Jesús enseña a orar

Sir James Barrie tiene una comedia que se llama La Voluntad. El señor Devizes, abogado, se da cuenta de que un anciano empleado que llevaba muchos años a su servicio, parecía muy enfermo. Le preguntó si le pasaba algo. El anciano le dijo que su médico le había informado de que estaba sufriendo de una enfermedad fatal e incurable. Devizes (incómodo).- Estoy seguro de que no es… lo que usted se teme. Cualquier especialista se lo diría. Surtees (sin levantar la vista).- Ya he ido a uno… señor… ayer. Devizes.- ¿Y qué? Surtees.- Es… eso, señor. Devizes.- No puede ser que esté seguro. Surtees.- Sí, señor. Devizes.- Una operación… Surtees.- Ya es demasiado tarde, me dijo. Si se me hubiera operado hace tiempo, podría tener alguna posibilidad. Devizes.- Pero usted no lo tenía entonces. Surtees.- No tenía conocimiento, señor; pero dice que estaba ahí todo el tiempo, siempre dentro de mí, un punto negro, tan pequeño como la cabeza de un alfiler, pero esperando extenderse y destruirme cuando llegara su tiempo. Devizes (impotente).- Parece una cosa terriblemente injusta. Surtees (humildemente).- No lo sé, señor. Dice que casi todo el mundo tiene un punto de esa clase, y que si no hacemos algo acaba con nosotros. Devizes.- No. No. No. Surtees.- Lo llamaba «la maldita cosa.»

Creo que quería decir que deberíamos saberlo, y estar en guardia. En toda persona hay un punto débil que, si no se tiene cuidado, puede acabar con ella. En algún lugar de nuestra persona hay un fallo de temperamento, algún instinto o pasión tan fuerte que puede que en cualquier momento rompa la traílla, algún detalle de nuestra naturaleza que hace que lo que es un placer para otros sea una amenaza para nosotros. Deberíamos darnos cuenta, y no bajar la guardia.

(v) Pero, aunque parezca extraño, la tentación viene a veces, no de nuestro punto débil, sino de nuestro punto fuerte.

Si hay algo de lo que tengamos la costumbre de decir: «Eso es algo que yo no haría jamás,» ¡cuidado! Ya nos advierte la sabiduría popular: «Nunca digas: «¡De esa agua no beberé»! .La Historia está llena de casos de castillos que se asaltaron precisamente por donde se consideraban tan inexpugnables que no, necesitaban guardia. Nada le ofrece una ocasión mejor a la tentación que el exceso de confianza. Debemos mantener la vigilancia en nuestros puntos más débiles y en los más fuertes.

La defensa contra la tentación

Hemos pensado en el ataque de la tentación. Vamos a considerar ahora nuestras defensas contra ella.

(i) Está la sencilla defensa de la propia dignidad.

Cuando la vida de Nehemías estaba en peligro, se le sugirió que dejara el trabajo y se encerrara en el templo hasta que pasara el peligro. Y él respondió: «¿Un hombre como yo ha de huir? ¿Y quién que fuera como yo se metería en el templo para salvar la vida? ¡No entraré!» (Nehemías 6:11). Uno puede dar la espalda a muchas cosas, pero no a sí mismo. No tiene más remedio que vivir con sus recuerdos, y el de haber perdido la dignidad es intolerable. Una vez le aconsejaron al presidente Garfield, de los Estados Unidos, que siguiera un curso de acción muy rentable, aunque no honorable. Se le dijo: «Nadie se enterará.» Y contestó: « El presidente Garfield lo sabrá, y no tengo más remedio que dormir con él.»

Cuando somos tentados, bien podemos defendernos diciendo: « ¿Y una persona como yo va a hacer eso?»

(ii) Está la defensa de la herencia.

Uno no puede faltar fácilmente a sus tradiciones y a su herencia, que son el producto y el esfuerzo de generaciones. Cuando Pericles, el mayor de los estadistas de Atenas, iba a dirigirle la palabra a la asamblea de los ciudadanos, siempre se decía para sus adentros: «Pericles, recuerda que eres ateniense y vas a dirigirte a los atenienses.» Una de las hazañas épicas de la II Guerra Mundial fue la defensa de Tobruk. Los soldados de la Coldstream Guard se abrieron paso para salir, pero sólo un puñado de ellos sobrevivieron, y parecían sombras de hombres. La R.A.F. (Fuerzas Aéreas Reales) se hicieron cargo de los doscientos supervivientes de los dos batallones. Uno de los oficiales de los Guards estaba en el comedor, y uno de la R.A.F. le dijo: «Después de todo, como soldados de los Guards no podíais haber hecho otra cosa que intentar lo imposible.» Y otro añadió: «Debe de ser terrible ser de los Guards; porque la tradición te obliga a seguir adelante cualesquiera que sean las circunstancias.»

El poder de la tradición es uno de los más grandes de la vida. Pertenecemos a un país, a una escuela, a una familia, a una iglesia. Lo que hagamos afectará a lo que hemos recibido. No podemos traicionar la tradición que hemos heredado.

(iii) Está la defensa de los que amamos y nos aman.

Muchos se meterían en pecado si fueran ellos los únicos que habrían de sufrir las consecuencias; pero los salva el temor al dolor que causarían a sus seres amados. Laura Richards tiene la siguiente parábola: Un hombre estaba sentado a la puerta de su casa fumando la pipa, y su vecino se sentó a su lado y empezó a tentarle: -Eres pobre -le dijo el vecino- y estás en el paro. Aquí tienes la manera de vivir mejor. Será un trabajillo fácil, y te dará dinero, y no es menos honrado que muchas cosas que hace la gente respetable todos los días. Serás un estúpido si desperdicias una ocasión como esta. Vente conmigo, y zanjaremos la cuestión en seguida. En aquel momento llegó su esposa a la puerta de la chabola con el niño en los brazos. -¿Me puedes tener al bebé un minuto? – le preguntó-. Está inquieto, y yo tengo que tender la ropa. El hombre tomó al niño y se le puso en las rodillas. Mientras le tenía así, el niño le miró, y parecía decirle con los ojos: -Soy carne de tu carne, y alma de tu alma. Donde tú me guíes, te seguiré. Dirige el camino, padre. Mis pisadas seguirán a las tuyas. Entonces el hombre se volvió al vecino, y le dijo: – ¡Vete de aquí, y no vuelvas en la vida! Una persona podría estar dispuesta a pagar las consecuencias del pecado si no tuviera que pagarlas más que ella. Pero si se da cuenta de que su pecado les quebrantará el corazón a otros que ama, eso le será de ayuda para resistir la tentación.

(iv) Está la defensa de la presencia de nuestro Señor Jesucristo.

Jesús no es el personaje de un libro; es una presencia viva. A veces preguntamos: «¿Qué harías si de pronto te encontraras con que Jesús estaba a tu lado? ¿Cómo vivirías si Jesús fuera un huésped de tu casa?» Pero la realidad de la fe cristiana es que Jesucristo está a nuestro lado, y es el huésped de nuestro hogar. Su presencia es constante, y por tanto debemos llevar una vida que sea digna de que Él la vea. Tenemos una gran defensa frente a la tentación en el recuerdo de la constante presencia de Jesucristo.

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