Jesús camina sobre el agua

Pastor Lionel

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Estos versículos terminan con otra gran verdad de carácter permanente. Cuando Jesús se subió a la barca, amainó el viento. La gran verdad es que, dondequiera que Jesús está, la tormenta más salvaje se convierte en calma. Olive Wyon, en su libro Considérale a Él, cita algo de las cartas de Francisco de Sales. Este se había fijado en una costumbre popular del, distrito en que vivía. Había visto a menudo a una criada de una. granja sacar agua del pozo, y que, antes de sacar el cubo, rebosando, siempre le echaba un trozo de madera. Una vez se. dirigió a una chica y le preguntó por qué hacía eso. Ella le miró sorprendida y le contestó, como si fuera algo de cajón: «¿Que por qué? ¡Para que no se me derrame el agua… para hacer que se esté quieta!» Escribiéndole más tarde a un amigo, el obispo.. le contó esta historia y añadió: «Así que cuando tienes el corazón inquieto y agitado, ¡ponle la Cruz en medio para que se mantenga firme!» En tiempos de tormenta y tensión, la presencia de Jesús y el amor que fluye de la Cruz traen paz, serenidad y calma.

Después de calmar el hambre de la multitud, Jesús despidió inmediatamente a Sus discípulos para que se Le adelantaran mientras Él despedía a la gente. ¿Por qué tenía que hacerlo así? Marcos no nos lo dice, pero lo más probable es que tengamos la explicación en el relato de Juan. Juan nos dice que, cuando la multitud se sintió satisfecha, surgió la idea de apoderarse de Jesús y hacerle rey. Eso era lo último que Jesús deseaba. Precisamente ese había sido el camino del poder que Jesús había rechazado de una vez para siempre en Sus tentaciones. Ahora Se lo veía venir. No quería que Sus discípulos se contagiaran de aquel impulso nacionalista. Galilea era un polvorín de revoluciones. Si no se atajaba ese movimiento, podía conducir a una rebelión que lo arruinara todo y que llevara al desastre a todos los implicados. Así es que Jesús mandó por delante a Sus discípulos, no fuera que se inflamaran con ese movimiento, y entonces Jesús calmó a la multitud y la despidió.

Cuando Se quedó solo, subió a una colina a orar. Los problemas se Le echaban encima a barullo: la hostilidad de los religiosos; la suspicacia supersticiosa de Herodes Antipas; los exaltados políticos que querían convertirle contra Su voluntad en un Mesías nacionalista. En este momento concreto se agolpaban muchos problemas en la mente de Jesús y muchas cargas en Su corazón.

Pasó algunas horas solo en el monte con Dios. Como ya hemos visto, esto debe de haber sucedido a mediados de abril, que era el tiempo de la Pascua. La Pascua se celebraba el primer plenilunio de la primavera, como ahora la Semana Santa. La noche duraba desde las 6 de la tarde hasta las 6 de la mañana, y se dividía en cuatro vigilias: 6 a 9, 9 a 12, 12 a 3 y 3 a 6. A eso de las 3 de la mañana, Jesús miró desde la colina al lago. El lago no tenía más que 6 kilómetros de ancho en ese punto, y se extendía ante Su vista a la luz de la luna llena de la Pascua. El viento estaba rugiendo, y Jesús veía la barca y a Sus hombres en ella luchando denodadamente para alcanzar la otra orilla.

Veamos lo que sucedió. En cuanto Jesús vio a Sus amigos en dificultad, puso a un lado Sus propios problemas; el momento de la oración había pasado; había llegado el momento de la acción; Jesús Se olvidó de Sí mismo, y acudió a ayudar a Sus amigos. Así era, y es, Jesús. Para Él, el clamor de la necesidad humana tenía prioridad sobre todos los otros compromisos. Sus amigos Le necesitaban, y tenía que acudir.

Lo que sucedió físicamente no lo sabemos, ni tal vez lo sepamos nunca. La historia está revestida de un misterio que excluye toda explicación. Lo que sí sabemos es que Jesús se acercó adonde ellos estaban, y su tormenta se convirtió en calma. Con Él a su lado nada podía angustiarlos.

Cuando Agustín estaba escribiendo acerca de este incidente dijo: «Vino hollando las olas; y así pone bajo Sus pies todos los tumultos de las marejadas de la vida. Cristianos, ¿por qué temer?» Es un hecho indiscutible de la vida, un hecho que han experimentado incontables millares de hombres y mujeres de cada generación, que cuando Cristo está presente la tormenta se convierte en calma, el tumulto deja paso a la paz, lo imposible se realiza, lo insoportable se hace soportable y se superan las limitaciones sin sucumbir. Caminar con Cristo será también para nosotros conquistar la tempestad.

Esta es una de las historias más maravillosas del Cuarto Evangelio; y resulta tanto más maravillosa cuanto más investigamos el sentido del original y hallamos que no es un milagro extraordinario lo que se nos describe, sino un sencillo incidente en el que Juan descubrió, de una manera que ya no olvidaría nunca, cómo es Jesús.

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