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Jesús aclara las dudas de Juan

Alguien ha relatado cómo desde las ventanas de su casa solía observar todas las tardes a un farolero que pasaba por las calles encendiendo los faroles – ¡y aquel farolero era ciego! Llevaba a otros la luz que él mismo no podía percibir. Que nadie se desanime si en la iglesia o en cualquier otro lugar de la vida el sueño que ha soñado y por el que se ha afanado no se materializa antes del final de su día. Dios necesitaba a Juan; Dios necesita Sus indicadores ~ que señalan el camino a la humanidad, aunque ellos no lleguen al destino que señalan.

Cuenta una historia que Dios le dijo a su siervo: «Cada día empuja con todas tus fuerzas la gran roca que está junto a la puerta de tu cabaña».

El hombre hizo y perseveraba fielmente en lo que el Señor le pidió. Día tras día, antes de ir a sus trabajos, el hombre empujaba la gran piedra con todas sus fuerzas… pero esta no se movía.

Después de muchos años el siervo de Dios aun perseveraba obediente, pero comenzó a sentirse frustrado, pues la roca no se había movido un milímetro. Finalmente le dijo al Señor: «Ya estoy viejo y cada día he empujado la roca, pero esta no se ha movido ¿Por que he fracasado?»

El Señor le respondió con profundo amor: «Querido hijo, cuando te pedí que empujaras la roca no era con el fin de que esta se moviera. Quise mas bien enseñarte a dominar tu cuerpo, a fortalecer tu alma por medio de la disciplina, a conocer tus fortaleza y tus límites. Empujando la roca con perseverancia has aprendido a vencer la tentación del demonio que te decía que era inútil y has fortalecido tu fe. Además, Yo sabía que tus enemigos eran fuertes y vendrían contra ti. Por eso quise que ejercitaras tu cuerpo. Gracias a tu perseverancia, empujando la piedra cada día, desarrollaste una gran fortaleza física y tus enemigos no han podido contra ti. Ahora eres fuerte espiritual y físicamente. Has vencido al demonio y a tus enemigos de la tierra. ¿Crees que fracasaste?. Cierto, no has movido la roca, pero tu misión era solo ser obediente y empujar para que yo cumpla en ti mis designios. Lo has conseguido. Ahora, querido hijo, Yo moveré la roca».

La palabra de Dios encierra un misterio que sobrepasa nuestra razón. Dios nos pide confianza y perseverancia. Dios te ha enseñado su camino. ¡Obedécele y persevera! Cuando todo parezca ir mal… ¡obedecele y persevera! Cuando todo parece que no tiene sentido… ¡obedecele y persevera! Cuando estés agotado por el trabajo… ¡obedecele y persevera! Cuando la gente simplemente no comprende tu fidelidad a Dios… ¡obedecele y persevera!

Juan le envió mensajeros a Jesús para preguntarle si era Él el Mesías o si tenían que seguir esperando a otro. Fijémonos en la prueba que Jesús le ofreció. Le indicó hechos. Los enfermos, los dolientes y los pobres humildes estaban experimentando el poder de Dios y escuchando la Buena Noticia. Esa no era la respuesta que muchos judíos habrían esperado.

Si Jesús era el Mesías, el Rey ungido de Dios, habrían esperado: «Mis ejércitos están en marcha. Cesarea, el cuartel general de los romanos, está a punto de caer. Se están borrando del mapa los pecadores. El juicio ha comenzado.» Pero lo que le dijo Jesús fue: «La misericordia de Dios está aquí.» Esa era la respuesta a Juan, que tal vez otros no habrían sabido comprender. Era más clara que un «sí» rotundo. Está claro que Juan conocía las Escrituras, y esperaba y anunciaba a un Mesías que cumpliría las profecías del «Siervo de Jehová», y que sería «El Cordero de Dios que carga con el pecado del mundo.» Y Jesús le dice que se están cumpliendo las señales por las que los profetas habían anunciado que se reconocería al Mesías. Donde se mitiga el dolor y la tristeza se cambia en gozo, donde se destierran el sufrimiento y la muerte, allí está manifestándose el Reino de Dios. La respuesta de Jesús fue: « ¡Volved a Juan a decirle que el amor de Dios está aquí!»

Cuando ya se habían ido los mensajeros de Juan, Jesús le dedicó el mayor elogio imaginable. Las multitudes habían salido al desierto para ver y oír a Juan, que no era precisamente una caña que se meciera al viento. Eso podía querer decir una de dos cosas.

Los judíos esperaban que apareciera un gran profeta del pasado, Elías, para preparar el camino y anunciar la llegada del Rey ungido de Dios. Juan fue ese heraldo del Altísimo. Jesús le coloca por encima de todas las grandes figuras de la historia de Israel y del mundo, entre los que se encuentran hombres como Abraham y Moisés, que los judíos consideraban insuperables y aun incomparables. Jesús reconoce claramente las limitaciones de Juan al decir que el más pequeñito en el Reino de Dios es mayor que él. ¿Por qué? Algunos han dicho que porque Juan dudó en su fe, aunque fuera sólo por un momento. Pero no es por eso, sino porque Juan estaba antes de la línea divisoria de la Historia. Desde que Juan hizo su proclamación, Jesús había venido; la eternidad había invadido el tiempo, y el Cielo la Tierra; Dios había venido en la persona de su Hijo, y la vida ya no podía ser la misma. Ponemos la fecha de todo lo que ha sucedido diciendo antes de Cristo (a.C.) o después de Cristo (d.C.).

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