezar cierto número de veces al día. Para hacerlo correctamente lleva su esterilla de oración; donde se encuentre en el momento preciso, desenrolla la esterilla, se pone de rodillas, hace sus rezos y sigue su camino. Hay una historia de un musulmán que iba persiguiendo a un hombre con un puñal en alto para matarle. Precisamente entonces se oyó la llamada a la oración. El hombre se detuvo inmediatamente, desenrolló su esterilla, se arrodilló, hizo sus rezos tan deprisa como pudo, se levantó y continuó su persecución asesina. La oración era simplemente un ritual, una observancia externa, el interludio en una carrera de crimen. No hay mayor peligro para la religión que el confundirla con la observancia externa. No hay error más corriente en religión que el de identificar la bondad con ciertos actos que se consideran religiosos. El ir a la iglesia, el leer la Biblia, ofrendar regularmente en las colectas, hasta la oración regular no hacen que nadie sea una buena persona. La cuestión fundamental es cómo está el corazón de la persona en relación con Dios y con sus semejantes. Y si tiene enemistad, amargura, resentimiento, orgullo, todas las observancias religiosas externas del mundo no le convierten nada más que en un farsante, en un hipócrita.

(ii) La segunda acusación que Jesús hizo implícitamente contra aquellos legalistas era que sustituían las leyes de Dios por normas inventadas por los hombres. Para su dirección en la vida no dependían de escuchar a Dios, sino de escuchar las discusiones y debates, la casuística, las ingeniosas interpretaciones de los expertos legales. La casuística nunca puede ser la base de la verdadera religión, que no puede ser nunca el producto de la mente humana. Tiene siempre que venir, no de los ingeniosos descubrimientos de las personas, sino de escuchar y seguir sencilla y humildemente la voz de Dios.

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