Jesús enseña abiertamente en el templo

(iv) Hay un veredicto de que era un hereje. Las autoridades judías vieron en Él a uno que estaba desviando a la gente de la verdadera religión. Le acusaron de todos los crímenes contra la religión que había en lista: de quebrantar el sábado, de ser un borrachín y un glotón, de tener los amigos menos recomendables, de ir en contra de la religión ortodoxa. Está bien claro que, si preferimos nuestra idea de la .religión a la suya, nos parecerá un hereje; y una de las cosas más difíciles del mundo es el reconocer que se está en un error.

(v) Hay un veredicto de que era un valiente (versículo 26). Nadie podrá jamás dudar de su coraje. Tenía valor moral para desafiar los convencionalismos y ser diferente. Tenía el valor físico para soportar los más terribles sufrimientos. Tuvo el valor de seguir adelante cuando su familia le abandonó, sus amigos le desampararon y uno de su propio círculo le traicionó. Le vemos aquí entrando valientemente en Jerusalén sabiendo que era para Él como la cueva de los leones. « Temía a Dios tanto que no le tenía miedo a ningún hombre», se dijo del reformador escocés John Knox. ¡Con mucha más razón podría decirse de Jesús!

(vi) Hay un veredicto de que tenía la personalidad más dinámica (versículo 46): El veredicto de los alguaciles que mandaron a prenderle en el templo y volvieron con las manos vacías fue que nunca había hablado nadie como Él. Julian Duguid nos cuenta que una vez iba haciendo un viaje en el mismo trasatlántico que Wilfred Grenfell; y dice que se podía saber cuando Grenfell entraba en una habitación aunque se estuviera de espaldas por la ola de autoridad que emanaba. Cuando pensamos en cómo el carpintero galileo se enfrentaba con los más poderosos del país y los dominaba hasta el punto de que eran ellos los que estaban sometidos a juicio y no Él, estamos obligados a reconocer que Él era, por lo menos, una de las personalidades supremas de la Historia. El cromo de un Jesús blanducho y anémico no le va. Del verdadero Jesús fluía un poder que hizo volver alucinados y con las manos vacías a los que habían sido enviados a detenerle.

(vii) Hay un veredicto de que era el Cristo, el Ungido de Dios. Es un hecho innegable que Jesús no encaja en ninguna de las categorías humanas que hay disponibles; sólo la categoría de lo divino le pertenece por derecho propio.

Hay otras tres reacciones a Jesús que debemos considerar.

(i) Está la reacción de temor de la multitud (versículo 13). Hablaban de Él, pero tenían miedo de hacerlo en voz demasiado alta. La palabra que usa Juan es onomatopéyica -es decir, que imita el sonido de lo que describe. Es la palabra gonguysmós. La palabra de la Reina-Valera es murmullo, mormollo en la Biblia del Oso; cuchicheando en la Nueva Biblia Española. Indica una especie de gruñido de queja en voz baja. Es la palabra que se usa de la murmuración de los israelitas contra Moisés en el desierto; era algo que hacían en voz baja porque tenían miedo de decirlo en alto. El miedo puede impedir que se proclamen las convicciones; pero el cristiano no debe tener miedo de decirle al mundo que cree en Jesucristo.

(ii) La reacción de algunos de la multitud fue la fe (versículo 31). Eran hombres y mujeres que no podían negar lo que les resultaba evidente. Oían lo que decía Jesús; veían lo que hacía; recibían el impulso de su dinamismo, y creían en Él. Cuando una persona se desembaraza de sus prejuicios y temores no tiene más remedio que acabar creyendo.

(iii) La reacción de Nicodemo fue defender a Jesús (versículo 50). En aquel concilio de las autoridades judías, la suya fue la única voz que se levantó en su defensa. Ahí está el deber de todos nosotros. Ian Maclaren solía decirles a sus alumnos cuando predicaban: «¡Decid algo bueno de Jesús!» Hoy vivimos en un mundo hostil al Evangelio de muchas maneras y en muchos sitios; pero lo sorprendente es que la gente no ha estado nunca tan dispuesta a hablar de Cristo y a discutir de religión. Vivimos en una generación en la que es fácil ganarse el título de los reyes de «Defensor de la fe.» Dios nos ha dado el privilegio de poder ser abogados y defensores de Cristo frente a las críticas, y hasta las burlas, de los que no le conocen, pero le necesitan desesperadamente.

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