Jesús enseña abiertamente en el templo

(iii) Ambas reacciones confluían en un deseo ardiente de eliminar a Jesús (versículos 30 y 32). Cuando los ideales de una persona están en conflicto con los de Cristo, o bien se somete o tratará de buscar la manera de eliminarle a Él. Hitler no quería tener cristianos cerca, porque reconocen una lealtad superior a la que los ata al estado. Una persona se enfrenta con una sencilla alternativa si deja que Cristo entre en su órbita. Tiene que escoger entre lo que ella misma quiere, o lo que Cristo quiere; y, si quiere seguir haciendo su propia voluntad, tiene que tratar de eliminar de su vida a Cristo.

(iv) Tenemos el desprecio arrogante (versículos 15, 47-49). ¿Qué derecho tenía este Hombre para venir a establecer su ley? Jesús no tenía títulos académicos; no había estudiado en las escuelas rabínicas. ¿Qué persona inteligente iría a escucharle? Aquí tenemos la reacción de los intelectuales presumidos.

Muchos grandes poetas y escritores y predicadores no tenían títulos. Esto no es decir, ni mucho menos, que el estudio no sirva para nada; pero debemos tener cuidado con rechazar a nadie e incluirle entre los que no tienen ninguna importancia simplemente porque carece del equipo técnico de las escuelas.

(v) Tenemos la reacción de la multitud. Tenía dos caras; la primera era una reacción de interés (versículo 11). La única actitud que es imposible cuando Cristo realmente invade la vida es la indiferencia. Aparte de todo lo demás, Jesús es la figura más interesante de la Historia. Y la segunda fue la reacción de la discusión (versículos 12 y 43). Se hablaba de Jesús; se presentaban puntos de vista acerca de Él; se debatía su persona. Aquí hay tanto de valor como de peligro. El valor es que nada ayuda a aclarar nuestra opinión tanto como contraponerla a las de los demás. La mente se aguza con la mente como el hierro con el hierro. El peligro es que la religión se puede convertir muy fácilmente en una cuestión de discusión y de debate que se prolonga toda la vida sin llegar a nada. Hay una gran diferencia entre ser un teólogo amateur que no pasa de la discusión, y ser una persona realmente creyente, que ha pasado de hablar de Cristo a conocerle personalmente de veras.

Veredictos sobre Jesús

En este capítulo hay una serie de veredictos sobre Jesús.

(i) Hay un veredicto de que era una buena persona (versículo 12). Ese veredicto es verdad, pero no es toda la verdad. Napoleón hizo una famosa observación: «Yo conozco a los hombres, y Jesucristo es más que un hombre.» Jesús es, desde luego, un hombre verdadero; pero es, además, el verdadero Hombre, y en Él está la Mente de Dios. Cuando habla, no es sólo un hombre hablando a los hombres; si fuera sólo eso podríamos discutir Sus mandamientos. Cuando Él habla, es Dios hablando a la humanidad; el Cristianismo no consiste en discutir Sus mandamientos, sino en cumplirlos.

(ii) Hay un veredicto de que era un profeta (Versículo 40). También eso es verdad. El profeta es uno que anuncia la voluntad de Dios, uno que ha vivido tan cerca de Dios que conoce Su pensamiento y propósito. Eso es verdad de Jesús; pero hay una gran diferencia entre un profeta y Jesús. El profeta dice: « Así dice el Señor.» Tiene una autoridad prestada y delegada. Su mensaje no tiene su origen en él mismo. Pero Jesús dice: «Yo os digo.» Tiene derecho a hablar, y su autoridad no es delegada, sino que le es propia.

(iii) Hay un veredicto de que era un loco que vivía fuera de la realidad (versículo 20). La disyuntiva es: o Jesús es la única Persona totalmente sana que ha habido en el mundo, o es un loco. Escogió la Cruz cuando hubiera podido tener el poder. Fue el Siervo doliente cuando hubiera podido ser un rey conquistador. Lavó los pies de sus discípulos cuando hubiera podido tener a toda la humanidad a sus pies. Vino para servir cuando hubiera podido someter al mundo entero a su servicio. No es sentido común lo que nos imparten las palabras de Jesús, sino un sentido que le es exclusivo. Él puso la escala de valores del mundo patas arriba porque trajo a un mundo loco la suprema sensatez de Dios.

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