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Jesús come con pecadores en la casa de Mateo

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Después de esto, Jesús salió y se fue de allí otra vez a la orilla del lago; la gente se acercaba a él, y él les enseñaba. Al pasar vio a Leví, hijo de Alfeo, que estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le dijo: Sígueme. Entonces Mateo se levantó y dejándolo todo siguió a Jesús. Más tarde, Leví hizo en su casa una gran fiesta en honor de Jesús. Sucedió que Jesús estaba comiendo en la casa, y muchos de los que cobraban impuestos para Roma, y otra gente de mala fama, llegaron y se sentaron también a la mesa junto con Jesús y sus discípulos pues eran muchos los que lo seguían. Algunos maestros de la ley, que eran fariseos, del mismo partido, al ver que Jesús comía con todos aquellos, comenzaron a criticar y preguntaron a los discípulos: ¿Cómo es que su maestro come con cobradores de impuestos y pecadores? Jesús lo oyó y les dijo: Los que están buenos y sanos no necesitan médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan el significado de estas palabras: ‘Lo que quiero es que sean compasivos, y no que ofrezcan sacrificios. Pues yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se vuelvan a Dios. Mateo 9:9-13; Marcos 2:13-17; Lucas 5:27-32 

No se puede pensar en nadie que fuera menos «apostolable» que Mateo. Era lo que se llama tradicionalmente un publicano; los publicanos eran los cobradores de impuestos, y se los llamaba así porque manejaban dinero y fondos públicos.

El imperio romano tenía el problema de diseñar un sistema de cobro de impuestos lo más barato y eficaz posible. Lo consiguió subastando el derecho a cobrar impuestos en cada zona. El que compraba ese derecho se comprometía a entregarle al gobierno romano una cierta cantidad; todo lo que cobrara de más era su comisión.

Está claro que este sistema se prestaba a graves abusos. La gente no sabía realmente cuánto tenía que pagar en aquel tiempo en que no había periódicos ni radio ni televisión, ni tenía derecho a apelar en contra del publicano. El resultado era que muchos publicanos se enriquecían abusando ilegalmente de sus derechos. El sistema había dado lugar a tantos abusos que ya se había cambiado en Palestina antes del tiempo de Jesús; pero había que seguir pagando impuestos, y seguían los abusos.

Había tres impuestos: legales. Estaba el impuesto sobre la tierra, que obligaba al pago de una décima parte de los cereales y un quinto de las frutas y vino al gobernador, en dinero o en especie.

Estaba el impuesto sobre la renta, que era del uno por ciento de los ingresos. Estaba el impuesto personal, que tenía que pagar todo varón desde los 14 hasta los 65 años de edad, y las hembras desde 12 hasta 65. Esos eran impuestos estatutarios que no podían usar fácilmente los publicanos para hacerse ricos.

Pero además de estos había un montón de impuestos diversos. Estaba el impuesto del dos y medio al doce y medio por ciento sobre todas las mercancías que se importaran o exportaran. Había que pagar un impuesto para usar las carreteras principales, cruzar los puentes, y entrar en los mercados, pueblos o puertos. Había que pagar un impuesto por los animales de carga, y por las ruedas y los ejes de los carros. Había impuestos por la compra y por la venta de mercancías. Había algunos productos que eran monopolio del gobierno; por ejemplo, en Egipto, el comercio del nitrato, la cerveza y el papiro estaba totalmente bajo el control del gobierno.

Aunque se había dejado el antiguo método de subastar los impuestos, se necesitaba un montón de gente para cobrarlos. Los funcionarios encargados de ello se contrataban entre los provinciales. A menudo eran voluntarios. Lo corriente era que en cada distrito hubiera una persona responsable de cada impuesto, y -no le era difícil a esa persona forrarse los bolsillos además de cobrar lo legalmente estipulado.
A estos. publicanos se -les tenía un odio feroz. Se habían puesto al servicio de los conquistadores de su nación, y amasaban sus fortunas a expensas de las desgracias de sus compatriotas. Eran notoriamente deshonestos. No sólo despellejaban a sus propios compatriotas, sino que hacían todo lo posible por defraudar al gobierno, y tenían unos impuestos florecientes aceptando sobornos de los ricos que querían ahorrarse los impuestos que tenían que pagar.

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