Jesús envía setenta mensajeros a una misión

Este pasaje nos dice algunas cosas de suprema importancia sobre el transmisor y el receptor del Evangelio.

(i) El predicador tiene que estar descargado de cosas materiales; tiene que viajar ligero. Es fácil liarse con las cosas de la vida. Una vez el doctor Johnson, después de ver las dependencias de un gran castillo, observó gravemente: «Estas son las cosas que le hacen a uno difícil morir.» La Tierra no debe nunca borrar el Cielo.

(ii) El predicador se tiene que concentrar en su tarea; no tiene que saludar a nadie en el camino. Esto nos recuerda las instrucciones que le dio Elías a Giezi en 2 Reyes 4:29. Ya sabemos lo ceremoniosos y prolijos que son los orientales en sus saludos. No se nos manda que seamos maleducados; lo que quiere decir esto es que el hombre de Dios no debe dejarse distraer ni retrasar por cuestiones menores cuando las mayores le requieren.

(iii) El predicador no debe tener espíritu mercenario; debe comer lo que le pongan por delante, y no debe andarse mudando de casa en casa en busca de mayores y mejores comodidades. No pasó mucho tiempo antes de que surgieran aprovechados en la Iglesia Primitiva. Hay un tratado llamado La Enseñanza de los Doce Apóstoles, que se escribió hacia el año 100 d.C., y que es el primer libro de orden eclesiástico. Había entonces profetas que iban visitando las iglesias de pueblo en pueblo. Se advierte-qué, si un profeta quiere quedarse en el mismo lugar más de tres días sin trabajar, es un falso profeta; y si habla en el Espíritu para pedir dinero o comida, es un falso profeta. El obrero merece su paga, pero el siervo del Señor crucificado no puede buscar lujos.

(iv) El haber escuchado la Palabra de Dios conlleva una gran responsabilidad. Seremos juzgados según lo que hayamos tenido oportunidad de saber. A un niño se le consienten cosas que se condenarían en un adulto; a un salvaje se le perdonan cosas que se castigarían en un civilizado. La responsabilidad es la otra cara del privilegio.

(v) Es un error terrible el rechazar la invitación de Dios. En cierto sentido, todas las promesas de Dios que hayamos escuchado pueden convertirse en nuestra condenación. Si las recibimos, son nuestra mayor gloria; pero cada una de las que hemos rechazado será algún día un testigo en contra nuestra.

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