Jesús habla de la pureza interior y condena las tradiciones humanas

Además, si la religión consistiera en el cumplimiento de normas eternas, sería engañosa. Muchos tienen una vida intachable en cuanto a lo exterior, pero tienen amargura y los peores pensamientos en su interior. La enseñanza de Jesús es que todas las observancias externas del mundo no pueden expiar la amargura y el orgullo y la codicia que dominan el corazón.

(ii) La enseñanza de Jesús es que lo que más importa de una persona es el corazón.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque serán los que vean a Dios» (Mateo 5:88). Lo que importa en relación con Dios es no es tanto cómo actuamos como por qué actuamos; no tanto lo que hacemos sino lo que querríamos hacer en lo íntimo de nuestro corazón. » El hombre -decía Tomás de Aquino- mira la acción, pero Dios mira la intención.»

La enseñanza de Jesús –que nos condena a cada uno de nosotros- es que ninguno se puede considerar bueno porque cumpla las reglas y normas externas, sino sólo cuando su corazón sea limpio. Ese mismo hecho le pone fin al orgullo; y la razón por la que cala uno de nosotros lo único que puede decir es » Dios, ten misericordia de este pecador que soy yo.»

La diferencia que había entre Jesús y los fariseos y los maestros de la Ley, y la discusión que tuvo con ellos y que se relata en este capítulo tienen una importancia tremenda, porque nos muestran la esencia misma y la raíz de la divergencia entre Jesús y los judíos ortodoxos de Su tiempo.

La pregunta que se hizo fue: ¿Por qué Jesús y Sus discípulos no cumplían la tradición de los antepasados? ¿Cuál era esta tradición, y cuál su espíritu motor?

Originalmente, la Ley quería decir dos cosas para los judíos. Quería decir, como lo primero y lo más importante, los Diez Mandamientos; y en segundo lugar, los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, que los judíos llaman la Torá y nosotros el Pentateuco. Ahora bien, es verdad que el Pentateuco contiene un cierto número de reglas y normas puntuales; pero, en relación con las cuestiones morales, lo que propone es una serie de grandes principios morales que cada uno debe interpretar y aplicar por sí mismo. Por algún tiempo, los judíos tuvieron bastante con esto; pero en los siglos V y IV antes de Cristo surgió una clase de expertos legales que conocemos como los escribas, que no se conformaban con grandes principios morales; padecían de lo que podríamos llamar «la manía de las definiciones.» Querían ampliar, desmenuzar y concretar estos grandes principios en miles y miles de reglas y normas que gobernaran todas las posibles acciones y situaciones de la vida.

Estas reglas y normas no se escribieron hasta bastante después del tiempo de Jesús. Son lo que se llama la ley oral, o, como se la llama aquí, la tradición de los antepasados.

La palabra antepasados no quiere decir en este contexto los jefes de la sinagoga, sino los antiguos, los grandes expertos legales del pasado como Hilllel y Shammay. Mucho más tarde, en el siglo III d.C., se hizo y se escribió un resumen de todas estas reglas y normas, que es lo que se llama la Misná.

Hay dos aspectos de estas reglas y normas que aparecen en la confrontación de este pasaje. Uno es acerca del lavatorio de manos. Los escribas y los fariseos acusaron a los discípulos de Jesús de comer con las manos sucias. La palabra que se usa en el original es koinós. Normalmente koinós quiere decir común; de ahí pasa a describir algo que es ordinario en el sentido de que no es sagrado, algo que es profano como opuesto a las cosas santas; y finalmente describe algo, como sucede aquí, que es ceremonialmente impuro e inhábil para el servicio y culto de Dios.

Había reglas establecidas rígidamente para el lavamiento de las manos. Nótese que no era una cuestión de higiene, sino de la limpieza ceremonial de la que se trataba. Antes de cada comida, y entre los distintos platos, había que lavarse las manos, y de cierta manera. Las manos, al empezar, no tenían que tener nada de tierra, polvo o sustancias con las que se hubiera estado trabajando. El agua para las abluciones tenía que guardarse en cántaros especiales de piedra para que estuviera limpia en el sentido ceremonial y fuera seguro que no se usaba para otro fin, y que no se había caído nada dentro de ella ni tenía ninguna mezcla. Primero, tenían que ponerse las manos con la punta de los dedos hacia arriba; se echaba el agua sobre la punta de los dedos para que corriera por lo menos hasta la muñeca; la cantidad mínima de agua debía ser un cuarto de log, que equivalía al contenido de la cáscara de un huevo y medio. Con las manos todavía mojadas, se limpiaba cada una con el puño de la otra. A eso se refiere la mención del puño en nuestro texto; se restregaba el puño de cada mano en la palma y el revés de la otra. Esto quiere decir que en esa etapa las manos estaban todavía mojadas, pero esa agua estaba contaminada, porque había tocado las manos contaminadas. Así es que después se tenían que poner las manos con la punta de los dedos hacia abajo, y verter el agua de manera que bajara desde la muñeca hasta la punta de los dedos. Después de todo ese proceso, las manos quedaban puras.

Ayúdanos a continuar Sembrando La Palabra de Dios

WebDedicado ha sido autorizado a recaudar las donaciones para continuar con La gran Comisión.


Deja el primer comentario