Jesús enseña abiertamente en el templo

(b) Ahora bien: la circuncisión incluye dos cosas. Es una atención médica a una parte del cuerpo humano; y el cuerpo tiene, de hecho, doscientas cuarenta y ocho partes (según el cómputo de los judíos de entonces). Pero también es una especie de mutilación, porque consiste en eliminar algo que formaba parte del cuerpo. « ¿Cómo podéis, razonablemente, culparme por darle a un hombre la salud completa de todo su cuerpo cuando vosotros os permitís mutilar cuerpos el sábado?» Ese era una razonamiento sumamente inteligente y que se basaba en los mismos principios de la ley de Dios.

(c) Jesús acaba diciéndoles que traten de ver lo que hay debajo de la superficie de las cosas y de juzgar justamente. Si lo hicieran, ya no podrían acusarle de quebrantar la Ley. Un pasaje como este puede que nos resulte remoto; pero, cuando lo leemos, podemos admirar la clara, profunda y lógica mente de Jesús en operación, y podemos observarle saliendo al paso a los más sabios y agudos hombres de su tiempo con sus propias armas y en sus propios términos; y ver cómo los derrotaba.

Las credenciales de Jesús

Cuando el festival iba ya por la mitad Jesús subió al recinto del templo y se puso a enseñar. Algunos de los de Jerusalén decían: -¿No es este el que estaban buscando para matarle? ¡Y fijaos! ¡Está hablando en público, y no le dicen nada! ¿Será que las autoridades han descubierto sin lugar a dudas que este es el Ungido de Dios? Pero no podría ser así; porque Éste sabemos de dónde es, y cuando venga el Ungido de Dios nadie sabrá de dónde ha venido. A eso Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: -¡Conque me conocéis, y sabéis de dónde soy! Pero no he venido por mi propia cuenta, sino que el que me envió es real. Vosotros no le conocéis, pero yo sí, porque he venido de Él, y Él es quien me ha enviado. A todo esto, les habría gustado encontrar la manera de arrestarle; pero nadie le puso la mano encima, porque su hora no había llegado todavía.

Ya hemos visto que es probable que los versículos 15-24 deban colocarse detrás de 5:47; así que, para restablecer la conexión, pasamos del versículo 14 al 25. La gente se sorprendió de encontrar a Jesús predicando en el recinto el templo. A lo largo de los lados del atrio de los Gentiles se extendían dos grandes pórticos con columnas: el pórtico Real y el de Salomón. Eran lugares en los que se reunía la gente, y donde a veces enseñaban los rabinos, y sería allí donde se encontraba Jesús entonces. Por lo menos parte de la gente, los que eran de Jerusalén, conocían muy bien la hostilidad de las autoridades hacia Jesús; y se sorprendieron de ver el valor con que desafiaba a las autoridades, y más aún de que le permitieran enseñar públicamente. De pronto se les ocurrió una posibilidad sorprendente: «¿Podría ser que este fuera el Mesías, el Ungido de Dios, y que las autoridades lo hubieran reconocido?»

Pero tan pronto como se les ocurrió aquella idea, la rechazaron. Y la razón era que ellos sabían. que Jesús era de Nazaret, y quiénes eran sus padres, hermanos y hermanas. Su identidad no tenía ningún misterio, lo cual le descartaba como posible Mesías, ya que la creencia popular era que el Mesías aparecería misteriosamente. Creían que estaría oculto esperando, y algún día eclosionaría repentinamente en el mundo sin que nadie supiera de dónde había salido. Creían que el Mesías nacería en Belén, el pueblo de David; pero también creían que eso sería todo lo que se sabría de él. En el evangelio de Juan no se hace referencia al nacimiento de Jesús en Belén que relata Lucas.

Había un dicho rabínico: «Tres cosas se presentan inesperadamente: el Mesías, las oportunidades y los alacranes.» El Mesías aparecería tan por sorpresa como las oportunidades que Dios envía o los alacranes que están escondidos entre las piedras. En años posteriores, cuando Justino Mártir estaba hablando y discutiendo con un judío sobre sus creencias, el judío dijo acerca del Mesías: « Aunque el Mesías hubiera nacido ya y estuviera en algún sitio, no sabría ni él mismo que era el Mesías, ni tendría ningún poder hasta que viniera Elías a ungirle y darle a conocer.» La creencia popular era que el Mesías aparecería en el mundo de improviso y misteriosamente. Esas condiciones no se daban en Jesús; para los judíos, su origen no tenía ningún misterio. Esta creencia era característica de una cierta actitud mental que prevalecía entre los judíos y que no ha desaparecido ni mucho menos: la que busca a Dios en lo extraordinario. La enseñanza del Evangelio es precisamente la inversa. Si Dios sólo está en lo sobrenatural, está muy poco en el mundo; mientras que, si está en las cosas normales, está siempre presente y en todo. El Cristianismo no considera este mundo como un lugar que Dios visita raras veces, sino como un mundo del que Dios no está nunca ausente.

En respuesta a estas objeciones, Jesús hizo dos afirmaciones, ambas escandalizadoras para la gente y para las autoridades. Dijo que era verdad que sabían quién y de dónde era Él; pero era igualmente verdad que, en último término, Él había venido directamente de Dios. Y en segundo lugar, dijo que ellos no conocían a Dios, pero Él sí. Era todo un insulto el decirle al pueblo de Dios que no conocían a Dios, y una pretensión increíble la de decir que Él, Jesús, era el único que le conocía, que estaba en una relación única y exclusiva con Dios de la que no participaba nadie más.

Aquí tenemos uno de los grandes virajes de la vida de Jesús. Hasta aquí, las autoridades le habían tenido por un revolucionario que quebrantaba el sábado, lo cual era ya para ellos un crimen considerable; pero desde ahora ya no sería culpable sólo de quebrantar el sábado, sino del pecado supremo de blasfemia. Tal como ellos lo veían, Jesús hablaba de Israel y de Dios de una manera que ningún ser humano tenía derecho a emplear.

Este es el dilema que sigue presentándonos: O lo que Jesús decía de Sí mismo era falso, en cuyo caso sería culpable de una blasfemia que nadie se ha atrevido a pronunciar jamás; o lo que decía de sí mismo era la verdad, en cuyo caso Él es el que pretende ser y no puede describirse en otros términos que como el Hijo de Dios. Cada persona tiene que decidirse a favor o en contra de Jesucristo.

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