Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Jesús es la luz del mundo

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on whatsapp
Share on email

Y volviendo Jesús a hablar al pueblo, dijo: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue, no camina a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida. Le replicaron los fariseos: Tú das testimonio de ti mismo; y así tu testimonio no es idóneo. Les respondió Jesús : Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es digno de fe. Porque yo sé de dónde he venido, y a dónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo, ni a dónde voy. Vosotros juzgáis de mí según la carne; pero yo no juzgo así de nadie; y cuando yo juzgo, mi juicio es idóneo; porque no soy yo solo el que da el testimonio; sino yo y el Padre que me ha enviado. En vuestra ley está escrito que el testimonio de dos personas es idóneo. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo; y además el Padre, que me ha enviado, da también testimonio de mí. Le decían a esto: ¿En dónde está tu padre? Respondió Jesús : Ni me conocéis a mí, ni a mi Padre: si me conocierais a mí no dejaríais de conocer a mi Padre. Estas cosas las dijo Jesús enseñando en el templo, en el atrio del tesoro; y nadie le prendió, porque aún no había llegado su hora. Juan 8: 12-20

La Luz que no reconocieron

El escenario de esta discusión con las autoridades judías fue el lugar en que se hacían las ofrendas del templo, que estaba en el atrio de las mujeres. El atrio más exterior era el de los Gentiles; el segundo, éste, el de las mujeres, que se llamaba así porque las mujeres no podían entrar más adentro, excepto cuando iban a ofrecer sacrificio en el altar que estaba en el atrio de los sacerdotes. Alrededor del atrio de las mujeres había un pórtico con columnas en el que había, colocados en el muro, trece cofres en los que los fieles echaban sus ofrendas. Los llamaban las trompetas, porque tenían esa forma, más estrecha por la parte de arriba y ensanchándose hacia abajo.

Cada uno de los trece cofres estaba destinado para una ofrenda determinada. En los dos primeros se echaban los medios siclos que tenían que pagar todos los judíos para el mantenimiento del templo. En el tercero y el cuarto se ponían las cantidades de la compra de dos pichones que tenían que ofrecer las mujeres para purificarse después de tener un hijo (Levítico 12:8). En el quinto se ponían las aportaciones para los gastos de la leña que se necesitaba para mantener el fuego del altar. En el sexto se echaban las contribuciones al gasto del incienso que se usaba en los cultos del templo. Al séptimo se echaban las contribuciones a los gastos de mantenimiento de los instrumentos y recipientes de oro que se usaban en los oficios. Algunas veces una familia apartaba una cantidad como ofrenda de acción de gracias o por algún pecado; en las otras seis trompetas los fieles echaban el dinero que les sobraba después de hacer las ofrendas prescritas, y cualquier extra que quisieran añadir.

En el lugar de las ofrendas siempre habría un constante fluir de gente entrando y saliendo. Sería el lugar ideal para conseguir una audiencia de gente piadosa para impartir enseñanza.

En este pasaje, Jesús se presenta diciendo: «Yo soy la luz del mundo.» Es probable que el trasfondo de esta escena hiciera sus palabras aún más actuales e impactantes. La fiesta en la que Juan coloca estas palabras de Jesús era la de los Tabernáculos (Juan 7:2). Ya hemos visto (Juan 7:37) que sus ceremonias ofrecían un perfecto escenario a la invitación de Jesús a los que tuvieran sed espiritual. Pero había otra ceremonia conectada con esta fiesta. El primer día por la tarde había la ceremonia que se llamaba la Iluminación del Templo. Tenía lugar en el atrio de las mujeres, que estaba rodeado de unas galerías anchas, aptas para albergar gran número de espectadores. En el centro se colocaban cuatro candelabros inmensos. Cuando caía la tarde, los encendían, y se decía que lanzaban tal resplandor que iluminaba los patios de toda Jerusalén. Desde entonces hasta el canto del gallo la mañana siguiente, los más grandes y más sabios y más santos de Israel danzaban delante del Señor y cantaban salmos de gozo y de alabanza mientras la multitud los miraba. Jesús está diciendo: « Habéis visto que el resplandor de la iluminación del templo rasga las tinieblas de la noche. Yo soy la luz del mundo y, para todos los que me sigan, habrá luz, no sólo una noche maravillosa, sino a lo largo de todo el camino de la vida. La luz del templo es muy brillante, pero al final parpadea y muere. Yo soy la Luz que dura para siempre.»

Deja una respuesta

Ayúdanos a continuar Sembrando La Palabra de Dios

Publicaciones que pueden ser de interés para ti

La Fortaleza

Existe la leyenda de un cierto barón alemán que poseía un castillo en el Rin. Se cuenta, que solía tender alambres de una torre a otra, para

Artículo Completo

Todos son importantes

Cierto día, un capitán de barco y su rudo jefe de ingenieros conversaban. Empezaron a discutir sobre quién era más importante de los dos para que el

Artículo Completo

Jesús enseña a orar

Cuando ustedes oren, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que

Artículo Completo

Lucas 20: Con qué autoridad

Un día, cuando Jesús estaba enseñando al pueblo y proclamando la Buena Nueva en el templo, sucedió que llegaron los principales sacerdotes y los escribas con los

Artículo Completo

El efecto 99

Esta era una vez un rey que estaba en busca de la felicidad ya que aun cuando tenía todos los placeres a su alcance debido a su

Artículo Completo