Jesús enseña a orar

(v) La quinta palabra para pecado es ofeiléma, que es la que se usa en el cuerpo de la Oración Dominical; y que quiere decir deuda. Quiere decir faltar al pago de lo que se debe, dejar de hacer lo que es debido.

No puede haber ninguna persona que se atreva nunca a pretender haber cumplido plenamente su deber para con Dios y para con sus semejantes: No existe tal perfección en la humanidad. Cuando llegamos a ver lo que es realmente el pecado, nos damos cuenta de que es una enfermedad universal que padecemos todas las personas. La respetabilidad externa a la vista de los demás, y la pecaminosidad interna a la vista de Dios puede que vayan mano a mano.

Ésta, de hecho, es una petición de la Oración Dominical que todo ser humano necesita hacer.

Uno no sólo tiene que darse cuenta de que necesita hacer esta petición de la Oración Dominical; también necesita darse cuenta de lo que está haciendo cuando la hace. De todas las peticiones de la Oración Dominical, ésta es la más aterradora. «Perdónanos nuestra deudas como nosotros se las perdonamos a nuestros deudores.» El sentido literal es: «Perdónanos nuestros pecados en la misma proporción en que nosotros perdonamos a los que han pecado contra nosotros.» En estos versículos, Jesús dice de la manera más clara posible que si perdonamos a otros, Dios nos perdonará; pero si nos negamos a perdonar a otros, Dios se negará a perdonarnos. Por tanto, está totalmente claro que, si hacemos esta petición con una grieta abierta con una desavenencia sin zanjar en nuestra vida, le estamos pidiendo a Dios que no nos perdone. Si decimos: «No le perdonaré nunca a Fulano lo que me ha hecho;» si decimos: « No perdonaré nunca lo que Fulano me ha hecho,» y pasamos a tomar esta petición en nuestros labios, estamos deliberadamente pidiéndole a Dios que no nos perdone.

Como ha dicho alguien: «El perdón, como la paz, es uno e indivisible.» El perdón humano y el divino están inseparablemente intercomunicados. Nuestro perdón a nuestros semejantes y el perdón de Dios a nosotros no se pueden separar; están intervinculados y son interdependientes. Si pensáramos en lo que estamos diciendo cuando hacemos esta petición habría veces que no nos atreveríamos a hacerla. Cuando Robert Louis Stevenson vivía en las Islas del Mar del Sur solía hacer el culto familiar por las mañanas. Siempre terminaba con la Oración Dominical. Una mañana, en medio de la Oración Dominical, se puso en pie -había estado de rodillas- y salió de la habitación. Su salud era siempre muy precaria, y su mujer salió detrás de él pensando que podría sentirse mal. «¿Te pasaba algo?» -Le dijo. «Sólo una cosa -dijo Stevenson-: Que no estoy en condiciones de hacer la Oración Dominical hoy.» Nadie está en condiciones de hacer la Oración Dominical cuando su corazón esté dominado por un espíritu de resentimiento.

Si uno no ha arreglado las cosas con sus semejantes, tampoco las puede arreglar con Dios. Si ha de haber este perdón cristiano en nuestra vida, son necesarias tres cosas.

(i) Debemos aprender a comprender.

Siempre hay una razón para que alguien haga algo. Si está antipático o descortés o de mal genio, a lo mejor es porque está preocupado o angustiado. Si nos trata con suspicacia o desagrado, a lo mejor es que ha entendido mal o le han informado mal acerca de algo que hemos dicho o hecho. Puede que sea víctima de su entorno o de su herencia. Puede que tenga tal temperamento que la vida le resulte difícil, y las relaciones humanas le sean un problema. El perdón nos sería mucho más fácil si hiciéramos un esfuerzo por comprender, antes de permitirnos condenar.

(ii) Debemos aprender a olvidar.

Mientras sigamos dándole vueltas al desprecio o a la ofensa, no hay esperanza de que lleguemos a perdonar. Decimos a menudo: «No puedo olvidar lo que me hizo Fulano;» o: « No me olvidaré nunca de cómo me trató Mengano,» o « se me trató en tal lugar.» Son dichos peligrosos, porque podemos llegar a hacer que nos sea humanamente imposible el perdonar. Podemos imprimirlo indeleblemente en nuestra memoria. Una vez, el famoso hombre de letras escocés Andrew Lang escribió y publicó algo muy amable acerca de un libro de un autor novel, que se lo pagó con un ataque de insultos y calumnias. Como tres años después, Andrew Lang estaba parando con el poeta laureado Robert Bridges. Robert vio que Andrew leía un cierto libro, y le dijo: «Ese es otro libro de aquel cachorro desagradecido que se portó tan vergonzosamente contigo.» Pero, para su sorpresa, descubrió que a Andrew Lang ni siquiera le sonaba el asunto. Se había olvidado completamente de aquel ataque insultante y calumnioso. El perdonar, dijo Bridges, era la señal de un gran hombre; pero el olvidar era sublime. Solo el espíritu purificador de Cristo puede quitar de entre nuestros recuerdos las viejas amarguras que debemos olvidar.

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