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Jesús envía a los doce discípulos

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Se cuenta una anécdota de Rabí Tarfón. Al final de la recolección de los higos iba paseando por un huerto, y comió algunos de los higos que habían dejado por el suelo. Los vigilantes se le echaron encima y le golpearon. Él les dijo quién era, y como era un rabino famoso le dejaron ir en paz. Toda su vida tuvo remordimientos por haber usado su posición como rabino en su propio provecho. «Todos sus días se sintió avergonzado, porque decía: “¡Ay de mí, porque he usado la corona de la Ley en mi propio provecho!”»

Jesús les dijo a los Doce que no se les ocurriera recibir oro o plata o bronce para sus bolsas; la palabra griega quiere decir literalmente para sus cintos. El cinturón que llevaban los judíos a la cintura era más bien ancho; y era doble por los dos extremos, para llevar allí el dinero; así es que el cinturón era el equivalente del monedero o la cartera. Jesús les dijo también a los Doce que no llevaran bolsa para el viaje. Esto se puede referir a una de dos cosas. Puede que fuera como una mochila en la que se llevaban corrientemente provisiones; pero hay otra posibilidad. La palabra original es péra, que puede querer decir la bolsa de un mendigo; a veces los filósofos ambulantes recogían una colecta después de dirigirse al público.

En todas estas instrucciones Jesús no estaba imponiéndoles a Sus hombres incomodidades deliberadas y calculadas. Les estaba diciendo cosas que les sonarían familiares, como judíos que eran. El Talmud nos dice: «Nadie puede ir al recinto del templo con bastón, cinturón con dinero o pies polvorientos.» La idea era que, cuando se entraba en el templo, se tenía que haber dejado atrás todo lo que tuviera que ver con su trabajo o negocio u ocupación temporal. Lo que Jesús les estaba diciendo a Sus hombres era: «Tenéis que tratar todo el mundo como el templo de Dios. Si sois hombres de Dios, no debéis nunca dar la impresión de que sois hombres de negocios y vais buscando ganancias materiales.» Las instrucciones de Jesús quieren decir que un hombre o una mujer de Dios debe mostrar en su actitud hacia las cosas materiales que no le interesa nada más que Dios.

Para terminar, Jesús dice que el obrero merece su sustento. También esto les sonaría familiar a los judíos. Es verdad que a un rabino no se le permitía recibir salario por enseñar, pero también es verdad que se consideraba un privilegio y una obligación el mantener a un rabino si era de veras un hombre de Dios. Rabí Eliezer ben Yaqob decía: «El que recibe a un rabino en su casa, o como su huésped, y le deja disfrutar de sus posesiones, la Escritura dice que eso se le cuenta como si hubiera ofrecido el sacrificio continuo.» Rabí Yojanán estableció que era la obligación de todas las comunidades judías el mantener a sus rabinos, especialmente porque los rabinos suelen descuidar sus propios negocios para dedicarse a los negocios de Dios.

Así que aquí hay una doble verdad. El hombre de Dios no debe estar excesivamente pendiente de las cosas materiales, pero el pueblo de Dios no debe nunca faltar a su deber de asegurarse que el hombre o la mujer de Dios recibe un apoyo razonable. Este pasaje impone una obligación tanto en el obrero del Señor como en los que se benefician de su servicio.

La conducta del mensajero del Rey

Cuando lleguéis a una ciudad o aldea, informaos de quién hay que tenga buena fama, y quedaos en su casa hasta que salgáis de aquel lugar. Cuando entréis en una casa, dadle vuestro saludo. Si la casa es digna, que vuestra paz repose sobre ella; y si no lo es, que vuestra paz se vuelva a vosotros. Si nadie os recibe, ni quiere escuchar vuestras palabras, cuando salgáis de aquella casa o ciudad sacudid de vuestros pies el polvo de allí. Os aseguro que lo tendrá más fácil la tierra de Sodoma y Gomorra el Día del Juicio que esa ciudad. Aquí tenemos un pasaje lleno de consejos de lo más prácticos para los mensajeros del Rey. Cuando entraban en una ciudad o pueblo tenían que buscar una casa que fuera digna. La punta de esto está en que si se albergaban en una casa de mala reputación por su moral o por su conducta o por su gente eso dañaría seriamente su utilidad. No tenían que identificarse con nadie que pudiera suponerles un obstáculo. Eso no quiere decir ni por un momento que no debieran tratar de ganar a tales personas para Cristo, pero sí quiere decir que el mensajero de Cristo debe tener cuidado con quién se relaciona.

Cuando se albergaran en una casa tenían que quedarse allí hasta que pasaran a otro lugar. Esto es una cuestión de cortesía. Podrían estar tentados, después de ganar a algunos conversos o simpatizantes en un lugar, a mudarse a una casa que les ofreciera más comodidades, más lujo y mejor compañía. El mensajero de Cristo nunca debe dar la impresión de que busca a las personas para conseguir cosas materiales, y que lo que le dicta sus movimientos es la búsqueda de su propia comodidad.

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