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Jesús camina sobre el agua

Vamos a reconstruir la historia. Después de dar de comer a los cinco mil que luego quisieron hacerle rey, Jesús se retiró a solas al monte. El día se extinguió. Llegó la hora que los judíos describían como «la segunda tarde», el tiempo entre el crepúsculo y la noche. Jesús todavía no había vuelto. No debemos pensar que los discípulos eran tan olvidadizos o descorteses como para dejarse atrás a Jesús; porque, según nos cuenta la historia Marcos, Jesús les había dicho que se le adelantaran (Marcos 6:45), mientras Él trataba de convencer a la gente para que se fuera a casa. Sin duda tenía intención de rodear a pie la cabecera del lago mientras ellos la cruzaban a remo, y reunirse con ellos en Cafarnaún.

Los discípulos se embarcaron. Como sucede a veces en aquel lago rodeado de montañas, se levantó un fuerte viento que batía las aguas y las convertía en espuma amenazadora. Era cerca de la Pascua, es decir, cerca de la primera luna llena de primavera (Juan 6:4). En la colina, Jesús había estado orando en comunión con Dios; cuando se puso en camino, la luna iluminaba la escena como si fuera de día; y allá abajo podía ver la barca y a los remeros, bogando a más no poder. Entonces Jesús bajó de la colina.

Debemos recordar dos hechos. Por la parte Norte el lago no tenía más que cuatro millas de ancho, y Juan nos dice que los discípulos habían remado entre tres y cuatro millas; es decir, que estaban ya cerca de su destino. Es natural suponer que en la tormenta procurarían llegar a la orilla lo más pronto posible para buscar cualquier refugio que pudieran encontrar. Este es el primer hecho, y ahora pasamos al segundo. Vieron a Jesús, dice la versión Reina-Valera, que andaba sobre el mar. En griego dice epi tés thalassés, la misma frase que se usa en Juan 21:1, donde se traduce, y nunca se ha tenido la menor duda, por junto al mar de Tiberíades, es decir, a la orilla. Eso es lo que quiere decir la frase también en este pasaje.

Jesús iba andando epi tés thalassés, por la orilla. Los agotados discípulos levantaron la vista y, de pronto, le vieron. Era tan inesperado, y llevaban tanto tiempo remando desesperadamente, que se alarmaron como si estuvieran viendo un fantasma. Pero sobre las aguas turbulentas les llegó aquella voz bien amada: «¡No tengáis miedo, que soy Yo!» Ellos querían que viniera a bordo. En griego el sentido más natural es que su deseo no se cumplió. ¿Por qué? Recordad que el ancho del lago por ahí es de cuatro millas, y ya casi habían remado esa distancia. La razón sencilla es que, antes de que Jesús subiera a la barca, ésta encalló en la orilla, y se encontraron en tierra.

Aquí tenemos precisamente la clase de historia que un pescador como Juan atesoraría con cariño en su memoria. Siempre que la recordara la reviviría: el gris plateado de la luz de la Luna, la aspereza de los remos en las manos cansadas, el rugido de la tempestad, las sacudidas de la vela, el sordo murmullo del agua, la sorprendentemente inesperada aparición de Jesús en la orilla, el sonido de Sus palabras a través de las olas enfurecidas y el golpe de la barca al tocar tierra.

Al recordarlo, Juan descubrió maravillas que quiso compartir con nosotros.

(i) Vio que Jesús vigila. En lo alto de la colina había estado vigilándolos. No estaba demasiado ocupado con Dios para acordarse de ellos. Juan se dio cuenta de que todo el tiempo que habían estado bregando con los remos y la vela, la mirada amorosa de Jesús había estado sobre ellos.

Cuando nos encontramos en situaciones difíciles, Jesús vigila. No nos baja el listón. Nos deja pelear nuestras batallas. Como un padre que ve a su hijo echar el resto en una contienda deportiva, está orgulloso de nosotros; o, como un padre que ve a su hijo fracasar, está triste. Vivimos la vida bajo la mirada cariñosa de Jesús.

(ii) Vio que Jesús viene. Bajó de la colina para animar a sus discípulos a hacer el esfuerzo final que los pondría a salvo. No nos observa con distante indiferencia; cuando faltan las fuerzas viene a darnos nuevas fuerzas para el esfuerzo final que ha de lograr la victoria.

(iii) Vio que Jesús ayuda. Observa, acude y ayuda. Una de las maravillas de la vida cristiana es que no nos encontramos nunca solos. Margaret Avery relata que había una maestra en la escuela de un pueblecito que les había contado esta historia a los niños, y se la habría contado muy bien. Pocos días después hubo una tempestad de viento y nieve. Cuando salieron de la escuela, la maestra estaba ayudando a los niños a llegar a sus casas. A veces tenía casi que llevarlos en vilo por las comentes de aire. Cuando casi todos estaban agotados con la lucha, oyó a un chiquillo decir para sí: «Nos vendría bien tener a ese Jesús aquí ahora.» Lo maravilloso es que no tenemos que echarle de menos en ninguna situación, porque Jesús siempre está con nosotros.

(iv) Vio que Jesús nos lleva al puerto. A Juan le parecía al recordarlo que, tan pronto como llegó Jesús, la quilla de la barca tocó tierra, y habían llegado a salvo. Como decía el salmista: «Luego se alegran, porque se apaciguaron; y así los guía al puerto que deseaban» (Salmo 107.30). Aunque no sepamos cómo, con Jesús se hace más corto el viaje más largo, y la batalla más dura se hace más fácil.

Una de las cosas maravillosas del Cuarto Evangelio es que Juan, el viejo pescador reciclado a evangelista, encontró toda la riqueza de Cristo en el recuerdo de la historia de una travesía azarosa.

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