Jesús habla de la pureza interior y condena las tradiciones humanas

El dejar de hacer todo esto era, a los ojos de los judíos, no una falta de higiene, sino estar en estado de impureza a los ojos de Dios. El que comía con las manos impuras estaba sujeto a los ataques de un demonio que se llamaba Sibta. El descuidar el lavatorio de manos era exponerse a la pobreza y a la destrucción. Lo que se comía con las manos impuras era tan inmundo como el excremento. Un rabino que omitió una vez la ceremonia del lavatorio fue enterrado excomulgado. Otro rabino, preso de los romanos, usaba el agua que le daban para lavarse ritualmente antes que para beber, y casi se murió de deshidratación, porque estaba decidido a cumplir las reglas de la pureza antes que a satisfacer la sed.

Para un judío ortodoxo a la manera de los fariseos y los escribas, eso era la religión. Eran esas reglas rituales y ceremoniales las que consideraban que eran la esencia del servicio a Dios. La religión ética se enterraba bajo una masa de tabúes.

Los últimos versículos del pasaje amplían este concepto de pureza e impureza. Una cosa podía ser totalmente limpia en el sentido ordinario, y sin embargo ser ceremonialmente inmunda. Tenemos algo acerca de esta concepción de la impureza en Levítico 11-15 y en Números 19. Ahora diríamos más bien que había cosas que eran tabú más bien que inmundas. Algunos animales eran inmundos (Levítico 11). Una mujer quedaba impura después del parto; un leproso era inmundo; cualquiera que tocara un cadáver, quedaba impuro. Y cualquiera que hubiera contraído la impureza ritual se la pasaba a todo lo que tocara. Un gentil era impuro; la comida tocada por un gentil era inmunda; cualquier recipiente que tocara un gentil, quedaba impuro. Así que, cuando un judío estricto volvía del mercado, se bañaba de cuerpo entero en agua pura para librarse de las contaminaciones que hubiera podido adquirir.

Está claro que las vasijas podían contaminarse fácilmente; podía tocarlas una persona en estado de impureza, o cualquier cosa inmunda. Esto es lo que quiere decir nuestro pasaje con los lavatorios de tazas y jarras y vasijas de bronce. En la Misná hay no menos de doce tratados sobre esta clase de impureza. Si tomamos algunos ejemplos concretos veremos hasta dónde llegaba la cosa. Una vasija hueca hecha de arcilla podía contraer la impureza dentro, pero no fuera; es decir: no importaba quién o qué la tocara por fuera, pero sí por dentro. Si se volvía inmunda, había que romperla; y no se debía dejar ningún trozo suficientemente grande para contener bastante aceite para ungir el dedo pequeño del pie. Un plato llano sin reborde no podía estar inmundo nunca; pero si tenía reborde, sí.

Si los recipientes de cuero, hueso o cristal eran planos no podían contraer impureza; pero si eran huecos podían contraerla por fuera y por dentro. Si estaban inmundos, había que romperlos haciéndoles un agujero suficientemente grande para que pasara una granada mediana. Para quitar la impureza, las vasijas de arcilla se tenían que romper; otros cacharros se podían sumergir, cocer o purificar con fuego -en el caso de los cacharros de metal- y luego rasparlos. Una mesa de tres patas podía contaminarse.

Si perdía una o dos patas, ya no. Si perdía tres patas, sí, porque entonces era un tablero, y un tablero podía estar inmundo. Las cosas de metal podían estar inmundas, excepto una puerta, un cerrojo, una cerradura, una bisagra, un picaporte y un canalón. La madera que estuviera en utensilios de metal podía contaminarse; pero el metal que estaba en utensilios de madera, no. Así que una llave de madera con los dientes de metal podía estar impura; pero una llave de metal con los dientes de madera, no.

Nos hemos tomado algún tiempo con estas leyes de los escribas o la tradición de los antepasados porque con esto era con lo que Jesús se enfrentaba. Para los escribas y los fariseos estas reglas y normas eran la esencia de la religión. El cumplirlas era agradar a Dios; el quebrantarlas era pecado. Esa era la idea que tenían de la bondad y del servicio a Dios. En el sentido religioso, Jesús y esas personas hablaban lenguas diferentes. Fue precisamente porque Él no concedía ninguna importancia a todas esas reglas por lo que Le consideraban un mal hombre. Hay aquí una escisión fundamental entre la persona que ve la religión como ritual, ceremonial, reglas y normas, y la persona que considera la religión como amar a Dios y a sus semejantes.

El pasaje siguiente desarrollará este punto; pero está claro que la idea que tenía Jesús de la religión y la que tenían los escribas y los fariseos no tenían nada en común.

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