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Jesús enseña acerca del servicio a otros

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Ahí está la grandeza. El mundo puede que mida la grandeza de una persona por el, número de hombres que puede controlar y que están a sus órdenes; o por su talla intelectual y por su eminencia académica; o por el número de juntas en las que es consejero; o por el tamaño de su cuenta corriente y de las posesiones materiales que ha amasado; pero para la valoración de Jesucristo esas cosas no tienen importancia. Su valoración es bien sencilla: ¿A cuántas personas ha ayudado?

El señorío de la cruz

Lo que Jesús requiere de Sus seguidores lo cumplió Él mismo. Él no vino para ser servido, sino para servir. No vino a ocupar un trono, sino una Cruz. Fue precisamente por eso por lo que la gente religiosa de Su tiempo no Le pudo entender. A lo largo de toda su historia, los judíos habían soñado con el Mesías; pero el Mesías con el que soñaban era siempre un rey conquistador, un poderoso caudillo, que derrotaría a los enemigos de Israel y reinaría con poder sobre todos los reinos de toda la Tierra. Buscaban un conquistador; recibieron a un Hombre quebrantado en una Cruz. Buscaban al rugiente León de Judá; recibieron al manso Cordero de Dios. Rudolf Bultmann escribe: « En la Cruz de Cristo se desmoronan los niveles de juicio y las ideas humanas acerca del esplendor del Mesías.»

Aquí se demuestra la nueva grandeza del amor doliente y del servicio sacrificial. Aquí se reafirman y renuevan la soberanía y la realeza. Jesús resumió toda Su vida en una breve frase impactante: «El Hijo del Hombre vino a dar Su vida en rescate por muchos.» Vale la pena detenerse a ver lo que las rudas manos de la teología han hecho con ese dicho precioso. Desde muy al principio, algunos empezaron a preguntarse: «Jesús dio Su vida en rescate por muchos. Bueno; pero, ¿a quién se pagó el rescate?» Orígenes no tenía la menor duda de que el rescate se había pagado al diablo. « El rescate no se Le podía haber pagado a Dios; por tanto se le pagó al Maligno, que tenía a los hombres cautivos hasta que se le pagara el rescate: la vida de Jesús.» Gregorio de Nisa se dio cuenta del flagrante fallo de esa teoría. Colocaba al diablo en el mismo nivel que a Dios; quería decir que el diablo podía dictarle sus términos a Dios antes de dejar libres a los hombres. Así que Gregorio de Nisa tuvo una extraña idea: Dios le puso un cebo al diablo. El diablo picó al ver la aparente impotencia de Jesús; confundió a Jesús con un mero hombre; trató de retener a Jesús, y al tratar de hacerlo perdió su poder y fue derrotado para siempre. Gregorio el Grande llevó la alegoría a términos todavía más grotescos, casi repugnantes. La Encarnación, dijo, fue una estratagema divina para atrapar al gran Leviatán. La divinidad de Cristo fue el anzuelo; Su humanidad fue el cebo; el cebo estaba colgando delante de Leviatán; este lo tragó, y fue apresado. Pedro Lombardo llegó al límite cuando dijo: « La Cruz fue la ratonera (muscipula) para cazar al diablo con el cebo de la sangre de Cristo.»

Esto es lo que sucede cuando se toma la poesía del amor, y se trata de convertirla en teorías de hombres. Jesús vino a dar Su vida en rescate por muchos. ¿Qué quiere decir eso? Sencillamente que los hombres estaban en las garras de un poder maligno del que no podía librarse; sus pecados los arrastraban al abismo; sus pecados los separaban de Dios; sus pecados arruinaban la vida para ellos y para el mundo. Un rescate es algo que se paga para librar a una persona de una situación de la que le es imposible librarse por sí misma. Por tanto este dicho quiere decir simplemente que costó la vida y la muerte de Jesucristo el hacer volver la humanidad a Dios.

No hay que preguntar a quién se pagó el rescate. Lo cierto e innegable es la gran, tremenda verdad de que sin Jesucristo y Su vida de servicio y Su muerte de amor, nunca habríamos podido encontrar la manera de volver al amor de Dios. Jesús lo dio todo para traer a la humanidad de vuelta a Dios; y nosotros debemos caminar-en Sus pisadas, siguiendo los pasos del que amó hasta lo último.

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