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Jesús enseña sobre los juramentos

El fin de los juramentos

Este pasaje concluye con el mandamiento de que, cuando uno tenga que decir que sí, debe decir que sí, y nada más; y cuando tenga que decir que no, que diga que no, y nada más. El ideal es que una persona no necesite nunca un juramento para reforzar o garantizar la verdad de lo que diga. Su carácter debería hacer el juramento totalmente innecesario. Su garantía y su testimonio deberían estar en la clase de persona que es. Sócrates, el gran maestro y orador griego, decía: «Una persona debe llevar una vida que genere más confianza en ella que la que pueda producir nunca un juramento.» Clemente de Alejandría insistía en que los cristianos deberían vivir de tal manera y demostrar tal carácter que a nadie se le ocurriera nunca exigirles un juramento. La sociedad ideal sería una en la que la palabra de una persona no requiriera nunca un juramento que garantizara su veracidad, y ninguna promesa suya necesitara un juramento para asegurar su cumplimiento. ¿Prohíbe entonces esta palabra de Jesús el hacer un juramento en cualquier caso -por ejemplo, como testigo de un juicio?

Ha habido dos clases de personas que se negaban rotundamente a hacer un juramento. La primera fueron los esenios, una antigua secta judía. Josefo escribe acerca de ellos: «Son eminentes en su fidelidad, y son ministros de la paz. Lo que quiera que digan es más firme que un juramento. Evitan el jurar, y lo consideran peor que el perjurio. Porque dicen que el que tiene que jurar para que se le crea se autocondena.» La segunda fueron, y todavía son, los cuáqueros, que se niegan a hacer juramentos en ninguna situación. A lo más que llegaba su fundador George Fox era a usar la palabra bíblica Verily, de cierto. Escribe: «No he defraudado jamás a ningún hombre o ninguna mujer en todo ese tiempo [que trabajó en los negocios]. Cuando hacía ese servicio, usaba en mis contratos la palabra Verily, y todos decían: ‹Si George Fox dice Verily, no habrá nada que le haga cambiar.› »

En la antigüedad, los esenios no hacían un juramento en ninguna circunstancia, y hasta el día de hoy los cuáqueros hacen lo mismo. ¿Tienen razón en seguir esta línea de conducta? Hubo ocasiones en las que Pablo, por así decirlo, recurrió al juramento. «Invoco a Dios por testigo sobre mi alma -escribe a los corintios-, que por ser indulgente con vosotros no he pasado todavía a Corinto» (2 Corintios 1:23). «En esto que os escribo -escribe a los gálatas-, ¡os aseguro delante de Dios que no miento!» (Gálatas 1:20). En estas ocasiones, Pablo recurre a un juramento. El mismo Jesús no protestó cuando se Le sometió a juramento. En Su juicio ante el sumo sacerdote, este Le conjuró por Dios mismo: «¡Te conjuro por el Dios viviente -Te increpo con un juramento por Dios mismo- que nos digas si eres Tú el Cristo, el Hijo de Dios!» (Mateo 26:63). ¿Qué hacer en esa situación? Veamos la última parte, que dice que se debe contestar sencillamente sí o no, porque «todo lo que se le añada a eso tiene su raíz en el mal.» ¿Qué quiere decir esto? una de dos cosas.

(a) Si se le tiene que tomar juramento a una persona, eso proviene del mal que hay en la humanidad. Si no existiera ese mal, no harían falta tomar juramento. Es decir: el hecho de que sea necesario a veces hacer que alguien haga un juramento es una prueba del mal que hay en la criatura humana sin Cristo.

(b) El hecho de que sea necesario tomarle juramento a una persona en algunos casos procede del hecho de que este es un mundo malo. En un mundo ideal, en un mundo que fuera el Reino de Dios, no haría falta recurrir a juramentos.

El juramento parece ser necesario porque el mundo es malo. Lo que Jesús está diciendo es: una persona realmente buena no necesita recurrir a juramentos; la veracidad de sus dichos y la realidad de sus promesas no necesitan más garantía. Pero el hecho de que los juramentos sean a veces necesarios es prueba de que ni las personas ni el mundo son buenos. Así que este dicho de Jesús nos coloca bajo dos obligaciones. La primera es la de ser tales, que los demás vean en nosotros nuestra bondad transparente y no nos exijan nunca un juramento; y la segunda es la de hacer que este mundo sea tal que la falsedad y la infidelidad sean tan eliminadas en él que se pueda abolir la necesidad de juramentos.

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