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Jesús consuela a Marta y María y resurrección de Lázaro

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Así que, cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro ya llevaba cuatro días en la tumba. Betania está cerca de Jerusalén, a menos de tres kilómetros. Muchos de los judíos habían ido a casa de Marta y María a darles el pésame por la muerte de su hermano. Juan 11:17-19

Para visualizar esta escena tenemos que ver primero cómo era un duelo judío. Por lo general en Palestina, debido al clima, se enterraban los muertos lo antes posible. Hubo un tiempo cuando un entierro era sumamente caro: se usaban para ungir el cuerpo los mejores perfumes y especias; el cadáver se vestía con ropas de lujo, y se le enterraba con toda clase de objetos de valor. A mediados del siglo I, todo esto se había convertido en un gasto insoportable. Naturalmente, en esos casos nadie quería ser menos que los vecinos; y eso hacía que los envoltorios y ropas y tesoros que se dejaban en la tumba costaran cada vez más. El asunto llegó a convertirse en una carga que nadie quería alterar, hasta que el famoso rabino Gamaliel le dejó dispuesto que le enterraran envuelto en un sudario de la tela más ,sencilla, y así contribuyó a poner fin al despilfarro de los funerales. Hasta hoy en día se bebe una copa en los entierros judi a la memoria de rabí Gamaliel II, que rescató a los judíos aquellas ostentaciones funerarias. Desde su tiempo, el cadáver se envolvía en una mortaja de hilo, que a veces recibía el bonito nombre de «traje de viaje».

Todos los que podían asistían al funeral. Los más posibles se suponía que, por cortesía o por respeto, se sumaban a la comitiva hasta el cementerio. Una curiosa costumbre era que las mujeres iban delante; se decía que, como había sido una mujer la que con su primer pecado había traído la muerte al mundo, debían ser ellas las que dirigieran el cortejo fúnebre hasta la tumba.

Al pie de la tumba se hacían a veces discursos en memoria de la persona difunta. Se esperaba de todos que expresaran su profunda condolencia y, al retirarse de la tumba, se formaban dos filas largas por entre las que pasaban los familiares más próximos. Pero había esta norma tan prudente: no había que fastidiar a los que estaban de duelo con conversaciones vanas e intempestivas. Se los dejaba en paz, en su trance, con su dolor.

En la casa de duelo se observaban ciertas costumbres. Mientras estaba el cadáver allí, estaba prohibido comer carne o beber vino, ponerse las filacterias o dedicarse a ninguna clase de estudio. No se preparaba comida en la casa; y no se podía comer nada en presencia del cadáver. Tan pronto como este se sacaba, se ponían al revés todos los muebles, y los que estaban de duelo se sentaban en el suelo o en taburetes.

Al volver de la tumba se servía una comida que habían preparado los amigos de la familia. Consistía en pan, lentejas y huevos duros, que, por su forma, simbolizaban la vida que va rodando hacia la muerte.

El duelo duraba siete días, de los que los tres primeros se pasaban llorando. Durante los siete días estaba prohibido ungirse, ponerse zapatos, dedicarse a ninguna clase de estudio o de negocios y ni siquiera lavarse. A la semana de duelo seguían treinta días de luto riguroso.

Así es que, cuando Jesús se sumó a los que había en la casa de Betania, encontró lo que se esperaría en una casa en duelo.

Era un deber sagrado ir a expresar condolencia a los familiares y amigos del difunto. El Talmud dice que el que visite a los enfermos librará su alma de la gehena; y Maimónides, el gran polígrafo judeoespañol de la Edad Media, declaró que visitar a los enfermos es la más importante de todas las buenas obras. Las visitas de simpatía a los enfermos y a los que estaban de duelo eran una parte esencial de la religión judía. Cierto rabino, explicando el texto de Deuteronomio 13:4: « En pos del Señor vuestro Dios andaréis,» dijo que ese texto nos manda imitar las cosas que la Escritura dice que Dios hace. Dios vistió a los desnudos (Génesis 3:21); visitó a los enfermos (Génesis 18:1); consoló a los que estaban de duelo (Génesis 25:11); y enterró a los muertos (Deuteronomio 34:6). En todas estas acciones debemos imitar a Dios.

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