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Jesús consuela a Marta y María y resurrección de Lázaro

El respeto a los muertos y la condolencia con los que están de duelo eran algo esencial para los judíos. Al marcharse de la tumba, se volvían y decían: «¡Ve en paz!»; y nunca mencionaban el nombre del difunto sin decir: «Que en paz descanse.» Hay algo muy conmovedor en la manera que tenían los judíos de mostrar condolencia con los afligidos. Fue a una casa llena de gente así a la que llegó Jesús aquel día.

La resurrección y la vida

Así que, cuando Marta se enteró de que Jesús venía de camino, Le salió al encuentro; pero María se quedó sentaba en la casa. Marta Le dijo a Jesús: -¡Señor, si hubieras estado aquí no se habría muerto mi hermano! Aun como están las cosas, yo sé que lo que Le pidas a Dios, Te lo concederá. -Tu hermano resucitará – le dijo Jesús. -Sí, ya lo sé -Le contestó Marta- que resucitará en la resurrección, el último día. -Yo soy la Resurrección y la Vida -le dijo Jesús- . El que crea en Mí, vivirá aunque haya muerto; y todos los que estén vivos y crean en Mí, no morirán nunca. ¿Lo crees tú? -Sí, Señor -Le contestó Marta- ; yo estoy convencida de que Tú eres el Ungido de Dios, el Hijo de Dios, el Que había de venir al mundo.

En esta historia, también, Marta es todo un personaje. Cuando Lucas nos habla de Marta y María (Lucas 10:38-42), nos presenta a Marta como la mujer de acción, y a María como la que más bien se sentaba tranquila. Así aparecen aquí. Tan pronto como les anunciaron que Jesús venía de camino, Marta salió a Su encuentro, porque no podía estarse quieta; pero María se quedó esperándole. Cuando Marta llegó adonde estaba Jesús, el corazón se le salía por los labios. Aquí tenemos una de las expresiones más humanas de toda la Biblia; porque Marta habló, en parte con un reproche que no se podía guardar para sí, y en parte con una fe que nada podía hacer vacilar. « ¡Señor -Le dijo-, si hubieras estado aquí no se habría muerto mi hermano!» En sus mismas palabras podemos leer su pensamiento. Marta habría querido decir: «Cuando recibiste nuestro recado, ¿por qué no viniste en seguida? Lo has dejado para demasiado tarde.» Pero tan pronto como se le escaparon esas primeras palabras, las siguieron otras que eran las de la fe, una fe que desafiaba los hechos y la experiencia. «Aun a pesar de todo -dijo movida por una esperanza desesperada-, aun a pesar de todo, yo sé que Dios Te dará lo que Le pidas.» « Tu hermano resucitará» -le dijo Jesús. « Sí, ya lo sé -le contestó Marta- que resucitará en la resurrección general el Día del Juicio.»

Ahora bien: ésa era una cosa extraordinaria. Una de las cosas que más nos extrañan de la Escritura es el hecho de que los santos del Antiguo Testamento no tenían prácticamente ninguna fe en una vida real después de la muerte. En los primeros tiempos, los hebreos creían que el alma de una persona, buena o mala, iba al Seol, que a veces se traduce erróneamente por infierno; pero no era un lugar de tortura, sino la tierra de las sombras. Todos iban a parar allí, donde llevaban una especie de vida vaga, sombría, sin fuerza ni alegría. Esta es la creencia que se refleja en la mayor parte del Antiguo Testamento. «Porque en la muerte no hay memoria de Ti; en el Seol, ¿quién Te alabará?» (Salmo 6:5). « ¿Qué provecho hay en mi muerte cuando descienda a la sepultura? ¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará Tu fidelidad?» (Salmo 30:9). E1 salmista habla de «los asesinados que yacen en la tumba, como aquellos de los que ya ni Te acuerdas más, porque Te los arrebataron de las manos» (Salmo 88:5).

«¿Será contada en el sepulcro Tu misericordia -pregunta-, o Tu fidelidad en el Abadón? ¿Serán reconocidas en las tinieblas Tus maravillas, y Tu justicia en la tierra del olvido?» (Salmo 88:10-12). « No alabarán los muertos al Señor, ni cuantos descienden al silencio» (Salmo 115:17). El Predicador dice lúgubremente: «Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría» (Eclesiastés 9:10). La creencia pesimista de Ezequías es que « El Seol no Te exaltará, ni Te alabará la muerte; ni los que descienden al sepulcro esperarán en Tu fidelidad» (Isaías 38:18). Después de la muerte estaba la tierra del silencio y del olvido, donde la sombras de los que vivieron están separadas tanto de la humanidad como de Dios. Como escribió J. E. McFadyen: «Hay pocas cosas más maravillosas que esta en la larga historia de la religión: que a lo largo de los siglos ha habido personas que han vivido vidas nobles, cumpliendo con sus obligaciones y soportando sus aflicciones, sin esperar ninguna recompensa futura.»

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