Jesús enseña a orar

Ese es exactamente el sentir del cristiano para con Dios. La santidad, la majestad y el poder son los de Aquel a Quien Jesús nos ha enseñado a llamar Padre nuestro.

Hasta ahora hemos estado pensando en las dos primeras palabras que dirigimos a Dios -Padre nuestro; pero Dios no es solamente nuestro Padre: Es nuestro Padre Que está en el Cielo. Estas palabras tienen una importancia capital. Nos conservan dos grandes verdades.

(i) Nos recuerdan la santidad de Dios. Es fácil convertir en sensiblería toda la idea de la paternidad de Dios, haciéndola una excusa para una religiosidad cómoda y permisiva. «Es un buen tipo, y le da todo igual» como dijo Heine de Dios: «Dios me perdonará. Para eso está.»

Si dijéramos sólo Padre nuestro y nos paráramos ahí, podríamos tener alguna disculpa; pero es a nuestro Padre del Cielo a Quien nos dirigimos. El amor está presente, pero la santidad también. Es extraordinario lo rara vez que Jesús usa la palabra Padre refiriéndose a Dios. El evangelio de Marcos es el más antiguo, y por tanto el más próximo a un reportaje de lo que Jesús dijo e hizo; y en el evangelio de Marcos Jesús llama a Dios «Padre» sólo seis veces, y nunca fuera del círculo de los discípulos. Para Jesús, la palabra Padre era tan sagrada que casi no podía soportar el usarla; y no la podía usar a menos que fuera entre los que ya habían captado algo de lo que quería decir.

No debemos usar nunca la palabra Padre refiriéndonos a Dios con ligereza, superficialidad y sentimentalismo. Dios no es un padre de manga ancha que cierra los ojos tolerantemente a todos los pecados y faltas y errores. Este Dios a Quien llamamos Padre, es el Dios al Que debemos acercarnos con reverencia y adoración, y temor y admiración. Dios es nuestro Padre del Cielo, y en Dios se dan en perfecta armonía el amor y la santidad.

(ii) Nos recuerdan el poder de Dios. En el amor humano se da muy a menudo la tragedia de la frustración. Puede que amemos a una persona, y sin embargo seamos incapaces de ayudarla a conseguir algo o a dejar algo.

El amor humano puede ser intenso -y sin embargo impotente. Cualquier padre con un hijo extraviado, o cualquier enamorado con una amada errática lo sabe muy bien. Pero cuando decimos Padre nuestro del Cielo, ponemos juntas dos cosas. Colocamos el amor de Dios al lado del poder de Dios. Nos decimos que el poder de Dios siempre está motivado por el amor de Dios, y nunca se ejerce sino para nuestro bien; nos decimos que el amor de Dios está respaldado por el poder de Dios, y que, por tanto, su propósito no puede ser nunca frustrado ni derrotado. Pensamos en términos de amor, pero es el amor de Dios. Cuando oramos Padre nuestro del Cielo debemos recordar siempre la santidad de Dios y el amor de Dios que se mueven en amor, y el amor que está detrás del poder invencible de Dios.

La santificación del nombre

Que Tu nombre sea tenido por santo. «Santificado sea Tu nombre» -probablemente es cierto que, de todas las peticiones de la Oración Dominical, ésta es la nos sería más difícil explicar. Así que, en primer lugar, concentrémonos en el sentido determinado de las palabras. La palabra que traducimos por santificar es el verbo griego haguiázesthai, relacionado con el adjetivo haguios, que quiere decir tratar a una persona o cosa como haguios. Haguios es la palabra que traducimos corrientemente por santo; pero el sentido básico de haguios es diferente o separado. Algo que es haguios es diferente de otras cosas: Una persona que es haguios es separada de las otras personas. Así, un templo es haguios porque es diferente de los otros edificios. Un altar es haguios porque existe para un propósito diferente del de las cosas ordinarias. El día del Señor es haguios porque es diferente de otros días. Un sacerdote es haguios porque está separado para un ministerio especial. Así que, esta petición quiere decir: «Que el nombre de Dios se trate de una manera diferente de los otros nombres; que se dé al nombre de Dios una posición que sea absolutamente única.» Pero hay algo que añadir a esto. En hebreo, el nombre no quiere decir simplemente el nombre propio por el que se conoce a una persona -Juan o Santiago, o el nombre que sea. En hebreo, el nombre quiere decir la naturaleza, el carácter, la personalidad de la persona en tanto en cuanto nos es conocida o revelada. Esto resulta claro cuando vemos cómo usan la expresión los autores bíblicos. El salmista dice: «En Ti confiarán los que conocen Tu nombre» (Salmo 9:10). Está claro que esto no quiere decir que los que saben que Dios se llama Jehová pondrán en Él su confianza. Quiere decir los que saben cómo es Dios, los que conocen la naturaleza y el carácter de Dios pondrán en Él su confianza. El salmista dice: «Unos presumen de carros de combate y otros de caballería; pero nuestro orgullo es el nombre del Señor nuestro Dios» (Salmo 20:7). Está claro que esto no quiere decir que en tiempos difíciles el salmista se acordará de que Dios se llama Jehová. Quiere decir que, en tales momentos, algunos confían en las ayudas y defensas humanas y materiales; pero el salmista se acordará de la naturaleza y el carácter de Dios; se acordará de cómo es Dios, y ese recuerdo le dará confianza. Así que, tomemos estas dos cosas y pongámoslas juntas. Haguiázesthai, que se traduce por santificar, quiere decir considerar como diferente, dar un lugar único y especial. El nombre› es la naturaleza, el carácter, la personalidad de la persona en tanto en cuanto nos es conocida y revelada. Por tanto, cuando oramos: «Santificado sea Tu nombre,» queremos decir: «Capacítanos para darte el lugar único y soberano que merecen Tu naturaleza y carácter.»

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