Jesús enseña acerca del servicio a otros

Entonces, la madre de los hijos de Zebedeo, se le acerca con sus dos hijos, y le adora, manifestando querer pedirle alguna gracia. Jesús le dijo: ¿Qué quieres? Y ella le respondió: Quisiéramos nos concedieses todo cuanto te pida­mos. Dispón que estos dos hijos míos tengan su asiento en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Mas Jesús le dio por respuesta: No sabéis lo que os pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo tengo de beber?, ¿o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado? Y le dijeron: Bien podemos. Les replico: Mi cáliz sí que lo beberéis; y seréis bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado; pero el asiento a mi diestra o siniestra no está en mi arbitrio darlo a voso­tros, sino que será para aquellos a quienes lo ha desti­nado mi Padre. Escuchando esto los otros diez apóstoles, se indignaron contra Santia­go y Juan. Mas Jesús los convoco a sí, y les dijo: No ignoráis que los príncipes de las naciones avasallan a sus pueblos y ejercen sobre ellos un poder absoluto, y que sus magnates, los que tienen autoridad de mandar a las naciones, las tratan con imperio. No ha de ser así entre vosotros, sino que quien aspirase a ser mayor entre vosotros, debe ser vuestro criado. Y el que quiera ser entre vosotros el primero, ha de ser vues­tro siervo. Porque aun el Hijo del hombre no ha venido a ser servi­do, sino a servir, y a dar su vida para redención de mu­chos. Mateo 20: 20-28; Marcos 10:35-45

Falsa y verdadera ambición

Aquí vemos en acción la ambición mundana de los discípulos. Hay una pequeña diferencia muy reveladora entre los relatos de este incidente de Mateo y de Marcos. En Marcos 10:35-45, son Santiago y Juan los que vienen a Jesús con esta petición. En Mateo, es su madre. Se sugiere que la razón para este cambio es que Mateo escribía veinticinco años después que Marcos; para entonces, se les había colocado a los discípulos una especie de halo de santidad. Mateo no quería mostrar que Santiago y Juan habían sido culpables de ambición mundana, así es que coloca la solicitud en labios de la madre de ellos más que en los de ellos mismos. Puede que hubiera una razón muy natural para esta petición. Es probable que Santiago y Juan fueran parientes cercanos de Jesús. Mateo, Marcos y Juan nos dan la lista de las mujeres que estaban al pie de la Cruz. Vamos a ponerlas por orden.

La lista de Mateo es: María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo (Mateo 27:56). La lista de Marcos es: María Magdalena, María la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé (Marcos 15:40). La lista de Juan es: La Madre de Jesús, la hermana de Su Madre, María la mujer de Cleofás, y María Magdalena (Juan 19:25).

María Magdalena aparece en todas las listas; María la madre de Santiago y José debe de ser la misma que María la mujer de Cleofás; por tanto, la tercera mujer se describe de tres maneras diferentes. Mateo la llama la madre de los hijos de Zebedeo; Marcos la llama Salomé, y Juan la llama la hermana de la madre de Jesús. Así que se nos dice que la madre de Santiago y Juan se llamaba Salomé, y que era hermana de María la Madre de Jesús. Eso quiere decir que Santiago y Juan eran primos hermanos de Jesús; puede ser que creyeran que su parentesco les daba derecho a un lugar especial en Su Reino.

Este es uno de los pasajes más reveladores del Nuevo Testamento. Arroja luz en tres direcciones. Primero, ilumina a los discípulos. Nos dice tres cosas acerca de ellos.

(a) Nos habla de su ambición. Todavía estaban pensando en términos de recompensas y de distinciones personales; y en el éxito personal sin el sacrificio personal. Querían que Jesús, por decreto real, les asegurara una vida de príncipes. Todos tenemos que aprender que la verdadera grandeza reside, no en el dominio, sino en el servicio; y que en cualquier esfera, el precio de la grandeza ha de ser pagado.

Esto está en la cara del debe en la cuenta de los discípulos; pero hay mucho más en la cara del haber. No hay incidente que muestre mejor que este su invencible fe en Jesús. Consideremos cuándo se hizo esta petición. Se hizo después que Jesús anunciara repetidas veces que lo que tenía por delante era la inescapable Cruz; se hizo en un momento en que el aire estaba sobrecargado con la atmósfera de la tragedia y el sentido del presagio. Sin embargo; a pesar de eso, los discípulos estaban pensando en un Reino. Es de la mayor significación el ver que, aun en un mundo del que se iban apoderando las tinieblas, los discípulos se negaban a abandonar la seguridad de que la victoria pertenecía a Jesús. En la actitud cristiana siempre tiene que haber este optimismo invencible cuando las cosas conspiran para sumirnos en la desesperación.

Todavía más: Aquí se demuestra la inquebrantable lealtad de los discípulos. Hasta cuando se les había dicho con toda claridad que lo que esperaba al final del camino era una copa amarga, nunca se les ocurrió volver la espalda; estaban decididos a beberla. Si conquistar con Cristo quiere decir sufrir con Cristo, estaban totalmente dispuestos a arrostrar ese sufrimiento.

Es fácil condenar a los discípulos, pero la fe y la lealtad en que se apoyaba su ambición no deben olvidarse nunca.

La actitud de Jesús

Segundo, este pasaje arroja luz sobre la vida cristiana. Jesús dijo que los que quisieran compartir Su triunfo debían beber Su copa. ¿Cuál era esa copa? Jesús Se estaba dirigiendo a Santiago y Juan. Ahora bien, la vida trató a Santiago y a Juan de maneras muy diferentes. Santiago fue el primer mártir de la banda apostólica (Hechos 12:2). Para él la copa fue el martirio. Por otra parte, con mucho la mayor parte del peso de la tradición está de acuerdo en que Juan llegó a una bendita ancianidad en Éfeso y murió de muerte natural cuando ya tenía cerca de cien años de edad.. Para él la copa fue la constante disciplina y lucha de la vida cristiana a través de los años.

Sería equivocado pensar que para el cristiano la copa siempre quiere decir la lucha breve, aguda, amarga, agonizante del martirio; la copa puede muy bien ser la larga rutina de la vida cristiana, con todos sus sacrificios cotidianos, su lucha diaria y sus quebrantos y desilusiones y lágrimas. Una vez se encontró una moneda romana con la efigie de un buey; el buey estaba entre dos cosas: un altar y un arado; y la inscripción decía: « Dispuesto para cualquiera de los dos.» El buey tenía que estar listo, ya fuera para el momento supremo del sacrificio en el altar, o para la larga labor del arado en la granja. No hay una sola copa para los cristianos. Puede que tengan que beber su copa en un gran momento, o a lo largo de toda una vida cristiana. Beber la copa quiere decir sencillamente seguir a Cristo dondequiera que El guíe, y ser como Él en cualquier situación que la vida nos presente.

(iii) Este pasaje arroja luz sobre Jesús. Nos muestra Su amabilidad. Lo maravilloso de Jesús es que Él nunca perdió la paciencia ni Se alteró. A pesar de todo lo que había dicho, aquí estaban estos dos hombres y su madre todavía hablando de puestos de honor en un gobierno y un reino terrenal.

Pero Jesús no Se indignó ante su ceguera, ni Se puso furioso con su necedad, ni desesperó por su incomprensión. Con amabilidad, con simpatía, con amor, nunca con una palabra impaciente, Él trata de conducirlos a la verdad.

Nos muestra Su honradez. Él estaba seguro de que Le esperaba una copa amarga que tenía que beber, y no dudaba en decirlo. No habrá nunca nadie que pretenda haber empezado a seguir a Jesús con expectativas que resultaron fallidas. Jesús nunca dejó de decir que, aunque la vida termine con una corona, es la Cruz lo que hay que llevar constantemente.

Nos muestra Su confianza en los hombres. Él nunca dudó que Santiago y Juan siguieran firmes en su lealtad. Tenían sus ambiciones equivocadas; tenían su ceguera; tenían sus ideas equivocadas; pero Él nunca soñó con descartarlos porque no sirvieran. Jesús creía que ellos podían y habrían de beber la copa, y que, al final, todavía se encontrarían de Su parte. Uno de los grandes hechos fundamentales a los que nos podemos aferrar es que, aunque nos aborrezcamos y despreciemos a nosotros mismos, Jesús siempre cree en nosotros. El cristiano es una persona en quien -Cristo ha puesto Su confianza.

La revolución cristiana

La petición de Santiago y Juan molestó naturalmente a los otros discípulos. No comprendían por qué los dos hermanos habían de sacarles ventaja, aunque fueran primos de Jesús. No comprendían por qué a esos se les permitía presentar supuestos derechos a honores especiales. Jesús sabía lo que estaban pensando; y les dirigió una palabras que son la misma base de la vida cristiana. En el mundo, dijo Jesús, es totalmente cierto que los grandes hombres están en control de los demás; son hombre a cuya voz de mando los otros tienen que obedecer; hombres que con un mero gesto hacen que se les supla la más insignificante necesidad. En el mundo había un gobernador romano con su corte, y un potentado oriental con sus esclavos. El mundo los consideraba grandes. Pero entre Mis seguidores el servicio es el único emblema de grandeza. La grandeza no consiste en obligar a otros a hacer cosas para uno, sino en hacer cosas para los demás; y cuanto mayor es el servicio, mayor es el honor. Jesús usa una especie de gradación. « Si quieres ser grande -dijo-, sé un siervo; si quieres ser el primero de todos, sé un esclavo.» Aquí está la revolución cristiana; aquí tenemos la total inversión de todos los valores del mundo. Una nueva escala de valores se ha introducido en la vida.

Lo curioso es que el mundo mismo ha aceptado instintivamente esos nuevos valores. El mundo sabe muy bien que un hombre bueno es el que sirve a sus semejantes. El mundo respetará, admirará, y algunas veces temerá al hombre de poder; pero amará al hombre de amor. El médico que va a cualquier hora del día a servir y salvar a sus pacientes; el sacerdote o pastor que está siempre entre los suyos donde se le necesita; el empresario que se toma un interés activo en las condiciones y en los problemas de sus empleados; la persona a la que todo el mundo puede acudir sabiendo que le atenderá, que no considerará una molestia atenderle esas son las personas que todo el mundo ama, y en las que instintivamente ven a Jesucristo.

Cuando aquel gran santo japonés Toyohiko Kagawa entró en contacto con el Cristianismo por primera vez, sintió su atractivo, hasta que un buen día surgió de sus entrañas el grito: «¡Oh Dios, hazme como Cristo!» Para ser como Cristo, se fue a vivir en las chabolas, aunque él mismo padecía tuberculosis. Parecía el último lugar de la Tierra al que un hombre en sus condiciones debiera ir.

Cecil Northcott, en su Famosas decisiones de la vida, cuenta lo que hizo Kagawa. Se fue a vivir a una choza de dos por dos metros en un suburbio de Tokio. « La primera noche le pidieron que compartiera la cama con uno que sufría una sarna contagiosa. Esa fue la prueba de su fe. ¿Querría volver a su punto de no vuelta atrás? No. Aceptó a su compañero de cama. Luego un mendigo le pidió su camisa, y él se la dio. Al día siguiente volvió por la chaqueta y los pantalones, y Kagawa se los dio. Kagawa se quedó con un viejo kimono raído. Los moradores del suburbio de Tokio se reían de él al principio, pero llegaron a respetarle. Se ponía en cualquier sitio, en medio de la lluvia, tosiendo todo el tiempo. “¡Dios es amor “ -gritaba- “¡Dios es amor! Donde hay amor, allí está Dios.”

Muchas veces se caía agotado, y la ruda gente de los suburbios le llevaba con cuidado a su choza.»

Kagawa mismo escribía: « Dios mora entre los más desventurados de los hombres. Se sienta en los montones de basura con los condenados a muerte. Se encuentra entre los delincuentes juveniles. Está entre los mendigos. Está entre los enfermos. Espera con los parados. Por tanto, el que quiera encontrar a Dios, que visite las celdas de la cárcel antes que el templo. Antes que ir a la iglesia, que vaya al hospital. Antes de leer la Biblia, que ayude al mendigo.»

Ahí está la grandeza. El mundo puede que mida la grandeza de una persona por el, número de hombres que puede controlar y que están a sus órdenes; o por su talla intelectual y por su eminencia académica; o por el número de juntas en las que es consejero; o por el tamaño de su cuenta corriente y de las posesiones materiales que ha amasado; pero para la valoración de Jesucristo esas cosas no tienen importancia. Su valoración es bien sencilla: ¿A cuántas personas ha ayudado?

El señorío de la cruz

Lo que Jesús requiere de Sus seguidores lo cumplió Él mismo. Él no vino para ser servido, sino para servir. No vino a ocupar un trono, sino una Cruz. Fue precisamente por eso por lo que la gente religiosa de Su tiempo no Le pudo entender. A lo largo de toda su historia, los judíos habían soñado con el Mesías; pero el Mesías con el que soñaban era siempre un rey conquistador, un poderoso caudillo, que derrotaría a los enemigos de Israel y reinaría con poder sobre todos los reinos de toda la Tierra. Buscaban un conquistador; recibieron a un Hombre quebrantado en una Cruz. Buscaban al rugiente León de Judá; recibieron al manso Cordero de Dios. Rudolf Bultmann escribe: « En la Cruz de Cristo se desmoronan los niveles de juicio y las ideas humanas acerca del esplendor del Mesías.»

Aquí se demuestra la nueva grandeza del amor doliente y del servicio sacrificial. Aquí se reafirman y renuevan la soberanía y la realeza. Jesús resumió toda Su vida en una breve frase impactante: «El Hijo del Hombre vino a dar Su vida en rescate por muchos.» Vale la pena detenerse a ver lo que las rudas manos de la teología han hecho con ese dicho precioso. Desde muy al principio, algunos empezaron a preguntarse: «Jesús dio Su vida en rescate por muchos. Bueno; pero, ¿a quién se pagó el rescate?» Orígenes no tenía la menor duda de que el rescate se había pagado al diablo. « El rescate no se Le podía haber pagado a Dios; por tanto se le pagó al Maligno, que tenía a los hombres cautivos hasta que se le pagara el rescate: la vida de Jesús.» Gregorio de Nisa se dio cuenta del flagrante fallo de esa teoría. Colocaba al diablo en el mismo nivel que a Dios; quería decir que el diablo podía dictarle sus términos a Dios antes de dejar libres a los hombres. Así que Gregorio de Nisa tuvo una extraña idea: Dios le puso un cebo al diablo. El diablo picó al ver la aparente impotencia de Jesús; confundió a Jesús con un mero hombre; trató de retener a Jesús, y al tratar de hacerlo perdió su poder y fue derrotado para siempre. Gregorio el Grande llevó la alegoría a términos todavía más grotescos, casi repugnantes. La Encarnación, dijo, fue una estratagema divina para atrapar al gran Leviatán. La divinidad de Cristo fue el anzuelo; Su humanidad fue el cebo; el cebo estaba colgando delante de Leviatán; este lo tragó, y fue apresado. Pedro Lombardo llegó al límite cuando dijo: « La Cruz fue la ratonera (muscipula) para cazar al diablo con el cebo de la sangre de Cristo.»

Esto es lo que sucede cuando se toma la poesía del amor, y se trata de convertirla en teorías de hombres. Jesús vino a dar Su vida en rescate por muchos. ¿Qué quiere decir eso? Sencillamente que los hombres estaban en las garras de un poder maligno del que no podía librarse; sus pecados los arrastraban al abismo; sus pecados los separaban de Dios; sus pecados arruinaban la vida para ellos y para el mundo. Un rescate es algo que se paga para librar a una persona de una situación de la que le es imposible librarse por sí misma. Por tanto este dicho quiere decir simplemente que costó la vida y la muerte de Jesucristo el hacer volver la humanidad a Dios.

No hay que preguntar a quién se pagó el rescate. Lo cierto e innegable es la gran, tremenda verdad de que sin Jesucristo y Su vida de servicio y Su muerte de amor, nunca habríamos podido encontrar la manera de volver al amor de Dios. Jesús lo dio todo para traer a la humanidad de vuelta a Dios; y nosotros debemos caminar-en Sus pisadas, siguiendo los pasos del que amó hasta lo último.

La petición de la ambición

Esta es una historia muy reveladora.

(i) Nos dice algo acerca de Marcos. Mateo relata esta historia (Mateo 20:20-23), pero en su versión la petición de los primeros puestos no la hacen Santiago y Juan sino su madre, Salomé. Mateo tiene que haber presentido que tal solicitud era indigna de los apóstoles; y para mantener a salvo la reputación de Santiago y Juan la atribuyó a la ambición natural de su madre. Esta historia nos muestra la honradez de Marcos. Se cuenta que un pintor de la corte hizo el retrato de Oliver Cromwell. Cromwell tenía unas verrugas en la cara que le afeaban bastante. Con la intención de agradarle, el pintor omitió las verrugas en el cuadro. Pero cuando Cromwell lo vio, dijo: « ¡Llévatelo! ¡Y píntame con verrugas y todo!» El propósito de Marcos era presentarnos a los discípulos con verrugas y todo. Y Marcos tenía razón, porque los Doce no eran una compañía de ángeles. Eran hombres normales y corrientes. Fue con personas como nosotros como Jesús emprendió la empresa de cambiar el mundo -¡y lo hizo!

(ii) Nos dice algo acerca de Santiago y Juan.

(a) Nos dice que eran ambiciosos. Cuando se obtuviera la victoria y el triunfo fuera completo, pretendían ser los primeros ministros de estado de Jesús. Puede que su ambición se incentivara por el hecho de que Jesús los había escogido como parte de Su círculo íntimo, los tres escogidos. Puede ser que fueran de un poco mejor posición que los otros. Su padre tenía una posición suficientemente desahogada como para tener jornaleros (Marcos 1:20), y puede ser que tuvieran la presunción de creer que su superioridad social les daba derecho a los primeros puestos. Y, por supuesto, creerían que tenían más derecho que nadie por ser parientes de Jesús. En cualquier caso aparecen como hombres en cuyos corazones anidaba la ambición por los primeros puestos en un reino terrenal.

(b) Nos dice que no habían conseguido comprender a Jesús. Lo sorprendente no es el que este incidente tuviera lugar, sino el momento en que sucedió. Es todo lo contrario del anuncio más definido y detallado que hizo Jesús de Su muerte, y esta petición es alucinante. Muestra mejor que ningún otro detalle lo poco que habían comprendido de lo que Jesús les estaba diciendo. Sus palabras no habían conseguido desembarazarlos de la idea de un Mesías de poder y gloria terrenales. Solamente la Cruz lo conseguiría.

(c) Pero, una vez que hemos dicho todo lo que se puede decir en contra de Santiago y Juan, esta historia nos revela algo luminoso acerca de ellos -desconcertados y todo como estaban, todavía creían en Jesús. Es alucinante que todavía pudieran conectar la gloria con un Carpintero galileo Que había incurrido en la enemistad y la oposición declarada de los líderes religiosos ortodoxos, y Que iba de camino a la Cruz. Hay aquí una confianza alucinante y una alucinante lealtad.

Puede que Santiago y Juan estuvieran confundidos, pero tenían el corazón en su sitio. Nunca pusieron en duda el triunfo final de Jesús.

(iii) Nos dice algo acerca del baremo de grandeza de Jesús. La versión Reina-Valera nos da la traducción literal exacta de lo que dijo Jesús: « ¿Podéis beber del vaso que Yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que Yo soy bautizado?» Jesús usa aquí dos metáforas hebreas.

Era costumbre en los banquetes reales que el rey pasara la copa a sus huéspedes. La copa por tanto llegó a ser una metáfora de la vida y la experiencia que Dios comunica a los hombres. « Mi copa está rebosando» decía el salmista (Salmo 23:5), cuando hablaba de la vida y experiencia y felicidad que Dios le había dado. « En la mano del Señor hay una copa,» decía el salmista (Salmo 75:8) cuando estaba pensando en la suerte que les está reservada a los malvados y desobedientes. Isaías, pensando en las desventuras que habían sobrevenido al pueblo de Israel, las describe como haber bebido « de la mano del Señor la copa de Su ira» (Isaías 51:17). La copa, o el vaso, o el cáliz, habla de la experiencia que Dios asigna a cada persona.

La otra frase que usa Jesús puede llevar a confusión en una traducción literal, motivo por el cual la hemos traducido más libremente para dar el sentido. Habla del bautismo con el que Él fue bautizado. El verbo griego baptizein significa sumergir. Su participio pasado (bebaptismenos) quiere decir sumergido, y se usa corrientemente de ser sumergido en alguna experiencia, lo mismo que en español inmerso. Por ejemplo, un manirroto se dice que está sumergido, inmerso en deudas.

Un borracho se dice que está sumergido en bebida. Una persona afligida se dice que está sumergida, inmersa en aflicción. Un muchacho ante el profesor que le va a examinar se dice que está sumergido, inmerso en preguntas. La palabra se usa corrientemente de un barco que ha sufrido un naufragio y se sumerge bajo las olas. La metáfora está muy íntimamente emparentada con la que usa corrientemente el salmista. En Salmo 42:7 leemos: «Todas Tus ondas y Tus olas han pasado sobre mí.» En Salmo 124:4 leemos: « Entonces nos habrían anegado las aguas; sobre nuestra alma habría pasado la avenida.» La expresión, como Jesús la usa aquí, no tiene nada que ver con el Bautismo. Lo que está diciendo es: «¿Podéis soportar pasar la terrible experiencia que Yo tengo que pasar? ¿Podéis sumergiros en odio y dolor y muerte como Yo?»

Estaba diciéndoles a estos dos discípulos que sin Cruz no puede haber corona. El baremo de grandeza en el Reino es el baremo de la Cruz. Fue cierto que en días entonces por venir ellos pasaron la experiencia de su Maestro, porque Santiago fue decapitado por Herodes Agripa (Hechos 12:2), y, aunque Juan probablemente no murió mártir, sí tuvo que sufrir mucho por Cristo. Ellos aceptaron el desafío de su Maestro -aunque fuera a ciegas.

(iv) Jesús les dijo que la decisión final pertenecía a Dios. La asignación final del destino era Su prerrogativa. Jesús nunca usurpó el lugar de Dios. Toda Su propia vida fue un largo acto de sumisión a la voluntad de Dios, y El sabía que esa voluntad era suprema hasta el fin.

El precio de la salvación humana

Era inevitable que la acción de Santiago y Juan produjera un profundo disgusto entre los otros diez. Les parecería que aquellos dos habían tratado de tomarles la delantera y sacar una ventaja fraudulenta sobre los demás. Inmediatamente empezó otra vez la antigua discusión sobre cuál de ellos era el más importante.

Era una situación delicada. El compañerismo del grupo apostólico podría haber empezado a resquebrajarse si Jesús no hubiera intervenido a tiempo. Los llamó, y dejó bien claro que los baremos de grandeza de Su Reino y los de los reinos de este mundo eran completamente diferentes. En los reinos del mundo, el baremo de grandeza es el poder. La prueba era: ¿Cuántas personas controla un hombre? ¿Cómo es de grande el ejército de servidores que tiene a sus espaldas y a sus órdenes? ¿A cuántas personas puede imponer su voluntad? No mucho después de esto, Galva había de resumir la idea pagana de la realeza y de la soberanía diciendo que ahora él era el emperador podía hacer lo que le diera la gana y a quien le diera la gana. En el Reino de Jesús, el baremo es el del servicio.

La grandeza consiste, no en reducir a otros al servicio de uno mismo, sino en reducirse uno mismo al servicio de los demás. La prueba no era: ¿Qué servicio puedo extraer?; sino: ¿Qué servicio puedo prestar?

Se tiende a pensar en esto como un estado ideal de cosas; pero, de hecho, es del más sano sentido común. Es de hecho el primer principio de la vida de negocios normal y corriente. Bruce Barton indica que la base sobre la cual una compañía de coches pretenderá ganar clientes es asegurando que se meterán debajo de tu coche más a menudo y se pondrán más sucios que ninguno de sus competidores. En otras palabras, que están dispuestos a dar mejor servicio. También señala que aunque el empleado normal puede irse a casa a las cinco y media de la tarde, se seguirá viendo la luz en la oficina del jefe de personal hasta bien entrada la noche, porque quiere aportar el servicio extra que le hace ocupar ese puesto.

El problema fundamental de la situación humana es que la gente quiere aportar lo menos posible y recibir lo más posible. Es solamente cuando se está lleno de deseo de meter más en la vida de lo que se saca cuando la vida vale la pena para uno y para los demás. El mundo necesita personas cuyo ideal sea el servicio -es decir, que se hayan dado cuenta de lo sensato que fue lo que dijo Jesús.

Para remachar Sus palabras, Jesús señaló a Su propio ejemplo. Con los poderes que El tenía podría haber organizado la vida totalmente como Le conviniera a El; pero Él Se había consumido a Sí mismo y todos Sus poderes en el servicio de los demás. Había venido, dijo, para dar Su vida en rescate por muchos. Esta es una de las grandes frases del Evangelio, y sin embargo ha sido tristemente manipulada y abusada. Muchos han tratado de construir una teoría de la Redención sobre lo que es un dicho de amor.

No pasó mucho tiempo antes de que algunos se preguntaran a quién se había pagado el rescate de la vida de Cristo. Orígenes hizo la pregunta: «¿A quién dio Él Su vida en rescate por muchos? No fue a Dios. ¿No sería entonces al Maligno? Porque el Maligno nos tuvo cautivos hasta que se le pagó el rescate, la vida de Jesús; porque se engañó con la idea de que podía ejercer dominio sobre ella, y no vio que no podía soportar la tortura que suponía retenerla.» Es una extraña concepción la de que la vida de Jesús se pagó como un rescate al diablo para que soltara a los hombres del cautiverio en el que los tenía; pero que el diablo descubrió que al demandar y aceptar aquel rescate se había servido, por así decirlo, más de lo que podía comer.

Gregorio de Nisa vio un fallo en esa teoría, que no es otro que el poner al diablo en igualdad de condiciones que Dios. Le permite hacer un trato con Dios de igual a igual. Así que Gregorio de Nisa inventó una idea alucinante de un truco que le hizo Dios al diablo. El diablo se engañó ante la aparente debilidad de la Encarnación. Tomó a Jesús por un hombre corriente. Trató de ejercer su autoridad sobre Él y, al intentarlo, perdió su autoridad. También esta es una idea extraña -que Dios usara un truco para vencer al diablo.

Pasaron otros doscientos años, y Gregorio el Grande asumió de nuevo la idea. Usó una metáfora fantástica: La Encarnación fue una estratagema divina para cazar al gran Leviatán. La deidad de Cristo era el anzuelo, y Su carne era el cebo. Cuando se le presentó el cebo a Leviatán, el diablo, se lo tragó, y trató de tragarse el anzuelo también, y así acabó «pescado» para siempre.

Por último, Pedro Lombardo llevó esta idea hasta sus últimas consecuencias grotescas y repelentes. « La Cruz -dijofue una ratonera para cazar al diablo, con el anzuelo de la sangre de Cristo.» Todo esto es un ejemplo lastimoso de lo que sucede cuando se toma una idea encantadora y preciosa, y se la trata como materia prima para convertirla en teología seca y fría.

Supongamos que decimos: « El dolor es el precio del amor.» Queremos decir que el amor no puede existir sin la posibilidad del dolor; pero nunca se nos ocurre explicar a quién se paga ese precio. Supongamos que decimos que la libertad sólo se puede obtener al precio de sangre, sudor y lágrimas; nunca pensamos en investigar a quién se paga ese precio. Este dicho de Jesús es una manera sencilla y pictórica de decir que costó Su vida el hacer volver a la humanidad de su pecado al amor de Dios. Quiere decir que el precio de nuestra salvación fue la Cruz de Cristo. No podemos llegar más allá, ni tenemos por qué intentarlo. Sabemos solamente que algo sucedió en la Cruz que nos abrió el camino a Dios.

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