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Jesús enseña sobre el adulterio

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Ustedes han oído que se dijo: ‹No cometas adulterio.› Pero yo les digo que cualquiera que mira con deseo a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Así pues, si tu ojo derecho te hace caer en pecado, sácatelo y échalo lejos de ti; es mejor que pierdas una sola parte de tu cuerpo, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te hace caer en pecado, córtatela y échala lejos de ti; es mejor que pierdas una sola parte de tu cuerpo, y no que todo tu cuerpo vaya a parar al infierno. Mateo 5:27-30; Marcos 9:47, 9:43 

Aquí tenemos el segundo ejemplo del nuevo nivel de Jesús. La Ley establecía: «No cometerás adulterio» (Éxodo 20:14). Los maestros judíos tenían una opinión tan seria del adulterio que las partes culpables no se podían castigar nada más que con la muerte: Si alguien comete adulterio con la mujer de su prójimo, se condenará a muerte tanto al adúltero como a la adúltera. (Levítico 20:10); pero, una vez más Jesús establece que no constituye delito a los ojos de Dios solamente la acción prohibida, sino también el pensamiento prohibido.

Es necesario que entendamos lo que Jesús está diciendo aquí. No está hablando de un deseo natural, normal, que es parte del instinto y de la naturaleza humana. Según el sentido literal del original el hombre que se condena es el que mira a una mujer con la intención deliberada de desear aprovecharse de ella. El hombre que se condena es el que usa deliberadamente sus ojos para despertar su concupiscencia, el hombre que mira de tal manera que despierta la pasión y estimula deliberadamente el deseo.

Los rabinos judíos conocían muy bien la manera en que se pueden usar los ojos para estimular los malos deseos. Tenían sus dichos. «Los ojos y las manos son los agentes del pecado.» «El ojo y el corazón son las dos asistentas del pecado.» «Las pasiones se aposentan solamente en el que ve.» «¡Ay del que sigue a sus ojos, porque son adúlteros!» Y alguien ha dicho: «Hay un deseo interior del que el adulterio es solamente el fruto.» En un mundo tentador hay muchas cosas diseñadas deliberadamente para excitar el deseo: libros, carteles, revistas, fotografías, películas y anuncios. El hombre que Jesús condena aquí es el que usa deliberadamente sus ojos para estimular sus deseos; el hombre que encuentra un extraño placer en cosas que despiertan su deseo de lo prohibido. Todas las cosas son limpias para los limpios. Pero el hombre cuyo corazón está contaminado encuentra algo para despertar y excitar el mal deseo en cualquier situación.

El remedio quirúrgico

Así es que, si tu ojo derecho va a hacerte caer en pecado, sácatelo y tíralo; porque es mejor perder una parte de tu cuerpo que que todo tu cuerpo se vaya a la gehena. Y si tu mano derecha te va a hacer caer en pecado, córtatela y tírala; porque es mejor perder una parte de tu cuerpo que que todo tu cuerpo se vaya a la gehena.

Aquí Jesús hace una gran demanda, una demanda quirúrgica. Insiste en que todo lo que cause, o que seduzca al pecado debe eliminarse totalmente de la vida. La palabra que usa para hacer caer es interesante. Es la palabra skándalon. Skándalon es una forma de la palabra skandaléthron, que quiere decir el soporte del cebo de una trampa. Era el palito o el brazo en el que se fijaba el cebo y que operaba la trampa para cazar al animal seducido para su propia destrucción. En sentido figurado la palabra llegó a significar cualquier cosa que causa la destrucción de una persona. Detrás de esto hay dos figuras. La primera es la de una piedra escondida en un sendero en la que uno puede tropezar, o una cuerda colocada a través de un sendero deliberadamente para hacer que alguien se caiga; la segunda es la figura de un pozo excavado en el suelo y tapado engañosamente con una capa ligera de ramas y hojarasca dispuesto para que el viajero despistado lo pise y se caiga irremediablemente al pozo. El skándalon, la piedra de tropiezo, es algo que hace tropezar y caer, que le manda a uno a su propia destrucción, algo que le seduce para su propia ruina.

Desde luego, estas palabras de Jesús no se deben tomar con un literalismo crudo. Lo que quieren decir es que hay que desarraigar de la vida sin sentimentalismos cualquier cosa que sirva para seducirnos e inducirnos al pecado. Si tenemos un hábito que puede ser una incitación al mal, o una relación que nos puede descarriar, o un placer que podría acabar por arruinar nuestra salud física o moral, tenemos que extirparlo quirúrgicamente de nuestra vida.

Viniendo como viene inmediatamente después del que trata de los pensamientos y deseos prohibidos, este pasaje nos impulsa a preguntar: ¿Cómo podemos vernos libres de esos deseos inmundos y pensamientos contaminantes? Es un hecho de experiencia que los pensamientos y las imágenes se introducen involuntariamente en nuestra mente, y es la cosa más difícil del mundo el cerrarles la puerta. Hay una manera en que no se consigue nada frente a estos pensamientos y deseos, y es sentándose y diciéndose: No voy a pensar más en estas cosas. Cuanto más nos decimos que no vamos a pensar en tal y tal cosa, tanto más se nos concentra en ella el pensamiento. El ejemplo sobresaliente de la manera errónea de tratar con tales pensamientos y deseos era el de los monjes y ermitaños que se iban al desierto en los primeros tiempos de la Iglesia. Eran hombres que querían liberarse de todas las cosas terrenales, y especialmente de los deseos sensuales. Para ello se retiraban al desierto de Egipto con el propósito de vivir aisladamente y no pensar nada más que en Dios.

El más famoso de ellos fue san Antonio. Vivía como un ermitaño; ayunaba; se privaba del sueño; torturaba su cuerpo. Así vivió treinta y cinco años en el desierto que fueron una batalla sin descanso ni tregua con las tentaciones. Leemos en su biografía: «En primer lugar, el diablo trató de apartarle de la disciplina, susurrándole el recuerdo de sus riquezas, los cuidados de su hermana, los derechos de su familia, el amor al dinero y a la gloria, los diversos placeres de la mesa y las demás relajaciones de la vida; y, por último, la dificultad de la virtud y sus trabajos… El uno sugería pensamientos inmundos, y el otro respondía con oraciones; el uno le incitaba con la lujuria, y el otro, como pareciendo ruborizarse, fortalecía su cuerpo con oraciones, fe y ayunos. El diablo, hasta una noche se presentó en forma de mujer, e imitó todas sus tretas sencillamente para seducir a Antonio.»

Así prosiguió la lucha durante treinta y cinco años. El hecho es que, si alguien se buscaba problemas, ese era Antonio, y sus amigos igual. Es la inevitable ley de la naturaleza humana que, cuanto más dice uno que no va a pensar el algo, tanto más ese algo está presente en sus pensamientos. No hay más que dos maneras de derrotar los pensamientos prohibidos. La primera es la acción cristiana. La mejor manera de derrotar tales pensamientos es hacer algo, llenarse la vida hasta tal punto de trabajos y servicios cristianos que no nos quede tiempo para esos pensamientos; pensar tanto en los demás que acabemos por no pensar tanto en nosotros mismos; desembarazarnos de una introspección enfermiza y morbosa concentrándonos, no en nosotros mismos, sino en los demás. La cura real de los malos pensamientos no se consigue nada más que consagrándose a las buenas acciones. La segunda es llenar la mente de buenos pensamientos.

Hay una escena famosa en el Peter Pan de Barrie. Peter está en el dormitorio de los niños, que le han visto volar, y quieren volar ellos también. Han probado desde el suelo, y desde las camas, con un resultado nulo. «¿Cómo lo haces tú?», le preguntó John. Y Peter le contestó: «No tienes más que pensar cosas bonitas, pensamientos maravillosos, y ellos te levantan por los aires.» La única manera de vencer los malos pensamientos es ponernos a pensar en otra cosa.

Si uno está asediado por pensamientos de cosas sucias y prohibidas, puede estar seguro de que nunca los vencerá retirándose de la vida y diciéndose: «Ya no voy a pensar más en esas cosas.» Lo conseguirá solamente sumergiéndose en la acción cristiana y en el pensamiento cristiano. Nunca lo conseguirá tratando de salvar su propia vida; sólo dedicándola, -dándola- por otros.

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