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Jesús consuela a Marta y María y resurrección de Lázaro

¡Qué imagen tan distinta nos da Jesús de Dios! Nos presenta a un Dios Cuyo corazón se estruja de angustia por la angustia de Su pueblo. Lo más grande que hizo Jesús fue traernos la noticia de un Dios Que no es insensible.

La voz que despierta a los muertos

-¿Dónde le pusisteis? – les preguntó Jesús. -Ven a verlo -Le contestaron. Jesús se echó a llorar, y los judíos dijeron: – ¡Fijaos cómo le quería! Algunos de ellos dijeron: -¿No habría podido Éste, Que le abrió los ojos al ciego, haber hecho que no se muriera Lázaro?

Otra vez surgió un gemido de angustia de lo más íntimo de Jesús. Fue a la tumba. Era una cueva, y habían puesto una piedra para cerrarla. Jesús dijo: -¡Quitad la piedra! Marta, la hermana del difunto, Le dijo a Jesús: -Señor, a estas alturas el hedor de la muerte le habrá invadido, porque lleva cuatro días en la tumba. Pero Jesús le contestó: -¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Así que quitaron la piedra. Jesús elevó la mirada y dijo: -Padre, gracias por haberme oído. Yo ya sabía que Tú Me oyes siempre; pero lo he dicho por los que están aquí alrededor, porque quiero que sepan que Tú Me has enviado. Inmediatamente después de decir aquello, gritó con todas Sus fuerzas: -¡Lázaro, sal de ahí! Y el que había estado muerto salió, con las piernas y los brazos sujetos con vendas, y con la cara tapada con un paño. Y Jesús les dijo: -¡Desenvolvedle para que pueda moverse por sí mismo!

Aquí llegamos a la última escena del drama. Una vez más se nos muestra la figura de Jesús conmocionado de angustia al compartir la angustia del corazón humano. Para los lectores griegos, esa breve frase, «Jesús lloró», sería lo más alucinante de toda la alucinante historia. Que el Hijo de Dios pudiera llorar les parecería increíble.

Debemos conservar en la mente el cuadro de una tumba palestina corriente. Sería, o una cueva natural, o un hueco hecho en la roca. Tendría una entrada en la que se colocaba el féretro al principio. Más al fondo habría una cámara, de unos dos metros de largo, dos y medio de ancho y poco más de alto. Tendría unos ocho espacios cortados en la roca, tres a cada lado y dos enfrente de la entrada, en los que se ponían los cadáveres. Los cuerpos se envolvían en una mortaja, pero los brazos y las piernas se cubrían aparte con una especie de vendas, y la cabeza también se cubría por separado. La tumba no tenía puerta; pero delante de la entrada había una ranura por la que se deslizaba una piedra grande para sellar la tumba.

Jesús pidió que quitaran la piedra. A Marta no se le ocurría nada más que una razón para abrir la tumba: que Jesús quería ver el rostro de su amigo por última vez. Marta no podía comprender aquel deseo, que no daría ningún consuelo. Advirtió que Lázaro ya llevaba cuatro días en la tumba. La razón era que los judíos creían que el espíritu de los muertos revoloteaba por la tumba cuatro días, buscando una ocasión para entrar en el cuerpo otra vez. Pero después de cuatro días, el espíritu ya se había ido; porque el rostro del difunto estaba tan descompuesto que ya no se podía ni reconocer.

Entonces Jesús dio la orden que hasta la muerte era impotente para resistir, y Lázaro salió. Es alucinante figurarse aquel cuerpo vendado pugnando por salir de la tumba. Jesús les dijo que le desenvolvieran de todos aquellos paños mortuorios, y le dejaran moverse con libertad.
Hay ciertas cosas que debemos notar.

(i) Jesús oró. El poder que fluía por Él no tenía su origen en Él, sino en Dios. «Los milagros -decía Godet- son simplemente oraciones contestadas.»

(ii) Jesús buscaba sólo la gloria de Dios. No hizo aquello para glorificarse a Sí mismo. Cuando Elías tuvo su épica contienda con los profetas de Baal, oró: «Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo reconozca que Tú eres el único Dios» (1 Reyes 18:37).

Todo lo que hacía Jesús era debido al poder de Dios y diseñado para la gloria de Dios. ¡Qué diferente de nosotros! Hacemos las cosas en nuestro propio poder, y para nuestro prestigio. Posiblemente habría más maravillas en nuestras vidas también si dejáramos de actuar por nosotros mismos y Le diéramos a Dios el lugar central que Le corresponde.

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