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Jesús aclara las dudas de Juan

De pocas personas hizo Jesús un elogio tan extraordinario como de Juan el Bautista. Empezó preguntándole a Su audiencia qué fue lo que salieron a ver al desierto cuando salieron en masa al encuentro de Juan.

(i) ¿Salieron a ver una caña sacudida por el viento? Eso puede querer decir una de dos cosas.

(a) En las orillas del Jordán crecían muchas cañas; y la frase «Una caña sacudida» era una especie de proverbio para referirse a la cosa más corriente del mundo. Cuando la gente bajada a manadas a ver a Juan, ¿salían a ver algo tan ordinario como las cañas que mece el viento a las orillas del Jordán?

(b) Una caña sacudida puede querer decir una persona débil e insegura, uno que no podía mantenerse firme frente a los vientos del peligro mejor que una caña a la orilla del río podía estar erguida cuando soplaba el viento del desierto.

Cualquier cosa que fuera lo que la gente se lanzó al desierto a ver, seguro que no fueron a ver a una persona vulgar y corriente. El mismo hecho de salir en multitudes era prueba de lo extraordinario que era Juan, porque nadie cruzaría la calle, y mucho menos andaría por el desierto, para ver a una especie de persona de lo más corriente. Cualquiera que fuera lo que salieron a ver, no era una persona débil y vacilante. El señor Flexible de El Peregrino no acabó en la cárcel como los mártires de la verdad. Juan no era ni tan ordinario como una caña sacudida, ni tan flojucho como una caña que se inclina haciendo reverencias ante cualquier brisa.

(ii) ¿Habían salido a ver a alguien que llevara una ropa lujosa y delicada?

Tal persona sería un cortesano, y eso sí que no era Juan: no sabía nada de la afectación ni de los halagos de las cortes; cumplía la peligrosa misión de decirles la verdad a los reyes. Era embajador de Dios, no cortesano de Herodes.

(iii) ¿Habían salido a ver a un profeta?

El profeta es el pregonero de la verdad de Dios. Es la persona de confianza de Dios. «Está claro que Dios no hará nada sin declararle Su plan a Sus siervos los profetas» (Amós 3:7). El profeta es dos cosas: es la persona que trae un mensaje de Dios, y que además tiene el valor de proclamar ese mensaje. Es una persona que tiene en su mente la sabiduría de Dios, la verdad de Dios en los labios y el coraje de Dios en el corazón. Todo eso era Juan.

(iv) Pero Juan era algo más que un profeta.

Los judíos tenían, y tienen todavía, una creencia fija. Creían que antes que viniera el Mesías volvería Elías para anunciar Su llegada. Hasta el día de hoy, cuando una familia judía celebra la Pascua, dejan un asiento vacante para Elías. «Fijaos: Yo os enviaré al profeta Elías antes que llegue el Día grande y terrible del Señor» (Malaquías 4:5). Jesús declaró que Juan era nada menos que el heraldo divino cuya misión y cuyo privilegio sería anunciar la llegada del Mesías. Juan era nada menos que el heraldo de Dios, y no se puede tener una misión más gloriosa que esa.

(v) Tal fue el maravilloso tributo que Jesús dedicó a Juan con acento de admiración. No había habido nunca una figura más gloriosa en la Historia; y entonces leemos la sorprendente declaración: «Pero el más pequeñito en el Reino del Cielo es más que él.»

Aquí tenemos una verdad completamente general. Con Jesús vino al mundo algo totalmente nuevo. Los profetas eran estupendos; pero con Jesús surgió algo todavía mayor, y un mensaje todavía más maravilloso. C. G. Montefiore, un judío no cristiano, escribe: « El Cristianismo determina una nueva era en la historia religiosa y en la civilización humana. Lo que el mundo Le debe a Jesús y a Pablo es incalculable; nada puede ya ser, ni se puede ya pensar, como antes de que vivieran estos dos grandes hombres.» Hasta uno que no es cristiano tiene que admitir que ya nada puede ser lo mismo que antes de que Jesús viniera.

Pero, ¿qué era lo que le faltaba a Juan? ¿Qué es lo que tiene un cristiano que Juan no pudiera tener? La respuesta es sencilla y fundamental: Juan no vio nunca la Cruz. Por tanto, había algo que Juan no podía conocer: la plena revelación del amor de Dios. Conocía, sí, la santidad de Dios; y podía proclamar la justicia de Dios; pero al amor de Dios en toda su plenitud no lo llegó a conocer.

No tenemos más que oír el mensaje de Juan y el de Jesús. Nadie podría llamar el mensaje de Juan un evangelio, una buena noticia; era básicamente una amenaza de destrucción. Hizo falta Jesús, con Su Cruz, para mostrar a la humanidad la longitud, anchura, profundidad y altura del amor de Dios. Es algo inmensamente maravilloso que le es posible al más humilde cristiano saber más acerca de Dios que al mayor de los profetas del Antiguo Testamento. El que ha visto la Cruz ha visto el corazón de Dios de una manera que ninguno que viviera antes de la Cruz habría podido ver. Es indudable que el más pequeño en el Reino del Cielo es mayor que cualquiera que viviera antes. Así es que Juan tuvo el destino que a veces corresponde a algunas personas; tuvo la misión de señalar a otros una grandeza en la que él mismo no pudo entrar. A algunas personas se les concede ser indicadores que señalan a Dios. Señalan hacia un nuevo ideal y una nueva grandeza en la que otros entrarán, pero ellos no. Rara vez es un gran reformador el primero que ha luchado por la reforma con la que se relaciona su nombre. Muchos que le precedieron vislumbraron la gloria, a menudo también trabajaron por ella, y aun a veces murieron por ella.

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