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Jesús en Nazaret

Pastor Lionel

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Lo que enfureció a la gente fue el elogio que Jesús pareció dedicar a los gentiles. Los judíos estaban tan convencidos de que eran el pueblo escogido de Dios que despreciaban a todos los demás. Algunos incluso decían que «Dios había creado a los gentiles para usarlos como leña en el infierno.» Y aquí estaba este joven de Jesús, a quien todos conocían, predicando como si los gentiles fueran los favoritos de Dios. Empezaba a amanecerles la idea de que había cosas en el nuevo mensaje que no se les había ocurrido ni soñar. Debemos darnos cuenta de otro par de cosas:

(i) Jesús tenía la costumbre de ir a la sinagoga los sábados. Debe de haber habido muchas cosas con las que estaba totalmente en desacuerdo, o que herían su sensibilidad y sin embargo iba. El culto de la sinagoga tal vez distaba mucho de ser perfecto; pero Jesús nunca dejaba de unirse a los que daban culto a Dios el día del Señor.

(ii) No tenemos más que leer el pasaje de Isaías que leyó Jesús para darnos cuenta de la diferencia que había entre Jesús y Juan el Bautista. Juan era un predicador del juicio, y su mensaje debe haber hecho estremecerse de terror a sus oyentes. Pero lo que Jesús trajo fue un evangelio -una Buena Noticia. Jesús también sabía de la ira de Dios; pero sabía que es la ira del amor.

Era natural que Jesús hiciera alguna visita más tarde o más temprano a Nazaret, que era donde se había criado. Pero había que echarle valor. Donde le es más difícil predicar a un predicador es en la iglesia donde todos le conocen desde su infancia; el lugar más difícil para que un médico ejerza su profesión es donde se le conoce desde pequeño. Y sin embargo Jesús fue a Nazaret.

En el culto de la sinagoga no había una persona encargada de hacer el sermón con carácter permanente. El encargado de la sinagoga podía pedirle que predicara a cualquier extranjero distinguido que estuviera presente, y cualquiera que creyera tener un mensaje se podía aventurar a darlo. No había peligro de que a Jesús se Le negara el derecho de hablar. Pero cuando habló, todo lo que encontró fue hostilidad e incredulidad: no Le prestaron ninguna atención porque conocían a Su padre y a Su Madre y a Sus hermanos y hermanas. No podían concebir que nadie que hubiera vivido entre ellos tuviera derecho a hablar como hablaba Jesús. El Profeta, como sucede a menudo, no recibía honores en Su propia tierra. Y la actitud de ellos para con Él levantaba una barrera que impedía que Jesús ejerciera ninguna influencia en ellos.

Aquí hay una gran lección. En cualquier culto, la congregación predica más de la mitad del sermón. La congregación trae y crea una atmósfera, y esa atmósfera puede ser una barrera que no pueden penetrar las palabras del predicador, o una expectativa que hace que hasta el sermón más flojo sea una llama viva.

De nuevo, no se debe juzgar a una persona por su entorno ni por su familia, sino por lo que es en sí misma. Muchos mensajes se han quedado tan muertos como las piedras, no porque no valiera nada su contenido, sino porque las mentes de los oyentes estaban tan cerradas con prejuicios contra el mensajero que no le dieron ninguna oportunidad.

Cuando nos reunimos para escuchar la Palabra de Dios debemos acercarnos con viva expectación, y pensar, no en la persona que va a hablar, sino en el Espíritu que habla por medio de ella.

Para Jesús, el volver a Nazaret era someterse a una prueba muy severa. Volvía a su pueblo; y nadie encuentra críticos más rigurosos que los que le han conocido desde la niñez. No pretendía que aquello fuera una visita privada, solamente para ver otra vez su propio hogar y a su propia familia. Fue acompañado de Sus discípulos. Eso es decir que fue como rabino. Los rabinos solían recorrer el país acompañados por el pequeño círculo de sus discípulos; y fue como maestro, con Sus discípulos, como llegó Jesús.

Fue a la sinagoga, y se puso a enseñar. Recibieron su enseñanza, no con admiración, sino con un cierto desprecio. «Se escandalizaron de Él.» Se escandalizaron de que Uno que procedía de un trasfondo como el de Jesús dijera e hiciera aquellas cosas. La familiaridad había engendrado un desprecio equivocado. Se resistían a prestar atención a lo que Jesús pudiera decir por dos razones.

(i) Decían: «¿Es que no es Este el carpintero?» La palabra que se usa para carpintero es tektón. Ahora bien, téktón quiere decir un obrero de la madera, pero abarca mucho más que carpintero. Quiere decir artesano. Homero llamaba tektón al que construía barcos y casas y templos. Antiguamente, y todavía en muchos sitios, se podía encontrar en pueblecitos y en aldeas a un artesano que construyera cualquier cosa desde un gallinero hasta una casa; la clase de hombre que podía arreglar una valla, un tejado o una puerta; el artesano, el «manitas», que con pocas herramientas y medios podía encargarse de cualquier trabajo.

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