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Jesús envía a los doce discípulos

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Hay un pasaje en la novela ¿Quo vadis? en el que Vicinio, el joven romano, se ha enamorado de una chica que es cristiana. Como él no lo es, ella no quiere saber nada de él. La sigue a una reunión nocturna secreta del pequeño grupo de cristianos; y allí, desconocido para todos, escucha el culto. Oye predicar a Pedro; y, cuando está escuchando, algo le sucede. «Sintió que, si quisiera seguir esa enseñanza, tendría que hacer un montón con todos sus pensamientos, costumbres y carácter, toda su vida hasta aquel momento, prenderle fuego y dejar que se redujera a ceniza, y entonces llenarse de una vida totalmente diferente y un alma totalmente nueva.» Eso es el arrepentimiento. Pero, ¿qué si uno no quiere más que que le dejen en paz? Lo que hay que dejar atrás no tiene que ser necesariamente asaltar, robar, asesinar, violar y otros pecados deslumbrantes. Puede que sea dejar una vida que es completamente egoísta, instintivamente exigente, totalmente inconsiderada; el cambio de una vida centrada en el yo a una vida centrada en Dios -y un cambio así duele. W. M. Macgregor cita un dicho del obispo de Los Miserables: «Yo siempre molestaba a algunos de ellos; porque, a través de mí, les llegaba el aire del exterior; mi presencia les hacía sentir como si se hubiera dejado abierta una puerta y estuvieran en la corriente.» El arrepentimiento no es nada sensiblero, sino algo revolucionario. Por eso son tan pocos los que se arrepienten.

(iii) Le llevaban al pueblo la misericordia del Rey. No sólo llevaban a las personas esa demanda inquietante; también llevaban ayuda y sanidad. Llevaban liberación a los pobres hombres y mujeres poseídos. Desde el principio, el Cristianismo se ha propuesto traer la salud al cuerpo y al alma; no sólo la salvación del alma, sino la salvación total. No sólo ofrecían una mano para salir del naufragio moral, sino una mano para elevarse del dolor y el sufrimiento físico. Es de lo más sugestivo que ungieran con aceite. En el mundo antiguo, el aceite se consideraba una panacea. El gran médico griego Galeno decía: «El aceite es el mejor de todos los medios para curar las enfermedades del cuerpo.» En las manos de los siervos de Cristo, las viejas curas adquirían una nueva virtud. Lo extraño es que usaran las cosas que el conocimiento parcial de la humanidad había sabido desde siempre; pero el Espíritu de Cristo daba al sanador un nuevo poder, y a la vieja cura una nueva virtud. El poder de Dios se ponía a disposición de la fe de las personas en las cosas ordinarias.

Así que los Doce llevaron al pueblo el mensaje y la misericordia del Rey, y esa sigue siendo la tarea de la Iglesia hoy y siempre y en todas partes.

En el mundo antiguo no había más que una manera eficaz de transmitir un mensaje, y era mediante la palabra hablada. No existían los periódicos. Los libros se tenían que escribir a mano, y un libro del tamaño de Lucas-Hechos costaría más de 10.000 pesetas por copia. La radio y la televisión no las había soñado ni la imaginación más fantástica. Por eso Jesús mandó en misión a los Doce. .Estaba limitado por el espacio y el tiempo; sus ayudantes tenían que ser bocas que hablaran por Él.

Tenían que viajar ligeros. Eso era simplemente porque, el que viaja ligero puede llegar más lejos y más pronto. Cuanto más depende uno de cosas materiales tanto más atado está a un lugar. Dios necesita un ministerio estable; pero también necesita personas dispuestas a dejarlo todo para emprender la aventura de la fe.

Si no los recibían, tenían que sacudirse de los pies el polvo que se les hubiera pegado al marcharse de aquel lugar. Cuando los rabinos llegaban a Palestina de un país pagano, se sacudían hasta la última partícula de polvo pagano de los pies. Una aldea o una ciudad que no recibiera a los mensajeros de Jesús tenía que ser tratada como los judíos estrictos tratarían a un país pagano. Había rechazado la oportunidad, y había quedado excluida.
Que la misión fue efectiva se ve por la reacción de Herodes. Sucedían cosas. Tal vez había llegado Elías, el precursor anunciado. Tal vez se trataba del gran profeta esperado (Deuteronomio 18:1 S). Pero, como ha dicho alguien, «la conciencia nos hace a todos cobardes», y Herodes se temía que Juan el Bautista, a quien él creyó haber eliminado, había vuelto del otro mundo a acecharle.

Una cosa del ministerio que Jesús les confió a los Doce se repite varias veces en este breve pasaje: predicar y sanar iban juntos. Une el interés en los cuerpos y en las almas. No se trataba sólo de palabras, por muy consoladoras que fueran, sino también de hechos. Era un mensaje que no se limitaba a dar noticias de la eternidad, sino que se proponía cambiar las condiciones de la Tierra. Era lo contrario del copio del pueblo» o del «paraíso de las huríes». Insistía en que la salud del cuerpo es parte tan integral del propósito de Dios como la del alma.

Nada ha hecho tanto daño a la iglesia como la repetida afirmación de «las cosas de este mundo no tienen importancia.» En la década de los 30 el paro invadió muchos hogares respetables y honrados. Al padre se le enmohecía el talento de no usarlo; la madre no podía hacer que las pesetas le cundieran como duros; los chicos no sabían más que tenían hambre. Todo el mundo estaba amargado. Decirle a gente así que las cosas materiales no importan era insultante e imperdonable, especialmente si el que lo decía vivía desahogadamente. Al General Booth del Ejército de Salvación le echaban en cara que ofrecía alimentos y comidas a los pobres en vez de predicarles el Evangelio, y el viejo guerrero devolvía la descarga diciendo: «Es imposible darle a la gente el consuelo del amor de Dios en el corazón cuando tienen los pies entumecidos de frío.»

Por supuesto que se puede exagerar la importancia de las cosas materiales; pero también se puede minimizar. La iglesia pagará muy caro el olvidarse de que Jesús empezó por mandar a sus hombres a predicar el Reino y a sanar, a salvar a la gente en cuerpo y alma.

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