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Jesús aparece a sus discípulos a puerta cerrada

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(i)Les dijo que, como Dios Le había enviado a Él, así ahora Él los enviaba a ellos. Aquí tenemos lo que llamaba Westcott «La Constitución de la Iglesia.» Quiere decir tres cosas.

(a) Quiere decir que Jesucristo cuenta con la Iglesia, que es exactamente lo que Pablo quería decir cuando llamaba a la Iglesia « El Cuerpo de Cristo» (Efesios 1:23; 1 Corintios 12:12). Jesús había traído un mensaje para toda la humanidad, y ahora Se volvía con Su Padre. Su mensaje no podría alcanzar a toda la humanidad a menos que la Iglesia se encargara de transmitirlo. La Iglesia tenía que ser una boca que hablara de Jesús, unos pies que fueran a cumplir Sus recados y unas manos para hacer Su obra. Por tanto, lo primero que quiere decir esto es que Jesús depende de Su Iglesia.

(b) Quiere decir que la Iglesia necesita a Jesús. El que ha de ser enviado necesita a alguien que le envíe; necesita un mensaje que llevar; necesita un poder y una autoridad que respalden ese mensaje; necesita alguien a quien poder dirigirse cuando tenga dudas o dificultades. Sin Jesús, la Iglesia no tiene mensaje; sin Él, no tiene poder; sin Él, no tiene a nadie a quien apelar cuando se encuentra en dificultades; sin Él no tiene a nadie que le ilumine el entendimiento, ni que le fortalezca los brazos, ni que le anime el corazón. Esto quiere decir que la Iglesia depende de Jesús.

(c) Y aún queda otra cosa. Jesús envía a la Iglesia de una manera paralela a como Dios envió a Jesús. Pero no podemos leer la historia del Cuarto Evangelio sin darnos cuenta de que la relación entre Jesús y Dios dependía continuamente de la perfecta obediencia y el perfecto amor de Jesús. Jesús podía ser el perfecto Mensajero de Dios porque ofrecía a Dios la obediencia perfecta y el perfecto amor. De ahí se sigue que la Iglesia es apta como mensajera e instrumento de Cristo sólo cuando Le ama y obedece de una manera perfecta. La Iglesia no se dirige al mundo para propagar su propio mensaje, sino el mensaje de Cristo. No sigue políticas hechas por hombres, sino la voluntad de Cristo. La Iglesia fracasa cuando trata de resolver algún problema dependiendo de su propia sabiduría y fuerza, prescindiendo de la voluntad y dirección de Cristo.

(ii) Jesús exhaló en Sus discípulos y les dio el Espíritu Santo. No cabe duda que, cuando Juan se expresaba así, estaba recordando la antigua historia de la creación de Adán. Allí leíamos: «Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en una persona viva» (Génesis 2:7). Es la misma alegoría que vio Ezequiel en el valle de los huesos secos y muertos, cuando oyó a Dios decirle al viento-espíritu: « ¡Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos para que vivan!» (Ezequiel 37:9). La venida del Espíritu Santo es como el despertar de la vida donde reinaba la muerte. Cuando viene sobre la Iglesia, la re-crea para su tarea.

(iii) Jesús les dijo a Sus discípulos: «Si le remitís a alguien íos pecados, le quedan remitidos; y si se los retenéis, le quedan retenidos.» Este es un dicho cuyo sentido verdadero debemos procurar comprender. Una cosa es segura: que ninguna persona puede perdonar los pecados por otra. Pero es igualmente cierto que la Iglesia tiene el gran privilegio de comunicar el mensaje del perdón de Dios a la humanidad. Supongamos que alguien nos trae el mensaje de otra persona; el valor que le demos a ese mensaje dependerá de lo bien que el portador conozca al que lo envía. Si alguien se nos ofrece a interpretarnos el pensamiento de otra persona, el valor de su interpretación dependerá de lo bien que la conozca.

Los apóstoles estaban en las mejores condiciones para llevar el mensaje de Jesús a otras personas, porque Le conocían muy bien. Si sabían que alguien estaba verdaderamente arrepentido podían proclamarle con absoluta seguridad el perdón de Cristo.

Pero, igualmente, si sabían que no había arrepentimiento en su corazón, o que estaba comerciando con el amor y la misericordia de Dios, podían decirle que hasta que su corazón no cambiara no había perdón para él. Esto no quiere decir que se confiara el poder para perdonar pecados a ninguna persona o personas; pero sí el poder de proclamar ese perdón, lo mismo que el de advertir que ese perdón no es para el que no esté arrepentido. Aquí se establece el deber de la Iglesia de comunicar el perdón al corazón arrepentido, y de advertir al impenitente que está cerrándose a la misericordia de Dios.

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