Jesús enseña a orar

Pastor Lionel

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(iii) Por implicación, esta petición Le da a Dios el lugar que Le corresponde. Reconoce que es de Dios de Quien recibimos el alimento necesario para sostener la vida.

Ningún ser humano ha sido nunca capaz de crear una semilla que creciera. Un hombre de ciencia puede analizar una semilla y conocer sus elementos constituyentes, pero ninguna semilla sintética puede crecer. Todas las cosas vivas vienen de Dios. Lo que comemos, por tanto, es un regalo que nos hace Dios.

(iv) Esta petición nos recuerda muy sabiamente cómo funciona la oración. Si uno hiciera esta oración, y luego se sentara tranquilamente a esperar que el pan le cayera del cielo en las manos, seguro que se moriría de hambre.

Nos recuerda que la oración y el trabajo van de la mano, y que cuando oramos debemos pasar a trabajar para hacer que nuestras oraciones se hagan realidad. Es verdad que la semilla viva viene de Dios; pero también es verdad que tenemos la obligación de cultivarla. A Dick Sheppard le encantaba contar la siguiente historia: «Érase un hombre que tenía una parcela; la había obtenido con mucho sacrificio, y con mucho trabajo la había limpiado de piedras y de toda clase de malas hierbas, había labrado y enriquecido la tierra convenientemente hasta que le produjo las flores y hortalizas más estupendas. Una tarde le estaba enseñando su parcela a un piadoso amigo. Éste le dijo: -Es maravilloso lo que Dios puede hacer con un terrenito así, ¿verdad.? -Sí -dijo el hombre que había hecho todo el trabajo-. ¡Pero tendrías que haber visto esta parcela cuando Dios la estaba cuidando Él solo!»

La generosidad de Dios y el trabajo humano deben combinarse. La oración, como la fe, sin las obras es cosa muerta. Cuando hacemos esta petición, reconocemos dos verdades básicas: Que sin Dios no podemos hacer nada, y que sin nuestro esfuerzo y cooperación Dios no puede hacer nada por nosotros.

(v) Debemos advertir que Jesús no nos enseñó a pedir: «Dame mi pan cotidiano.» Nos enseñó a pedir: «Danos nuestro pan cotidiano.»

El problema del mundo no es que no haya bastante para todos; hay bastante para dar y tomar. El problema no está en la provisión de las cosas esenciales de la vida, sino en su distribución. Esta oración nos enseña a no ser nunca egoístas en nuestras oraciones. Es una oración que podemos ayudarle a Dios a contestarnos compartiendo lo que tenemos con otros menos afortunados. Esta oración no se refiere exclusivamente a recibir nuestro pan cotidiano; también incluye el compartirlo con otros.
Perdón, humano y divino

Perdónanos nuestras deudas como nosotros se las perdonamos a nuestros deudores. Porque, si les perdonáis a vuestros semejantes sus ofensas, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros las vuestras; pero si no les perdonáis a vuestros semejantes sus ofensas, tampoco os perdonará las vuestras vuestro Padre.

Antes que uno pueda hacer suya honradamente esta petición de la Oración Dominical, debe darse cuenta de que necesita hacerla. Es decir: Antes de que una persona puede hacer esta petición debe tener sentimiento de pecado. El pecado no es una palabra popular hoy en día. A los hombres y a las mujeres más bien les fastidia que los llamen, o que los traten como pecadores que merecen el infierno. Lo malo es que casi todo el mundo tiene una idea equivocada del pecado. Están de acuerdo en que un ladrón, un borracho, un asesino, un adúltero, un blasfemo, son pecadores; pero ellos no son culpables de ninguno de estos pecados; viven una vida decente, normal y corriente, respetable y nunca han estado en peligro de que los llevaran a juicio, o a la cárcel. Por tanto creen que eso del pecado no tiene nada que ver con ellos. El Nuevo Testamento usa cinco palabras diferentes para pecado.

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