Jesús habla de la ceguera espiritual

(i) Empezó llamando a Jesús un hombre. «Ese hombre que llaman Jesús me abrió los ojos» (versículo 11). Empezó por creer que Jesús era un hombre maravilloso. Jamás había conocido a nadie que pudiera hacer la clase de cosas que Jesús hacía e hizo con él; empezó por creer en Jesús como el más grande de los hombres.

Haremos bien en pensar de cuando en cuando en la grandeza única de la personalidad humana de Jesús. En la galería de los mayores héroes de la Historia, a Él corresponde el puesto supremo. En cualquier antología de las vidas más dignas de admiración, gratitud e imitación, la Suya debe ser la primera. En cualquier antología de la literatura y del pensamiento universales, Sus parábolas y enseñanzas deben figurar en primer lugar. Shakespeare pone en boca de Marco Antonio dirigiéndose a Bruto: Su vida fue gentil; sus cualidades en armonía tal en su persona, que la Naturaleza, a todo el mundo, bien puede proclamar: «¡Este fue un hombre!»

No hay ni habrá jamás la menor duda de que de Quien esto se puede decir con innegable justicia es de Jesús.

(ii) De ahí pasó a llamar a Jesús profeta. Cuando le preguntaron su opinión en vista del hecho de que le había dado la vista, la respuesta del que había estado ciego fue: « Pues que es un profeta» (versículo 17). Un profeta es alguien que trae a las gentes el mensaje de Dios. « No cabe duda que el Señor Dios no hará nada sin revelarles Su plan secreto a Sus siervos los profetas» (Amós 3:7). Profeta es la persona que vive en comunión con Dios y ha penetrado en Sus consejos. Cuando leemos la sabiduría que hay en las palabras de Jesús, no podemos por menos de decir: « ¡Este es un Profeta! » Aunque otras cosas se puedan poner en duda, ésta es innegable: Si la humanidad siguiera las enseñanzas de Jesús, se resolverían todos los problemas personales, sociales, nacionales e internacionales. Si ha habido alguna vez un hombre que merezca ser llamado profeta, ese Hombre es
Jesús.

(iii) Por último, el que había estado ciego llegó a confesar que Jesús era el Hijo del Hombre, es decir, el Mesías esperado. Llegó a la convicción de que las categorías humanas no eran suficientes para identificar a Jesús, y por eso Le rindió honores divinos. Napoleón estaba en una ocasión en una compañía en la que se encontraban algunos escépticos eminentes, y estaban hablando de Jesús. Algunos Le consideraban un gran hombre, y nada más. «Caballeros dijo Napoleón-, yo conozco a los hombres; y Jesucristo es más que un hombre.»

Una de las cosas maravillosas que pasan con Jesús es que, a medida que Le vamos conociendo más, nos parece más grande. El problema con muchas relaciones humanas es que a menudo, cuanto más conocemos a una persona, más fallos y debilidades le descubrimos. Pero con Jesús nos ocurre exactamente lo contrario: cuanto más Le conocemos, más maravilloso nos parece; y eso será cierto, no sólo en el tiempo, sino en la eternidad.

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