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Jesús enseña acerca del servicio a otros

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Nos muestra Su confianza en los hombres. Él nunca dudó que Santiago y Juan siguieran firmes en su lealtad. Tenían sus ambiciones equivocadas; tenían su ceguera; tenían sus ideas equivocadas; pero Él nunca soñó con descartarlos porque no sirvieran. Jesús creía que ellos podían y habrían de beber la copa, y que, al final, todavía se encontrarían de Su parte. Uno de los grandes hechos fundamentales a los que nos podemos aferrar es que, aunque nos aborrezcamos y despreciemos a nosotros mismos, Jesús siempre cree en nosotros. El cristiano es una persona en quien -Cristo ha puesto Su confianza.

La revolución cristiana

La petición de Santiago y Juan molestó naturalmente a los otros discípulos. No comprendían por qué los dos hermanos habían de sacarles ventaja, aunque fueran primos de Jesús. No comprendían por qué a esos se les permitía presentar supuestos derechos a honores especiales. Jesús sabía lo que estaban pensando; y les dirigió una palabras que son la misma base de la vida cristiana. En el mundo, dijo Jesús, es totalmente cierto que los grandes hombres están en control de los demás; son hombre a cuya voz de mando los otros tienen que obedecer; hombres que con un mero gesto hacen que se les supla la más insignificante necesidad. En el mundo había un gobernador romano con su corte, y un potentado oriental con sus esclavos. El mundo los consideraba grandes. Pero entre Mis seguidores el servicio es el único emblema de grandeza. La grandeza no consiste en obligar a otros a hacer cosas para uno, sino en hacer cosas para los demás; y cuanto mayor es el servicio, mayor es el honor. Jesús usa una especie de gradación. « Si quieres ser grande -dijo-, sé un siervo; si quieres ser el primero de todos, sé un esclavo.» Aquí está la revolución cristiana; aquí tenemos la total inversión de todos los valores del mundo. Una nueva escala de valores se ha introducido en la vida.

Lo curioso es que el mundo mismo ha aceptado instintivamente esos nuevos valores. El mundo sabe muy bien que un hombre bueno es el que sirve a sus semejantes. El mundo respetará, admirará, y algunas veces temerá al hombre de poder; pero amará al hombre de amor. El médico que va a cualquier hora del día a servir y salvar a sus pacientes; el sacerdote o pastor que está siempre entre los suyos donde se le necesita; el empresario que se toma un interés activo en las condiciones y en los problemas de sus empleados; la persona a la que todo el mundo puede acudir sabiendo que le atenderá, que no considerará una molestia atenderle esas son las personas que todo el mundo ama, y en las que instintivamente ven a Jesucristo.

Cuando aquel gran santo japonés Toyohiko Kagawa entró en contacto con el Cristianismo por primera vez, sintió su atractivo, hasta que un buen día surgió de sus entrañas el grito: «¡Oh Dios, hazme como Cristo!» Para ser como Cristo, se fue a vivir en las chabolas, aunque él mismo padecía tuberculosis. Parecía el último lugar de la Tierra al que un hombre en sus condiciones debiera ir.

Cecil Northcott, en su Famosas decisiones de la vida, cuenta lo que hizo Kagawa. Se fue a vivir a una choza de dos por dos metros en un suburbio de Tokio. « La primera noche le pidieron que compartiera la cama con uno que sufría una sarna contagiosa. Esa fue la prueba de su fe. ¿Querría volver a su punto de no vuelta atrás? No. Aceptó a su compañero de cama. Luego un mendigo le pidió su camisa, y él se la dio. Al día siguiente volvió por la chaqueta y los pantalones, y Kagawa se los dio. Kagawa se quedó con un viejo kimono raído. Los moradores del suburbio de Tokio se reían de él al principio, pero llegaron a respetarle. Se ponía en cualquier sitio, en medio de la lluvia, tosiendo todo el tiempo. “¡Dios es amor “ -gritaba- “¡Dios es amor! Donde hay amor, allí está Dios.”

Muchas veces se caía agotado, y la ruda gente de los suburbios le llevaba con cuidado a su choza.»

Kagawa mismo escribía: « Dios mora entre los más desventurados de los hombres. Se sienta en los montones de basura con los condenados a muerte. Se encuentra entre los delincuentes juveniles. Está entre los mendigos. Está entre los enfermos. Espera con los parados. Por tanto, el que quiera encontrar a Dios, que visite las celdas de la cárcel antes que el templo. Antes que ir a la iglesia, que vaya al hospital. Antes de leer la Biblia, que ayude al mendigo.»

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